Algunas cosas habrá que agradecerle al kirchnerismo, y la más importante de ellas es haber servido de revulsivo de las certidumbres políticas casi universalmente aceptadas por la sociedad argentina: es muy difícil que en el futuro el estatismo progresista-populista sea identificado sin mayor análisis con el bien, y también es muy difícil que de aquí en más el liberalismo político y económico sean colocados sin discusión en el bando de los malos. Naturalmente, esto no estaba en los... Continúa →
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La dignidad de la política

El 23 de octubre, según todas las encuestas, una mayoría de argentinos va a reelegir un gobierno que despilfarra el dinero público, falsea las estadísticas, miente sobre el pasado, el presente y el futuro, arbitrariamente favorece a unos y perjudica a otros, hostiga a la prensa, se burla de la división de poderes, desatiende la seguridad interna y la defensa nacional, no educa ni cura, extorsiona para conseguir apoyos, persigue a quienes se le oponen, y en fin, le roba a todos mediante el simple expediente de imprimir dinero falso. Lo votarán seguramente aquéllos cuya supervivencia depende del socorro del estado, los beneficiarios de su vasta maraña de subsidios, regímenes especiales y mecanismos de protección, la masa siempre creciente de empleados públicos, y todos los que aprendieron a enriquecerse en el desorden de una economía inflacionaria. También lo votarán los que no pueden percibir la realidad sino a través de la ideología, los que atribuyen el crecimiento de la economía a la acción de gobierno, los que creen que los billetes de cotillón son de verdad, los indiferentes, los pusilánimes y, tristemente, los ignorantes. En todos ellos prevalece una visión de corto alcance.
Los que tienen una visión de más largo plazo, los que piensan más en sus hijos o sus nietos que en sí mismos, los que creen que no se puede vivir en la anomia, la mentira y la corrupción, los que entienden que sin instituciones no hay república, sin república no hay ciudadanos, y sin ciudadanía rige la ley de la selva, los que no están dispuestos a resignar su libertad, política, económica o de cualquier tipo, los que no toleran menoscabos a su dignidad, parecen sumidos en un profundo desasosiego: ante un resultado desalentadoramente previsible, el comicio inminente se convierte en una instancia adicional de humillación. Continuar leyendo “La dignidad de la política”
Progresismo y nueva conciencia

El progresismo argentino no es más que fascismo ilustrado: varias veces lo escribimos en este sitio. Ante la derrota de su candidato en la capital federal, la reacción de un amplio espectro de destacados progresistas –la mayoría, pero no todos, identificados con el actual gobierno– ratifica la validez de esa afirmación y la ejemplifica acabadamente.
El triunfo de Mauricio Macri significó para esta clase de progresistas, que desde los años de Raúl Alfonsín venían cómodamente instalados en la seguridad del triunfo, una derrota más en una serie que se inició en los agitados días del “que se vayan todos” y se prolongó en sucesivas instancias, cada vez más contundentes, a lo largo del ciclo kirchnerista.
Buena parte de ese progresismo fascista se asoció al kirchnerismo y se está hundiendo con él. La violencia de su reacción, condensada en el asco de Fito Páez o el odio de Norberto Galasso, denuncia la impotencia de quienes soñaron con imponer a la sociedad su hegemonía, y se enfrentan ahora al surgimiento de una nueva conciencia. Continuar leyendo “Progresismo y nueva conciencia”
Corrupción, impunidad, poder

El mal llamado “caso Shocklender” define el ciclo kirchnerista. Lo define en el sentido de que hace explícita de una vez por todas la naturaleza oculta del “modelo”: corrupción e impunidad al amparo y servicio del poder. Lo define, también, en el sentido de que marca el límite, la pérdida de eficacia, el agotamiento del relato progresista utilizado para ocultar esa naturaleza.
Escribíamos en noviembre: “Cristina Fernández necesita muy poco, realmente, para asegurarse la reelección. A esta altura, parecería que sólo un escándalo de corrupción que la salpique directamente, o un desborde inflacionario, podrían frustrar ese empeño.” Desborde inflacionario no hubo, pero el escándalo de corrupción estalló y su impacto en el oficialismo fue brutal.
Fue brutal porque atacó el corazón mismo de la retórica empleada para construir poder, el punto más alto de su pretensión ética y política: los derechos humanos. El balde de agua fría no cayó sobre quienes ya no creían en las supercherías emanadas de la Casa Rosada sino sobre aquellos que contra toda razón y evidencia persistían en la fe con tenacidad militante. Continuar leyendo “Corrupción, impunidad, poder”
Que se rompa, pero que no se doble
Si el pan-radicalismo no logra ofrecer una opción creíble y contundente de poder basado en la ley, como quiere Carrió, la gente se va a inclinar en el 2011 por un liderazgo fuertemente personal.
Según relató un discípulo, el pensador francés Raymond Aron solía decir en sus clases que la política era el arte de la transacción permanente, excepto en “un extraño país”, la República Argentina, donde había escuchado consignas estremecedoramente contrarias a esa concepción, tales como “Que se rompa, pero que no se doble”.
Esta consigna le pertenece a Leandro N. Alem, el fundador del radicalismo, formulada en los albores del partido y en los fragores de la lucha contra el “régimen”. Sometidos a presiones, los materiales flexibles se amoldan, los rígidos se quiebran. Para Alem, era preferible el quiebre a la transigencia con aquello que el radicalismo se proponía cambiar.
Alem es uno de los mentores políticos, frecuentemente invocado, de Elisa Carrió, líder de la Coalición Cívica, que acaba de dar un “portazo” a radicales y socialistas, con los que compartía el armado del Acuerdo Cívico y Social, una alianza orientada a ofrecer una alternativa socialdemócrata al populismo kirchnerista en las elecciones del 2011. Continuar leyendo “Que se rompa, pero que no se doble”
