Desconfianza

A comienzos de noviembre el gobierno decidió dar otra clase práctica sobre su acariciada convicción de que la economía debe estar sujeta a la política. Preocupado por una sostenida demanda de dólares que drenaba lentamente las reservas del Banco Central, impuso una serie de restricciones al mercado cambiario, disfrazadas como medidas tendientes a evitar el lavado de dinero y la financiación del terrorismo (sic). El goteo de reservas no se redujo, sino que aumentó. Pero las actitudes intervencionistas revivieron frases adormecidas en el inconsciente de todos los argentinos (“el que depositó dólares…”) y el público comenzó a retirar de los bancos sus legítimos ahorros en divisas. De inmediato surgió un mercado negro, cuya distancia de la cotización oficial fue creciendo día a día. El gobierno, que desoyó en las épocas de vacas gordas las recomendaciones sobre creación de un fondo anticíclico, vio con alarma que los dólares se le escapan por todos los rincones justamente ahora cuando la situación internacional promete ser adversa. Entonces tomó una serie de medidas en el área del comercio exterior, algunas formales, otras informales, algunas sostenidas, otras revertidas de inmediato, para reducir en lo posible la salida de dólares y acelerar su ingreso. Al cabo de dos semanas, y vertido en cifras, el resultado de todas estas maniobras intervencionistas no podría ser más desalentador: las reservas del Banco Central, que antes de las medidas perdían 280 millones de dólares por semana, cayeron en 318 millones en la primera semana, y 686 en la segunda; los bancos perdieron 645 millones de dólares de depósitos en la primera semana, cifra que podría sumar otros 800 millones en la segunda semana; la brecha entre la cotización oficial del dólar y la del mercado negro pasó de ocho por ciento a fin de octubre a 16,55 por ciento el viernes. Dicho en otras palabras, la primacía de la política no consiguió ningún resultado positivo con su incursión en la economía… pero tampoco en su propio terreno.
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José Enrique Miguens (1918-2011)

José Enrique Miguens fue un pensador político penetrante y original, que se aplicó con apasionamiento, rigor y honestidad intelectual a descifrar las claves contemporáneas de un país complejo y contradictorio, y de un mundo atravesado por conflictos y mutaciones de incierta resolución.

Sus reflexiones, aunque ajustadas a la marcha de la historia, mantuvieron una adhesión permanente a la tradición cristiana católica como fuente última de sentido, a la democracia como sistema de organización social, y a la familia y la nación como espacios de realización personal pero también de compromiso responsable con el otro.

Miguens se definía como sociólogo, y de hecho fue uno de los pioneros de esa disciplina en la Argentina, tanto en la academia como en el trabajo de campo. Pero su aporte más rico y perdurable reside en la penetrante lucidez de sus interpretaciones, en su capacidad para ver más allá del dato, para anticipar sus implicaciones futuras.
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Defensa del privilegio

Carolina tenía una licenciatura en Ciencias de la Educación. El título la habilitaba no sólo para formar maestros sino también para administrar instituciones educativas primarias, secundarias y terciarias, y para ejercer múltiples responsabilidades de gestión hasta, inclusive, las secretarías o ministerios del ramo en los diferentes distritos políticos del país. Para lo único que no le servía el título era para ser maestra de grado; es decir, si quería, podía serlo con el... Continúa →

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Maldita inflación

La gente insiste en votar gobiernos de mentalidad populista. Los gobiernos populistas gastan más que lo que recaudan. Para cubrir la diferencia recurren alternativa o simultáneamente al endeudamiento, la confiscación o la impresión de billetes. La impresión de billetes sin respaldo hace que cada uno de los billetes en circulación pierda poder de compra. Como consecuencia, los precios aumentan. Muchos adelantan gastos o gastan a la bartola para preservar el valor de sus ingresos, y la... Continúa →

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Oficialismo, oposición, votantes

El oficialismo. El oficialismo es Cristina. Sin un Kirchner el kirchnerismo no existe, al menos por ahora. Y Cristina no le debe su triunfo apabullante a nadie, ni a los sindicatos, ni al PJ ni a ningún superministro (como lo fue Domingo Cavallo respecto de Carlos Menem). El voto popular le confirió virtualmente la suma del poder público: recuperó la mayoría en ambas cámaras del Congreso, y el Poder Judicial siempre le fue dócil. Ahora hay que ver qué hace la presidente con todo ese poder en sus manos. Sus primeras señales fueron ambiguas: Al agradecer el respaldo de las urnas dijo: “qué más puedo querer”, pero la frase dejó un amplísimo espacio para la interpretación, especialmente cuando hubo otras que la matizan: “cuenten conmigo para seguir profundizando este proyecto” y “organícense en todos los frentes para que nadie pueda arrebatarles lo conseguido”. Hizo un llamado a la unidad nacional y pidió una oposición constructiva, que le sugiera cómo mejorar las cosas. En estos días le están sugiriendo cómo mejorar el presupuesto, pero difícilmente el oficialismo escuche. Una vez más, Cristina identificó su parcialidad política con el estado y con la nación misma: “Nosotros tenemos las banderas de la Patria”, afirmó colocando implicitamente a la oposición en el incómodo lugar de la antipatria. Y puso a sus seguidores en estado de alerta respecto de los rivales políticos: “Son minorías, poderosas pero minorías”. Una subestimación que lleva implícito el derecho del oficialismo al castigo, amparado por una doble legitimidad: es mayoría, y es la Patria. Carente de todo control, y con la suma del poder en sus manos, el gobierno de Cristina debería ejercer al máximo la autolimitación, tal como conviene a la salud de la República. Pero el kirchnerismo, por definición, tiene como norte ocupar todos los espacios, alcanzar la hegemonía política, cultural y económica. Continuar leyendo “Oficialismo, oposición, votantes”

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