Comienza octubre, y se abren los que probablemente habrán de ser los doce meses más críticos de la historia de la Argentina moderna. En el marco del sistema republicano que adoptamos cuando ofrecía garantías de libertad e independencia, dentro de un año estaremos definiendo en las urnas qué habrá de ser de nosotros como nación. Y eso si logramos atravesar más o menos indemnes estos 365 días que, hoy por hoy, parecen una eternidad. Tal es el grado de precariedad, de debilidad, de penuria en que se encuentra nuestra patria, que el simple hecho de llegar enteros, si llegamos, a la jornada electoral de 2027 habrá de ser en sí mismo un signo de aliento y esperanza.
Por una desgraciada combinación de factores, internos y externos, lo que decidamos al término de estos doce meses será cuestión de vida o muerte: no hay ya espacio para términos medios. O encontramos la inteligencia, la resolución y los recursos para poner nuevamente a la nación argentina en pie, o esto se acaba. La patria fue gravemente herida en los setenta, atravesó desde entonces una larga agonía, y en 2027, medio siglo después, puede recibir el tiro de gracia. Nadie crea que lo que sufrimos fue simplemente una azarosa secuencia de sucesos desafortunados: aquí hubo y hay un plan, sus ideólogos y agentes han demostrado coherencia y perseverancia, y hoy ni se ocultan, tan seguros se sienten de su éxito y de su impunidad.
Las responsabilidades respecto del futuro no serán parejas. En el sistema democrático como hoy funciona, el 80% de los ciudadanos opta entre lo que el 20% restante le ofrece. Integran ese 20% las personas con algún tipo de autoridad en los asuntos públicos y privados del país: políticos, jueces, empresarios, dueños de medios, líderes religiosos, e influyentes varios, conjunto que el sociólogo José Luis de Imaz describía como “los que mandan”. Ni los que proponen ni los que optan representan grupos compactos, y lo que el 20% ofrece está marcado por su propia, irresuelta, controversia interna, que se proyecta sin filtro sobre el 80% y sus propias diferencias internas.
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Desde los comienzos de nuestra nacionalidad se hizo visible en la clase dirigente argentina una división marcada entre productores y comisionistas. Los productores se dedicaban, claro, a producir: criar ganado, trabajar la tierra, y desarrollar las industrias relacionadas con esas actividades básicas, desde el tejido y la herrería hasta las curtiembres y los saladeros, incluyendo los medios de transporte y los instrumentos de labranza. Los comisionistas se dedicaban a intermediar, en principio como contrabandistas, entre esos productores y un inesperado jugador que se introducía como una cuña en el orden virreinal español: el Imperio Británico.
Los productores se ubicaban principalmente en la pampa húmeda y en las provincias del norte argentino. Los comisionistas reinaban en las ciudades puerto del litoral. Sus intereses, en principio complementarios, pronto entraron en colisión: los comisionistas porteños, presionados por los ingleses, comenzaron a importar manufacturas que competían con las incipientes industrias de las provincias y a cobrar derechos de aduana sobre todo lo que entraba y salía. Ese conflicto de intereses fue causa de la agotadora contienda entre los comisionistas unitarios y los productores federales que dominó casi todo el siglo XIX.
Esa divergencia tuvo también su reflejo ideológico y político. Los productores estaban orgullosos de su trabajo, su tierra, sus tradiciones y su fe, e imaginaban la construcción de una nación tal como habían desarrollado sus rebaños, sus plantaciones, sus talleres: con tiempo, con perseverancia, con esfuerzo. Y con identidad: miraban para adentro. Se defendían con sus propios ejércitos. Los comisionistas eran gentes de escritorio y biblioteca, expertos en leyes y en regulaciones, y sólo veían en el estado nacional el marco normativo que ampara el libre comercio: miraban para afuera. Atacaban con auxilio extranjero. Los productores costearon con hombres, caballos y dinero la lucha por la independencia, forjaron sus armas y cosieron sus uniformes; los comisionistas retacearon fondos y sabotearon la campaña de San Martín.
