Fortaleza y debilidad

Pocas veces la presidente ocupó la tribuna con tanta energía como en estos días previos a la asunción de su segundo mandato, casi siempre para terciar o hacer oir su voz en uno u otro de los conflictos que estallan ante el agotamiento del “modelo” económico implantado por Néstor Kirchner cuando se desprendió de Roberto Lavagna. Pocas veces fue tan evidente el raro equilibrio en que se encuentra: fortaleza emanada del contundente respaldo que obtuvo en las urnas, debilidad resultante de la incompetencia manifiesta de sus colaboradores (dólar, subsidios, Aerolíneas, por citar ejemplos recientes). La presidente está sola y, a menos que se produzcan sorpresas hasta ahora improbables en la renovación del gabinete, sola va a encarar los años más difíciles, en lo interno y en lo externo, que se le hayan presentado al kirchnerismo desde su inauguración en el 2003. Todavía más sola por la implosión del arco opositor, incapaz de acompañar con críticas, vigilancia o sugerencias, la acción de gobierno. Sola en un país brutal.

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Desconfianza

A comienzos de noviembre el gobierno decidió dar otra clase práctica sobre su acariciada convicción de que la economía debe estar sujeta a la política. Preocupado por una sostenida demanda de dólares que drenaba lentamente las reservas del Banco Central, impuso una serie de restricciones al mercado cambiario, disfrazadas como medidas tendientes a evitar el lavado de dinero y la financiación del terrorismo (sic). El goteo de reservas no se redujo, sino que aumentó. Pero las actitudes intervencionistas revivieron frases adormecidas en el inconsciente de todos los argentinos (“el que depositó dólares…”) y el público comenzó a retirar de los bancos sus legítimos ahorros en divisas. De inmediato surgió un mercado negro, cuya distancia de la cotización oficial fue creciendo día a día. El gobierno, que desoyó en las épocas de vacas gordas las recomendaciones sobre creación de un fondo anticíclico, vio con alarma que los dólares se le escapan por todos los rincones justamente ahora cuando la situación internacional promete ser adversa. Entonces tomó una serie de medidas en el área del comercio exterior, algunas formales, otras informales, algunas sostenidas, otras revertidas de inmediato, para reducir en lo posible la salida de dólares y acelerar su ingreso. Al cabo de dos semanas, y vertido en cifras, el resultado de todas estas maniobras intervencionistas no podría ser más desalentador: las reservas del Banco Central, que antes de las medidas perdían 280 millones de dólares por semana, cayeron en 318 millones en la primera semana, y 686 en la segunda; los bancos perdieron 645 millones de dólares de depósitos en la primera semana, cifra que podría sumar otros 800 millones en la segunda semana; la brecha entre la cotización oficial del dólar y la del mercado negro pasó de ocho por ciento a fin de octubre a 16,55 por ciento el viernes. Dicho en otras palabras, la primacía de la política no consiguió ningún resultado positivo con su incursión en la economía… pero tampoco en su propio terreno.
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Oficialismo, oposición, votantes

El oficialismo. El oficialismo es Cristina. Sin un Kirchner el kirchnerismo no existe, al menos por ahora. Y Cristina no le debe su triunfo apabullante a nadie, ni a los sindicatos, ni al PJ ni a ningún superministro (como lo fue Domingo Cavallo respecto de Carlos Menem). El voto popular le confirió virtualmente la suma del poder público: recuperó la mayoría en ambas cámaras del Congreso, y el Poder Judicial siempre le fue dócil. Ahora hay que ver qué hace la presidente con todo ese poder en sus manos. Sus primeras señales fueron ambiguas: Al agradecer el respaldo de las urnas dijo: “qué más puedo querer”, pero la frase dejó un amplísimo espacio para la interpretación, especialmente cuando hubo otras que la matizan: “cuenten conmigo para seguir profundizando este proyecto” y “organícense en todos los frentes para que nadie pueda arrebatarles lo conseguido”. Hizo un llamado a la unidad nacional y pidió una oposición constructiva, que le sugiera cómo mejorar las cosas. En estos días le están sugiriendo cómo mejorar el presupuesto, pero difícilmente el oficialismo escuche. Una vez más, Cristina identificó su parcialidad política con el estado y con la nación misma: “Nosotros tenemos las banderas de la Patria”, afirmó colocando implicitamente a la oposición en el incómodo lugar de la antipatria. Y puso a sus seguidores en estado de alerta respecto de los rivales políticos: “Son minorías, poderosas pero minorías”. Una subestimación que lleva implícito el derecho del oficialismo al castigo, amparado por una doble legitimidad: es mayoría, y es la Patria. Carente de todo control, y con la suma del poder en sus manos, el gobierno de Cristina debería ejercer al máximo la autolimitación, tal como conviene a la salud de la República. Pero el kirchnerismo, por definición, tiene como norte ocupar todos los espacios, alcanzar la hegemonía política, cultural y económica. Continuar leyendo “Oficialismo, oposición, votantes”

