
Pocas veces la presidente ocupó la tribuna con tanta energía como en estos días previos a la asunción de su segundo mandato, casi siempre para terciar o hacer oir su voz en uno u otro de los conflictos que estallan ante el agotamiento del “modelo” económico implantado por Néstor Kirchner cuando se desprendió de Roberto Lavagna. Pocas veces fue tan evidente el raro equilibrio en que se encuentra: fortaleza emanada del contundente respaldo que obtuvo en las urnas, debilidad resultante de la incompetencia manifiesta de sus colaboradores (dólar, subsidios, Aerolíneas, por citar ejemplos recientes). La presidente está sola y, a menos que se produzcan sorpresas hasta ahora improbables en la renovación del gabinete, sola va a encarar los años más difíciles, en lo interno y en lo externo, que se le hayan presentado al kirchnerismo desde su inauguración en el 2003. Todavía más sola por la implosión del arco opositor, incapaz de acompañar con críticas, vigilancia o sugerencias, la acción de gobierno. Sola en un país brutal.
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