Los candidatos kirchneristas a la jefatura de gobierno porteño, Daniel Filmus y Carlos Tomada, acusaron a Mauricio Macri y su entorno de haber orquestado una campaña sucia en su contra, en la que a través de una encuesta telefónica se sugería un vínculo entre el padre de Filmus, al que se describía como arquitecto (no lo es) y la empresa constructora de Sergio Schoklender.
¿Es verosímil que el PRO, el partido de Macri, que se sabía ganador de la compulsa electoral del 10 de julio, cuya campaña se caracterizó por evitar toda descalificación de sus adversarios, y cuyo asesor, Jaime Durán Barba, es un profesional prolijo y respetado en el continente, recurriera a un expediente de tan torpe factura para conseguir algún punto más en el comicio?
Puede ser cierto, pero no es verosímil.
¿Es verosímil que Daniel Filmus, un especialista en educación reconocido como tal en el ámbito académico, dentro y fuera del país, empeñara a sabiendas su persona y la de su propio padre, un hombre de trabajo hoy octogenario que dejó la vida tras el mostrador para que sus hijos fueran a la universidad, a fin de sumar credibilidad a una maniobra montada para manchar a Macri?
Puede ser cierto, pero no es verosímil.
¿Es verosímil que, incluso sin conocimiento de Filmus y Tomada, algún organismo de inteligencia gubernamental haya fraguado la encuesta denunciada y logrado, mediante manipulaciones informáticas al alcance de cualquier estudiante más o menos avispado, atribuir su origen a empresas vinculadas al gobierno de la ciudad?
Puede no ser cierto, pero es verosímil.
Para justificar la verosimilitud basta recordar operaciones de desprestigio más o menos similares organizadas por el kirchnerismo en las vísperas electorales del 2005, contra Enrique Olivera (al que se acusó de poseer cuentas bancarias no declaradas en el exterior), y en las del 2009 contra Francisco de Narváez (al que se acusó de estar vinculado con traficantes de efedrina).
El tema de la falsa encuesta que ensuciaba a Filmus saltó al conocimiento público por primera vez cinco días antes del comicio porteño. Si lo que parece verosímil termina además siendo cierto, resultaría evidente que el kirchnerismo esperaba en la ciudad un resultado más parejo, e iba a jugar esa carta con la intención de volcar los tantos en una segunda vuelta.
–S.G.