
La bala viene siempre del mismo lado. La bala que mató a Mariano Ferreyra vino del mismo lado que la bala que en el 2002 mató a Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, del mismo lado que las balas que en diciembre del 2001 mataron a más de veinte personas en el centro de la capital federal, por mencionar unos casos: hubo muchas otras balas, y muchos otros muertos.
Estas balas que cruzan el aire hasta encontrar la vida de sus víctimas y llevársela consigo no parten, como se suele creer, de un policía desaforado o de un gremialista loquito o de unos francotiradores nunca identificados. Estas balas no son accidentales, estas balas llevan un propósito. Mientras unos velan los muertos, otros evalúan los efectos de esas muertes.
Estas balas denuncian un debate sobre el poder que no pasa por el Congreso, o los partidos, o las ideologías. Es un debate armado entre las mafias político-económicas que desde hace cuatro décadas se han venido apoderando gradualmente de país y lo mantienen en un estado de permanente desorden, si el cual no podrían existir ni prosperar, y quienes reclaman orden.
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