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La dignidad de la política

El 23 de octubre, según todas las encuestas, una mayoría de argentinos va a reelegir un gobierno que despilfarra el dinero público, falsea las estadísticas, miente sobre el pasado, el presente y el futuro, arbitrariamente favorece a unos y perjudica a otros, hostiga a la prensa, se burla de la división de poderes, desatiende la seguridad interna y la defensa nacional, no educa ni cura, extorsiona para conseguir apoyos, persigue a quienes se le oponen, y en fin, le roba a todos mediante el simple expediente de imprimir dinero falso. Lo votarán seguramente aquéllos cuya supervivencia depende del socorro del estado, los beneficiarios de su vasta maraña de subsidios, regímenes especiales y mecanismos de protección, la masa siempre creciente de empleados públicos, y todos los que aprendieron a enriquecerse en el desorden de una economía inflacionaria. También lo votarán los que no pueden percibir la realidad sino a través de la ideología, los que atribuyen el crecimiento de la economía a la acción de gobierno, los que creen que los billetes de cotillón son de verdad, los indiferentes, los pusilánimes y, tristemente, los ignorantes. En todos ellos prevalece una visión de corto alcance.

Los que tienen una visión de más largo plazo, los que piensan más en sus hijos o sus nietos que en sí mismos, los que creen que no se puede vivir en la anomia, la mentira y la corrupción, los que entienden que sin instituciones no hay república, sin república no hay ciudadanos, y sin ciudadanía rige la ley de la selva, los que no están dispuestos a resignar su libertad, política, económica o de cualquier tipo, los que no toleran menoscabos a su dignidad, parecen sumidos en un profundo desasosiego: ante un resultado desalentadoramente previsible, el comicio inminente se convierte en una instancia adicional de humillación. Continuar leyendo “La dignidad de la política”

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Pro Duhalde

En cierto modo resulta curiosa la situación de Mauricio Macri: convertido en campeón del antikirchnerismo sin haber pronunciado jamás una palabra belicosa respecto del oficialismo nacional. A decir verdad, fue el propio oficialismo el que lo colocó en ese lugar, convencido de que el líder del PRO representa cabalmente todo lo que el progresismo populista aborrece.

Creyó que con la simple y sonora consigna “Macri, basura, vos sos la dictadura”, proferida en bruto por las broncas gargantas de las marchas callejeras, pulida apenas por las voces engoladas de “gente de la cultura” como Mempo Giardinelli, el partido estaba ganado. Pero una cosa es el relato que construyen los medios (no sólo oficialistas) y otra muy distinta el temperamento público.

Respaldado por sus recientes éxitos electorales, Macri se ve presidente en el 2015. Podría haberlo sido ya mismo si no hubiera cedido a la parsimonia andina de Jaime Durán Barba, pero lo hecho, hecho está. Ahora, su primer dilema tiene que ver con la persona que ocupará la Casa Rosada durante los próximos cuatro años. ¿Le conviene mantenerse al margen, o marcar una preferencia? Continuar leyendo “Pro Duhalde”

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