Elogio de la locura

locarHoy quiero hablar de dos locos: Elisa Carrió y Domingo Cavallo. No es que sean locos: ha sido la gran prensa la que los ha investido de locura en el imaginario colectivo. A Cavallo, los columnistas habituales lo han tildado de soberbio, enajenado, arrogante, empeñado en sostener “la locura (no podía ser de otro modo) del uno a uno”; los caricaturistas se dedicaron a exagerar su mirada de ojos claros, penetrante, encendida. A Carrió, la han llamado loca, pirucha, agorera, mística, pitonisa, con jugadores ausentes y patitos en desorden.

locavAl margen de esta coincidencia descriptiva, el trato que la prensa da a uno y a otro es diferente: a Cavallo prefieren ignorarlo, sumirlo en el olvido. A Cavallo no se lo nombra, no se lo consulta, no se lo invita a paneles ni mesas redondas; su nombre sólo se pronuncia para asociarlo falsamente a dos episodios odiosos: la estatización de la deuda privada y la pesificación de los depósitos, cosas con las que nada tuvo que ver. Carrió, en cambio, es invitada frecuente de los programas de entrevistas por televisión por la simple razón de que su sola presencia eleva la audiencia. Los periodistas están convencidos de haber logrado que ella misma genere sus propios anticuerpos y que, por lo tanto, diga lo que diga, resulte inofensiva. Tal como hicieron con Cavallo, han logrado asociar su nombre a una idea tan antipática como falsa, según la cual Carrió se lo pasa haciendo denuncias en los medios que nunca se comprueban. La realidad es exactamente al revés: Carrió hace denuncias en los medios, es cierto, pero al mismo tiempo las presenta ante la justicia, que es donde importan y tienen consecuencias, cosa que prácticamente ninguno de sus rivales políticos imita.
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Diez años tarde

El domingo pasado, el periodista Jorge Lanata decidió viajar a Santa Cruz para ver cómo han manejado los Kirchner la provincia en la cual construyeron su poder económico y político. No fue una mala idea. Lo único cuestionable es que se le ocurrió diez años después. Más o menos allá por el 2002, Lanata exhibió un temprano interés por la provincia austral, y domingo a domingo, por lo menos media docena de veces, abrió la pantalla de su programa Día D para presentar a Néstor y... Continúa →

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Por qué fracasan las naciones

Por qué fracasan las naciones. A la luz de nuestro último siglo de historia, en el que fuimos de fracaso en fracaso, este libro de los economistas estadounidenses Daron Acemoglu y James Robinson captura enseguida la atención, nos llama a examinar sus argumentos y ver si y en qué medida echan luz sobre nuestras desventuras.

El título remite de inmediato al trabajo de nuestro José Ignacio García Hamilton, quien se planteó el mismo interrogante, pero al revés: Por qué crecen los países. Las conclusiones a las que por diversos caminos arribaron los economistas y el historiador coinciden en su comprobación central: son las instituciones las que determinan el destino de las naciones.

Según Acemoglu y Robinson, las naciones son exitosas cuando sus instituciones políticas y económicas son “inclusivas” y pluralistas, y alientan a la población a invertir en el futuro; fracasan cuando sus instituciones son “extractivas”, esto es cuando protegen el poder político y económico de un pequeño grupo que se apropia de los ingresos del resto. Continuar leyendo “Por qué fracasan las naciones”

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Maldita inflación

La gente insiste en votar gobiernos de mentalidad populista. Los gobiernos populistas gastan más que lo que recaudan. Para cubrir la diferencia recurren alternativa o simultáneamente al endeudamiento, la confiscación o la impresión de billetes. La impresión de billetes sin respaldo hace que cada uno de los billetes en circulación pierda poder de compra. Como consecuencia, los precios aumentan. Muchos adelantan gastos o gastan a la bartola para preservar el valor de sus ingresos, y la... Continúa →

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Hegemonías culturales

A lo largo de varios ensayos, la escritora Beatriz Sarlo instaló la noción de una supuesta hegemonía cultural del kirchnerismo. El señalamiento, que se apoya en algunos datos más bien folklóricos como una canción proselitista, un acto público, un programa de televisión, a lo sumo apunta a una intención, algo ingenua si se quiere, pero difícilmente a una realidad.

El kirchnerismo como política, modelo o cultura es una construcción imaginaria con los atributos típicos de lo efímero, un espectáculo teatral en el que nada es lo que parece, y cuya entidad se evapora al apagarse las luces. Si la protagonista decidiera imprevistamente no repetir la función, la plaza quedaría vacía y el viento se llevaría en jirones los telones de papel.

Su condición de posibilidad (su caldo de cultivo) poco tuvo que ver con el peronismo y mucho con la izquierda, con el llamado progresismo, que –éste sí– hegemónicamente domina, condiciona y asfixia la vida social, política, económica y cultural argentina. Sarlo se alarma ante el kirchnerismo cuando debiera reconocerlo, al menos, como un hijo de su propia entraña. Continuar leyendo “Hegemonías culturales”

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