
Néstor Kirchner salía de sus laberintos por la vía rápida: por arriba. Desde que obtuvo abrumadoramente la reelección, Cristina quedó sorprendentemente presa en el suyo y no encuentra la salida, como si los tabiques que lo definen se multiplicaran y empinaran a diario y le hicieran cada vez más difícil el gran salto.
La tragedia de Once levantó otro muro. Tras un silencio demasiado prolongado, la presidente reapareció en Rosario. Apeló indistintamente al tono bronco del relato épico y a la voz entrecortada de la elocuencia emotiva, pero el muro sigue allí. El suyo fue un mensaje débil, a la defensiva, esquizofrénico: habló como si el que gobernara fuese otro.
Muchos de quienes no simpatizan con el kirchnerismo pueden estar restregándose las manos ante la imagen de un oficialismo acosado, aturdido por el cúmulo de frentes que lo encierran. Pero la situación no da para esos gozos vindicativos; por el contrario, presenta la peligrosa acumulación de condiciones que posibilitan una tormenta perfecta.

