Por Domingo Cavallo El 21 de julio, un día después del Día de los Amigos, cumplí 67 años. Si mirara mi vida en retrospectiva, podría decir que he logrado muchas cosas de las que me propuse. Pero mi caracter no me hace propenso a la retrospección. Más bien me lleva siempre a seguir adelante, apasionándome en dar batalla por las cosas en que creo y con las que sé que puedo contribuir. En las últimas semanas varias veces me han preguntado “por qué vuelvo a la política”. Algunos... Continúa →
Categoría: Política
Contra las primarias
Este sitio está contra la realización de encuestas. Coherentemente y por las razones expuestas en su momento, es contrario a la celebración de las elecciones nacionales llamadas Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), que en la práctica no son más que una encuesta, compulsiva, universal, y virtualmente sin margen de error. Las encuestas benefician a quien las encarga y perjudican a quien las responde: en este caso, perjudican a los votantes y perjudican a las agrupaciones... Continúa →
Políticos sin ideología
Hay gente que extraña los buenos tiempos de las grandes batallas ideológicas, cuando se sabía quién era quién: liberales, existencialistas, estructuralistas, marxistas, aristotélico-tomistas, populistas, neokantianos, posmodernos. Las charlas de café eran más ordenadas, todos sabían de qué se estaba hablando, y uno podía concentrarse en la oratoria, buscar la frase feliz y definitiva que derrotara (por esa noche) al adversario, y encumbrara al orador en la admiración de sus oyentes (también por esa noche). Ahora no se sabe quién es quién, no hay manera de plantear una polémica: ¿cómo atacar (o defender) a Macri, a Massa, a Scioli, a Cristina, a De la Sota, a Michetti, a quien usted prefiera, si nadie sabe a ciencia cierta lo que piensan? Ni siquiera es posible afirmar que piensen, algo, cualquier cosa.
Entre los nostálgicos de las ideologías se encuentran Jorge Fontevecchia y Beatriz Sarlo. En una columna publicada este mes, el director de Perfil describe como insustanciales a los políticos que encarnan la oferta electoral presente, “entendiendo por sustancia de la política -dice- la ideología”. Su nota gira en torno del intendente de Tigre: “la insustancialidad de lo que Massa representa se plasma en su ambigüedad ideológica”, agrega, y concluye: “La insustancialidad es un signo de época. No sólo es un atributo de Massa: también lo es de Scioli y de Macri, los tres principales candidatos actuales a presidir el país en 2015”. Sarlo, por su parte, le pone la lupa a Gabriela Michetti para llegar a conclusiones parecidas: la candidata del PRO representa a toda una generación política que ha reemplazado la ideología por los “valores”, que ha sustituído la plataforma partidaria por una lista de temas dictada por las encuestas, que agota su promesa en una mezcla de buena voluntad y pericia técnica, y que deliberadamente escamotea las cuestiones que plantean conflictos de intereses. “Se dirá que éstos son los políticos del futuro. Pero entonces ¿cuál será el futuro de la política?”, se pregunta la columnista.
El nombre de la mafia
Tal vez su creador se inspiró en el corporativismo fascista, pero la criatura se le escapó de las manos y el peronismo se convirtió en el nombre argentino de la mafia. En Sicilia está la Cosa Nostra, en Nápoles la Camorra, en Calabria la ‘Ndrangheta, en Apulia la Sacra Corona Unita… y en la Argentina el peronismo. Quienes traten de entender este fenómeno político no necesitan acudir a Mussolini, ni revisar la supuesta genealogía histórica Rosas-Yrigoyen-Perón, ni someterse al suplicio de la prosa de González (Horacio) o de los mamotretos de Feinmann. Les propongo esta alternativa: vuelvan a ver de un tirón las tres partes de El padrino, la impresionante saga de Mario Puzo y Francis Ford Coppola. Allí está todo, claro como el agua clara.
