De la PC a la nube

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Michael Dell acaba de recomprar todas las acciones de la empresa de computadoras que fundó y que lleva su nombre. Para esa gigantesca operación financiera tuvo la ayuda de Microsoft, que poco después adquirió Nokia, uno de los mayores fabricantes de teléfonos celulares.1 Antes, Google había comprado la división de celulares de Motorola. El mismo día en que Dell completó su retirada de la bolsa, Twitter, un jugador relativamente nuevo en esta arena, anunció su salida al mercado bursátil siguiendo los pasos de Facebook, otro recién llegado. Están pasando cosas en el ambiente informático, cosas que comenzaron a gestarse tiempo atrás, y que permiten avizorar el mundo de la próxima década. Sería ingenuo, dada la velocidad de los cambios, proyectar la mirada más allá.

El mundo informático al que nos asomamos fue organizándose como una galaxia, pero al revés: no por la dispersión sino por la convergencia de sistemas diferentes. Convergencia es una palabra que reaparece cada tanto en este ambiente, con significados que van variando según las circunstancias. En este caso podemos hablar de la inesperada sinergia entre sistemas tan distintos como Hotmail, de Microsoft, y la iTunes Store, de Apple, cada uno de los cuales generó formas inéditas de actividad humana. Impulsados por el viento favorable de la tecnología de banda ancha, en algún momento los espacios gravitatorios de esos sistemas se cruzaron, se fundieron, y estallaron en otro nuevo que los absorbe y reúne. Los medios han bautizado este nuevo sistema, o partes de él, como la nube.

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  1. El 17-9-2013, Microsoft anunció una recompra de acciones por hasta 40.000 millones de dólares. A diferencia de Dell, cuyo dueño persigue la mayor autonomía en la toma de decisiones, sin tener que revelar planes ni rendir cuentas a los accionistas, la decisión de Microsoft es puramente financiera, y tiende a valorizar las acciones que sigan en poder del público. Los accionistas se mostraban intranquilos por la lentitud de la empresa para adaptarse a los nuevos paradigmas descriptos en este artículo. [↩]

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La cultura del resentimiento

Tania tiene 12 años, cursa séptimo grado en la escuela 448 de Oberá, en la provincia de Misiones, es buena alumna, cosa que sus maestros destacaron al designarla escolta de la bandera de ceremonias, y además es bonita. Bonita e inteligente, cualidades insoportables para algunas de sus compañeras. Esta semana, cuando salía de la escuela, tres de ellas la desafiaron a pelear, y una sacó una navaja con el propósito declarado de tajearle la cara. Su hermano de nueve años se interpuso y... Continúa →

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Una foto

Esta foto transmite a mis ojos un clima extraño, tenso, dramático. La mujer que en ella aparece se ha convertido sin quererlo, seguramente sin saberlo, en su protagonista absoluta: ha logrado interiorizar en su espíritu una demostración pública y colectiva; más aún, ha logrado absolver en la hondura de su mirada, en el rictus de su boca, la incongruencia de dos banderas alejadas geográfica, histórica, cultural y lingüísticamente, dos causas dispares que sólo la más alta... Continúa →

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Adiós, Mr. Robards

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Para los más jóvenes, la venta del Washington Post al dueño de Amazon tal vez no sea más que otra de las tantas noticias sobre fusiones y adquisiciones que pueblan la información de negocios; para quienes ya tenemos más pasado que futuro la novedad tiene el impacto de un sismo, tanto por la venta en sí como por la naturaleza del comprador, y ratifica lo que ya se nos viene anunciando desde hace tiempo con múltiples señales: el fin de una época, el fin del mundo que conocimos.

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En la memoria de mi generación, aquí en el sur de las Américas, es difícil separar al Washington Post del caso Watergate y de la película Todos los hombres del presidente, que recreó la batalla del diario para investigar, documentar y publicar el episodio de espionaje político que tronchó la presidencia de Richard Nixon. Los nombres de Katharine Graham, la dueña del diario, y de Ben Bradlee, su editor, se convirtieron en sinónimos de lo que el periodismo decente pretendía ser. Algunos de quienes por entonces se iniciaban en la profesión se identificaban con los periodistas del diario que siguieron el caso, Carl Bernstein y Bob Woodward (interpretados en la película por Robert Redford y Dustin Hoffman); otros, como mi añorado amigo Hugo Ferrero y yo mismo, teníamos puesto el ojo en Ben Bradlee, no tanto en el Bradlee real, a quien no conocíamos, sino en el interpretado por Jason Robards, presente y vibrante en la pantalla y en nuestra imaginación. Nos fascinaban su aplomo, su cinismo, su coraje, su ironía distante, sus dudas, sus decisiones tomadas al vuelo y a fuerza de intuición, su alineación con la justicia, la verdad y el bien. Inspiraba nuestros sueños, incentivados por el alcohol y los cigarrillos, sobre el diario ideal que algún día íbamos a editar, planes que nuestras esposas escuchaban pacientemente hasta la madrugada, entre divertidas, condescendientes y orgullosas, como madres que ven a sus hijos jugar a ser hombres. (A veces hay que tener cuidado con lo que se desea: pronto nuestras respectivas carreras iban a tener que ver más con las tensas reuniones editoriales de Bradlee que con las aventuras callejeras de Bernstein y Woodward).

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Contra las encuestas

Uno es dueño de las palabras que calla, y esclavo de las que pronuncia. ¿Por qué voy a regalarle mi palabra a un encuestador? ¿Por qué voy a confiarle mi opinión a un desconocido, que viene a preguntármela enviado sabe Dios por quién? Los que se ganan la vida realizando encuestas obviamente dicen otra cosa, pero, piénselo un momento, nunca, nunca, jamás, una encuesta va a ser conducida en función del interés de quien la responde. Siempre, en todos los casos, sin excepciones, la encuesta tiene por objetivo final la manipulación de la conducta del encuestado. Y no sólo del encuestado, sino de toda una porción de la sociedad presuntamente representada por él. Todos experimentamos una inclinación natural a responder encuestas: nos hace sentir bien que nos tengan en cuenta, nos halaga que alguien reclame nuestra opinión, nos reconforta creer que en el momento de la encuesta estamos incidiendo en alguna medida en la marcha de esas cosas que sentimos muy por encima de nosotros, y que generalmente ocurren sin que nadie nos pregunte nada. Pero eso es una ilusión: a nadie le importa específicamente ni mi opinión ni la suya. Para el encuestador no somos una persona sino una muestra, una pequeña porción de flan extraída de un flan inmenso.

Nuestra vida social se desenvuelve en dos espacios o escenarios principales: el político y el económico. En el primero decidimos con nuestras acciones de qué manera se distribuye el poder en la sociedad a la que pertenecemos; en el segundo, nuestro comportamiento determina de qué manera se distribuye la riqueza en la sociedad que nos alberga. En los dos espacios tenemos la oportunidad de emitir opiniones vinculantes: en el caso de la política, con el voto, y en el caso de la economía, con la compra o la venta: cada acto concreto de compra o de venta (el trabajo es uno de esos actos) emite a su manera un voto. El ciudadano elige entre una oferta electoral, el consumidor entre una oferta de bienes. Un resultado electoral refleja la opinión de la ciudadanía en un momento dado; el balance entre los actos de compra y de venta en un momento dado refleja la opinión del mercado.
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