Parricidas se necesitan

Hacia fines de la década de 1950 el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal publicó un ensayo titulado “La generación de los parricidas”, denominación en la que englobó a los nuevos nombres que asomaban en la literatura y el pensamiento argentinos: David Viñas, H.A. Murena, Juan José Sebreli, entre los más notables.

Los llamó así por la lucidez impiadosa con la que habían emprendido el examen y la crítica de sus padres intelectuales, a los que de alguna manera responsabilizaban de la situación de un país desgarrado entre una oligarquía mezquina y un populismo de corte fascista.

Esos parricidas habían nacido entre 1925 y 1930, y ya se hacían oir con fuerza cuando apenas rozaban los 30 años. De pleno derecho, se habían procurado y ocupaban con decisión y empuje un lugar en los debates estéticos e ideológicos que iban a abrirse en un amplio abanico intelectual y político en las décadas siguientes.

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José Enrique Miguens (1918-2011)

José Enrique Miguens fue un pensador político penetrante y original, que se aplicó con apasionamiento, rigor y honestidad intelectual a descifrar las claves contemporáneas de un país complejo y contradictorio, y de un mundo atravesado por conflictos y mutaciones de incierta resolución.

Sus reflexiones, aunque ajustadas a la marcha de la historia, mantuvieron una adhesión permanente a la tradición cristiana católica como fuente última de sentido, a la democracia como sistema de organización social, y a la familia y la nación como espacios de realización personal pero también de compromiso responsable con el otro.

Miguens se definía como sociólogo, y de hecho fue uno de los pioneros de esa disciplina en la Argentina, tanto en la academia como en el trabajo de campo. Pero su aporte más rico y perdurable reside en la penetrante lucidez de sus interpretaciones, en su capacidad para ver más allá del dato, para anticipar sus implicaciones futuras.
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Mario Roberto Álvarez (1913-2011)

Tal vez a muchos de los que cada día recorren presurosos las calles de Buenos Aires el nombre de Mario Roberto Álvarez no les diga gran cosa. Sin embargo, la obra de este arquitecto infatigable, que no rendía sus convicciones a la presión de la moda, el dinero o el poder, contribuyó en buena medida a definir el perfil moderno de la ciudad que los alberga.

Hasta la más reciente encuesta anual del Diario de Arquitectura que publica Clarín, sus colegas seguían considerándolo como el profesional más prestigioso de la Argentina. En 1976, el Instituto Norteamericano de Arquitectos lo incluyó entre los diez mejores del mundo. Y todavía tenía 35 años de trabajo por delante…

Más de un centenar de edificios emblemáticos de la ciudad llevan su firma: el Centro Cultural General San Martín, las sedes de Somisa, IBM, American Express, y de los Bancos Galicia y Standard, la Galería Jardín, la torre Le Parc, el puente de la avenida Juan B. Justo, los hoteles Hilton y Continental, la Bolsa de Comercio.

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Nicolás Mancera (1930-2011)

Nicolás Mancera hizo por primera vez en la Argentina casi todo lo que la televisión puede hacer. Como productor, conductor y por momentos protagonista de sus legendarios Sábados circulares expandió los límites de un medio cuya finalidad ideal es mantener al espectador con la mirada fija en la pantalla el mayor tiempo posible.

Por eso su ambiente preferido, su hábitat, fue el programa ómnibus, con el que desde 1962 hasta 1974 logró cada fin de semana tener atornilladas a las sillas de la cocina y en torno del televisor en blanco y negro a familias enteras durante maratónicas entregas de seis a ocho horas, en las que el interés no decaía ni un instante.

Hoy se reconoce su talento, su creatividad, su audacia, su profesionalismo. Mancera consagró esas cualidades a un medio cuya naturaleza no permite trascender lo banal, lo efectista. Por eso, la televisión argentina le debe mucho, pero la cultura popular no mucho más que entretenimiento efímero sin chabacanería. Hoy en día eso es un valor. Continuar leyendo “Nicolás Mancera (1930-2011)”

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Facundo Cabral (1937-2011)

Facundo Cabral, el hombre que supo convertir la abrumadora experiencia de su vida en canciones, que proclamó por convicción el valor supremo de la paz y del amor, el hombre “capaz de hacer creer en Dios a los ateos”, cayó acribillado por unas balas azarosas que se le cruzaron en el camino en una tierra extraña.

Este trovador trashumante, que no se sentía ni de aquí ni de allá, que recorrió literalmente el mundo entero con su guitarra y una sed inagotable de vivir, aprender y contar, encontró la muerte en un momento y lugar que no había entrado en sus cálculos, a la madrugada, sobre el bulevar que conduce al aeropuerto de Guatemala.

El episodio choca por lo absurdo, violento, desagradable, pero al fin y al cabo ninguna muerte es bella, y ésta tal vez haya sido la lección que recibió Cabral en el momento extremo. Ya había aprendido que tampoco la vida es bella, y que vivir, en todo caso, es luchar por embellecerla. El relato de esa lucha es lo que ofrecía a su público, en música y palabras. Continuar leyendo “Facundo Cabral (1937-2011)”

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