Allí están la organización vertical, las lealtades personales, el sistema clientelar, la recaudación extorsiva, el asistencialismo, el control territorial, la violenta discusión del poder, el relato justificador de la defensa del grupo contra las amenazas externas, la idealización de la familia y su proyección social, la gran familia, y al mismo tiempo el reconocimiento explícito de que en el fondo todo es cuestión de negocios. ¿Acaso barras, punteros, intendentes, no son la réplica de los soldados, los capodecime, los caporegime? ¿No es posible reconocer en la historia peronista a cada capo de tutti i capi, a cada don? ¿No se valió cada uno de ellos del apoyo de un notable consigliere? Jorge Asís, el brillante causeur de la picaresca peronista, escribió hace poco que el peronismo tuvo tres grandes capos (líderes, dijo él): Perón, Menem, Kirchner, y dos armadores de transición: Cafiero y Duhalde. Como en la mafia, los momentos de liderazgo fuerte son momentos de estabilidad y buena marcha de los negocios. Pero cuando esos liderazgos se debilitan sobreviene un desorden violento cuyos efectos, también como en la mafia, padece toda la sociedad. Cafiero y Duhalde trataron en su momento de moderar esos efectos. En los sangrientos setenta no hubo nadie en condiciones de jugar ese papel. “La violencia es mala para los negocios”, dice Michael Corleone. Por eso los Montoneros nunca pudieron infiltrar realmente el peronismo: su estética fascista y su ética stalinista nada tenían que ver con los negocios, que son la razón de ser de la mafia, del peronismo. Aún cuando familias rivales matan a su hijo Santino y atentan contra su propia vida, Vito Corleone llama a los suyos a la calma, procura evitar las venganzas. Uno se acuerda de Menem y su reacción frente a los tres atentados, uno de ellos contra su hijo. “No es nada personal”, dice el fundador de la familia que anima la saga, “son solo negocios”. Del mismo modo, los enfrentamientos violentos entre peronistas no tienen nada de personal: simplemente se están reproduciendo, explicó alguna vez en tono similar Antonio Cafiero.
Contra las encuestas
Uno es dueño de las palabras que calla, y esclavo de las que pronuncia. ¿Por qué voy a regalarle mi palabra a un encuestador? ¿Por qué voy a confiarle mi opinión a un desconocido, que viene a preguntármela enviado sabe Dios por quién? Los que se ganan la vida realizando encuestas obviamente dicen otra cosa, pero, piénselo un momento, nunca, nunca, jamás, una encuesta va a ser conducida en función del interés de quien la responde. Siempre, en todos los casos, sin excepciones, la encuesta tiene por objetivo final la manipulación de la conducta del encuestado. Y no sólo del encuestado, sino de toda una porción de la sociedad presuntamente representada por él. Todos experimentamos una inclinación natural a responder encuestas: nos hace sentir bien que nos tengan en cuenta, nos halaga que alguien reclame nuestra opinión, nos reconforta creer que en el momento de la encuesta estamos incidiendo en alguna medida en la marcha de esas cosas que sentimos muy por encima de nosotros, y que generalmente ocurren sin que nadie nos pregunte nada. Pero eso es una ilusión: a nadie le importa específicamente ni mi opinión ni la suya. Para el encuestador no somos una persona sino una muestra, una pequeña porción de flan extraída de un flan inmenso.
Nuestra vida social se desenvuelve en dos espacios o escenarios principales: el político y el económico. En el primero decidimos con nuestras acciones de qué manera se distribuye el poder en la sociedad a la que pertenecemos; en el segundo, nuestro comportamiento determina de qué manera se distribuye la riqueza en la sociedad que nos alberga. En los dos espacios tenemos la oportunidad de emitir opiniones vinculantes: en el caso de la política, con el voto, y en el caso de la economía, con la compra o la venta: cada acto concreto de compra o de venta (el trabajo es uno de esos actos) emite a su manera un voto. El ciudadano elige entre una oferta electoral, el consumidor entre una oferta de bienes. Un resultado electoral refleja la opinión de la ciudadanía en un momento dado; el balance entre los actos de compra y de venta en un momento dado refleja la opinión del mercado.
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