
El oficialismo. El oficialismo es Cristina. Sin un Kirchner el kirchnerismo no existe, al menos por ahora. Y Cristina no le debe su triunfo apabullante a nadie, ni a los sindicatos, ni al PJ ni a ningún superministro (como lo fue Domingo Cavallo respecto de Carlos Menem). El voto popular le confirió virtualmente la suma del poder público: recuperó la mayoría en ambas cámaras del Congreso, y el Poder Judicial siempre le fue dócil. Ahora hay que ver qué hace la presidente con todo ese poder en sus manos. Sus primeras señales fueron ambiguas: Al agradecer el respaldo de las urnas dijo: “qué más puedo querer”, pero la frase dejó un amplísimo espacio para la interpretación, especialmente cuando hubo otras que la matizan: “cuenten conmigo para seguir profundizando este proyecto” y “organícense en todos los frentes para que nadie pueda arrebatarles lo conseguido”. Hizo un llamado a la unidad nacional y pidió una oposición constructiva, que le sugiera cómo mejorar las cosas. En estos días le están sugiriendo cómo mejorar el presupuesto, pero difícilmente el oficialismo escuche. Una vez más, Cristina identificó su parcialidad política con el estado y con la nación misma: “Nosotros tenemos las banderas de la Patria”, afirmó colocando implicitamente a la oposición en el incómodo lugar de la antipatria. Y puso a sus seguidores en estado de alerta respecto de los rivales políticos: “Son minorías, poderosas pero minorías”. Una subestimación que lleva implícito el derecho del oficialismo al castigo, amparado por una doble legitimidad: es mayoría, y es la Patria. Carente de todo control, y con la suma del poder en sus manos, el gobierno de Cristina debería ejercer al máximo la autolimitación, tal como conviene a la salud de la República. Pero el kirchnerismo, por definición, tiene como norte ocupar todos los espacios, alcanzar la hegemonía política, cultural y económica. Continuar leyendo “Oficialismo, oposición, votantes”