Vencido Rosas, y con él el último baluarte de los productores, el porteño Mitre, el sanjuanino Sarmiento, y los tucumanos Avellaneda y Roca lograron conciliar intereses, coronar el nacimiento de la nación moderna con la federalización de Buenos Aires en 1880, y encaminar la Argentina hacia el momento más empinado de su desarrollo. Pero los comisionistas no habían perdido un ápice de su poder —al contrario, lo habían ampliado al extender su mentalidad a las provincias—, y en 1890 provocaron, bajo la presidencia del cordobés Juárez Celman, nuestra primera, fundacional, crisis económica, con especulaciones financieras que hicieron temblar a la banca de Londres.
Durante el siglo XX, el conflicto entre productores y comisionistas se reprodujo bajo la guisa de peronistas y antiperonistas. Los comisionistas aborrecían al peronismo porque les había estatizado la crema de la intermediación, y convencieron a no pocos productores de que su enemigo era el IAPI, la flota mercante, los ferrocarriles y las juntas de granos y carnes. Entre todos, y con el apoyo de los Estados Unidos, que nunca quisieron naciones independientes en su patrio trasero, hirieron gravemente al peronismo en 1955 y lo fulminaron en 1976. Desde entonces los comisionistas gobiernan el país. Intereses extranjeros controlan buena parte del comercio exterior de granos y de carnes, los puertos, el río, el seguro y el flete. Ferrocarriles ya no hay.
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El ingrediente principal de la mentalidad productiva es el tiempo. La creación de riqueza productiva requiere tiempo: tiempo para desarrollar y perfeccionar un rebaño, tiempo para convertir un ternero en un novillo, tiempo para mejorar una semilla, preparar el terreno, sembrar y cosechar. También tiempo para montar un taller o una fábrica, tiempo para concebir y desarrollar un producto original, tiempo para colocarlo en el mercado. La riqueza se amasa con tiempo, es una cuestión de generaciones y muchas veces es casi un subproducto. La mentalidad productiva se enorgullece más de sus obras que de su contabilidad: de la belleza de un trigal maduro o de la elegancia eficaz de una cafetera de aluminio. En la mentalidad productiva domina la voluntad de ser.
La mentalidad comisionista es todo lo contrario. En la mentalidad comisionista el tiempo no es un ingrediente sino un obstáculo, un desafío: se trata de amasar riqueza lo más rápidamente posible. Ni siquiera en el plazo de una generación sino en el instante de la vida personal plena y disfrutable. Ya mismo. Y hay varios caminos para lograrlo, caminos que nacen en la rotonda de la intermediación para expandirse luego en varias direcciones. Las más lucrativas, y a veces paralelas: la administración en provecho propio del poder coercitivo del Estado, y la provisión de servicios legales, financieros, de consultoría y abrepuertas al capital extranjero. A cambio justamente de una comisión: suculenta, crocante, inmediata. En la mentalidad comisionista domina la voluntad de tener.
La mentalidad productiva, fuerte en el interior, tiende a ser tradicionalista, familiera, católica y nacionalista; puede ser generosa y paternalista, o autoritaria y explotadora. En cualquier caso, no siente la necesidad de justificarse, ni sabría bien como hacerlo: lo suyo le parece natural y respaldado por la experiencia. La mentalidad comisionista, propia del litoral, necesita de continuos apoyos ideológicos para explicar sus actos, se trate de Marx o la Escuela Austríaca. Hay comisionistas “de derecha”, los ya descriptos, y también hay comisionistas “de izquierda”, en universidades, fundaciones, ONGs e incluso en el Estado, que reciben del exterior sus recompensas bajo la forma de subsidios, becas, posiciones académicas, viajes y otros beneficios personales e inmediatos.
