En 1990 unas personas conocidas entre sí, y de quien esto escribe, decidieron unir esfuerzos en la voluntad de dejar testimonio. El que puso el cuerpo fue el escritor y periodista Oscar Hermes Villordo, que se estaba muriendo de SIDA; José Luis Agromayor, que había forjado una amistad con él desde que ambos compartieran la redacción de La Prensa a comienzos de los 70, le ayudó a acomodar sus poemas, sus recuerdos, y su mensaje en algo parecido a un guión; Hugo Ferrero, que había... Continúa →
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Adiós, Mr. Robards

Para los más jóvenes, la venta del Washington Post al dueño de Amazon tal vez no sea más que otra de las tantas noticias sobre fusiones y adquisiciones que pueblan la información de negocios; para quienes ya tenemos más pasado que futuro la novedad tiene el impacto de un sismo, tanto por la venta en sí como por la naturaleza del comprador, y ratifica lo que ya se nos viene anunciando desde hace tiempo con múltiples señales: el fin de una época, el fin del mundo que conocimos.
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En la memoria de mi generación, aquí en el sur de las Américas, es difícil separar al Washington Post del caso Watergate y de la película Todos los hombres del presidente, que recreó la batalla del diario para investigar, documentar y publicar el episodio de espionaje político que tronchó la presidencia de Richard Nixon. Los nombres de Katharine Graham, la dueña del diario, y de Ben Bradlee, su editor, se convirtieron en sinónimos de lo que el periodismo decente pretendía ser. Algunos de quienes por entonces se iniciaban en la profesión se identificaban con los periodistas del diario que siguieron el caso, Carl Bernstein y Bob Woodward (interpretados en la película por Robert Redford y Dustin Hoffman); otros, como mi añorado amigo Hugo Ferrero y yo mismo, teníamos puesto el ojo en Ben Bradlee, no tanto en el Bradlee real, a quien no conocíamos, sino en el interpretado por Jason Robards, presente y vibrante en la pantalla y en nuestra imaginación. Nos fascinaban su aplomo, su cinismo, su coraje, su ironía distante, sus dudas, sus decisiones tomadas al vuelo y a fuerza de intuición, su alineación con la justicia, la verdad y el bien. Inspiraba nuestros sueños, incentivados por el alcohol y los cigarrillos, sobre el diario ideal que algún día íbamos a editar, planes que nuestras esposas escuchaban pacientemente hasta la madrugada, entre divertidas, condescendientes y orgullosas, como madres que ven a sus hijos jugar a ser hombres. (A veces hay que tener cuidado con lo que se desea: pronto nuestras respectivas carreras iban a tener que ver más con las tensas reuniones editoriales de Bradlee que con las aventuras callejeras de Bernstein y Woodward).