Su suicidio pende sobre nuestra conciencia de argentinos con todo el dolor de una herida abierta, con todo el peso de una culpa no redimida

El suicidio de René Favaloro en julio del 2000 pende sobre nuestra conciencia de argentinos con todo el dolor de una herida abierta, con todo el peso de una culpa no redimida. Nada hemos hecho desde entonces por reparar ese agravio, por responder a esa interpelación extrema, desesperada. Al contrario, hemos tapiado más nuestros oídos, ahondado nuestro ensimismamiento, acentuado nuestra mezquindad.
Si ese drama hubiese ocurrido hoy, habría tenido idéntico desenlace. Ahora sabemos más que entonces sobre las circunstancias de esa muerte, y podríamos señalar con el dedo a quienes contribuyeron directamente a ella. Algunos ya han recibido el merecido castigo de la historia, otros siguen figurando en ese elenco de mediocres que en la Argentina pasa por clase dirigente. Pero la responsabilidad recae sobre todos nosotros, sin atenuantes.
Todo lo que hoy podría escribir sobre este argentino ejemplar lo escribí al día siguiente de su muerte, en una nota desprolija, rabiosa y angustiada, cuando sentí, lejos de la patria, que la Argentina había tocado fondo. Me equivocaba: los años siguientes me demostrarían que siempre se puede estar peor. Ahora quiero reproducir el texto completo de su última carta: respetuosamente, doctor Favaloro, le cedo la palabra. –SG. Continuar leyendo “Favaloro”