Estas dos mentalidades, una en retroceso hasta la insignificancia, la otra en expansión vertiginosa desde 1976, configuran ese 20% de la población que está en posición de definir los destinos de la Argentina. De ese 20% habrán de surgir las opciones que le serán presentadas en 2027 al 80% restante como opciones en la elección presidencial. Si los productores no logran ordenar sus ideas, articular una respuesta clara, y proponerla con la energía suficiente como para atraer el voto popular, los comisionistas habrán de ganar definitivamente la partida que vienen librando desde 1810, y la Argentina libre, justa y soberana como nación y potente como un imperio, que alguna vez enamoró como proyecto y enorgulleció como realización, desaparecerá para siempre.
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Para que la mentalidad productiva pueda ofrecerse como opción con alguna probabilidad de éxito deberá superar en los próximos doce meses tres grandes obstáculos: primero, resolver la confusión reinante en el sector que debería sentirse representado por ella; segundo, encontrar el lenguaje capaz de atravesar la niebla de desconfianza política que envuelve a la mayoría del electorado; tercero, afrontar las presiones de un contexto internacional ideológicamente adverso y bélicamente hostil a cualquier proyecto soberano, sea donde sea. Y algo más: promover un liderazgo carismático capaz de dar a todas esos desafíos una expresión clara, convincente, firme y amable.
Empecemos por la confusión. La mentalidad productiva se equivocó con el peronismo; cuando se dio cuenta ya era tarde, y no encontró mejor salida que redoblar su antiperonismo, convertirlo en blasón de clase y signo de superioridad moral. El campo lideró la indignación, y la industria actuó por imitación. Todo lo que posteriormente invocó soberanía nacional, justicia social o independencia económica fue inmediatamente asociado con el peronismo y enérgicamente repudiado, para regocijo de los comisionistas. Los productores enfrentan el desafío de despejar esa confusión, que sigue viva medio siglo después de liquidado el peronismo, como lo demuestran a diario los liderazgos de las cámaras productivas, rurales o industriales.
Sigamos con la cultura política del 80%, los que van a decidir entre las opciones que se les ofrezcan. Desde las aulas, los medios y los escenarios, los comisionistas dominan la circulación de mensajes, y ahora luchan por controlar también las redes sociales. Para la mentalidad productiva va a ser todo un reto operar en un terreno en el que carece de experiencia, pero tiene la ventaja de la exclusividad: los ejes principales de su eventual discurso —familia, nación, soberanía, religiosidad, tradición, patrimonio— no han sido ni serán tomados nunca por los comisionistas, que tampoco hablarán de la reconstrucción del Estado ni de la reparación de una sociedad lastimada y doliente.
Vayamos finalmente al contexto internacional, donde los grandes fondos de inversión que pugnan por apoderarse del planeta han visto en nuestro país un bocado suculento, y han encontrado en nuestros comisionistas la quinta columna pefecta para apoderarse de todo. No es el pueblo inglés ni el norteamericano la amenaza para la Argentina, sino los capitales especulativos sin patria que operan desde Londres o Nueva York, y controlan las armas estatales de los Estados Unidos y el Reino Unido. Estos van a descargar todo el peso de su artillería financiera, y eventualmente militar, contra las pretensiones soberanas que se resistan a sus designios. Trump, que lo avisó sin disimulo, es apenas una avanzadilla que despeja el terreno para los que vienen atrás.
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Nos esperan doce meses críticos. La Argentina comisionista se apresta a asestar su golpe definitivo y poner fin a un debate que nació con la patria; la Argentina productiva, la que condujo las guerras de la independencia, la que sentó las bases de su riqueza real, la que supo absorber, hermanar y educar a gentes de todos los idiomas, colores y credos, la que enriqueció el mundo con su talento artístico, científico y deportivo, se resiste a morir. No será un duelo entre personas sino entre mentalidades, entre vocaciones, entre quienes quieren ser líderes y protagonistas de una nación dueña de su destino, y quienes se conforman con administrar un territorio, sus riquezas y su población, en beneficio de terceros. A cambio de una comisión.
–Santiago González