Tango de Malvinas

Los señores David Cameron y Cristina Kirchner han salido a la pista a bailar el tango de Malvinas. Como se sabe, se necesitan dos para ejecutar la danza, y estos líderes, movidos por la necesidad política, lo hacen de maravilla. El caballero conduce y la dama acompaña, pero con giros y paradas en los que demuestra que ella también tiene algo que decir en el asunto.

Como ocurre cada vez que suena esta música, se reavivan los apasionados argumentos que los argentinos normalmente tenemos sobre todas las cosas, en este caso entre los halcones para quienes el agravio de 1833 sólo se salda con una retirada inglesa bajo presión, y las palomas mansamente confiadas en que el tiempo y la conversación todo lo arreglan.

En esta oportunidad, sin embargo se escucharon además puntos de vista novedosos, por lo menos para este cronista, y también sugestivos. Puntos de vista que nos han invitado a pensar en los habitantes de las Malvinas como personas, no como intrusos ni como kelpers (palabra que los deshumaniza, los convierte en cosas) sino como gente.

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¡Quiero una república bananera!

Al principio fue una simple curiosidad: leer las marcas graciosas en las etiquetas que aparecen pegadas en las bananas, Chiquita, Bonita… La curiosidad me llevó a la revelación: ¡todas las bananas que venden en el supermercado son importadas, en su enorme mayoría de Ecuador! Me aseguran, aunque no las descubrí, que ¡también compramos bananas al Brasil!

¡Es de necesidad y urgencia que tomemos conciencia de esta verdad, oculta o disimulada con toda malicia por los medios concentrados! La Argentina, nuestra Argentina, compatriotas y compatriotos, ¡es un país dependiente en materia bananera! ¡Estamos a merced de las corporaciones extranjeras, de la United Fruit, de la Forestal, vaya uno a saber!

Imaginemos el drenaje de divisas que produce el ingreso incesante de cachos de banana importados. A diferencia de las otras frutas, las bananas no parecen tener estacionalidad. Llegan durante todo el año, alimentando continuamente las licuadoras, y licuando al mismo tiempo las reservas del Banco Central.

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Parricidas se necesitan

Hacia fines de la década de 1950 el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal publicó un ensayo titulado “La generación de los parricidas”, denominación en la que englobó a los nuevos nombres que asomaban en la literatura y el pensamiento argentinos: David Viñas, H.A. Murena, Juan José Sebreli, entre los más notables.

Los llamó así por la lucidez impiadosa con la que habían emprendido el examen y la crítica de sus padres intelectuales, a los que de alguna manera responsabilizaban de la situación de un país desgarrado entre una oligarquía mezquina y un populismo de corte fascista.

Esos parricidas habían nacido entre 1925 y 1930, y ya se hacían oir con fuerza cuando apenas rozaban los 30 años. De pleno derecho, se habían procurado y ocupaban con decisión y empuje un lugar en los debates estéticos e ideológicos que iban a abrirse en un amplio abanico intelectual y político en las décadas siguientes.

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Compatible con un papelón

Aún las instancias más serias de la vida pública argentina terminan en un papelón. El anuncio oficial emitido el 27 de diciembre acerca de la salud de la presidente Cristina Kirchner fue recibido con lógica sorpresa y preocupación en el país y alrededor del mundo, tal como quedó reflejado en los titulares de los diarios y los mensajes solidarios de mandatarios extranjeros. “Se detectó la existencia de un carcinoma papilar en la glándula tiroides”, dijo ese día el vocero presidencial. La prensa tradujo rápidamente: “La presidente tiene cáncer de tiroides”. Esto fue lo que entendió, correctamente, todo el mundo. Continuar leyendo “Compatible con un papelón”

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La salud de los enfermos

El 2012 asoma signado por la enfermedad: por un lado la enfermedad de la presidente, con un diagnóstico preciso, buenos médicos para enfrentarla y buen pronóstico; por el otro la enfermedad de la nación gobernada por ella, con la que ocurre todo lo contrario. La enfermedad personal ha captado la atención del país, la enfermedad social no parece preocupar a nadie.

Con su voto, los argentinos confirieron en octubre la suma del poder público a Cristina Fernández y pulverizaron a sus opositores. Nunca nadie concentró tanto poder en la historia de la Argentina moderna como esta presidente. Y no sólo por el caudal electoral que cosechó, sino también por la desintegración del sistema republicano de equilibrios y controles.

El Poder Legislativo se ha convertido desde diciembre en una mera escribanía del Ejecutivo (y el recién estrenado presidente de la cámara baja Julián Domínguez se declaró orgulloso de que así fuese), y el Poder Judicial ha demostrado ser complaciente o impotente: el gobierno reiterada y descaradamente ignora los mandatos de la Corte Suprema de Justicia, nada menos.
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