Nos robaron el auto


Estuvo con nosotros durante casi un cuarto de siglo. Había llegado en el momento oportuno, para contener y acomodar sin problemas a tres hijos en distintas etapas de la adolescencia, y a sus dos padres. Con el tiempo, el pasaje se fue reduciendo, y hoy era más bien un recurso indispensable para el intercambio de bultos entre sus anteriores ocupantes.

Aunque hubo otros, nuestro viejo Peugeot 505 fue el auto de la familia. Lo conocíamos y nos conocía, y nunca, o casi, nos dejó de a pie a pesar de que fuimos muy parcos en la demostración de afecto. No lo mimamos con lavados frecuentes, ni con servicios de posventa, ni le aplicamos cosméticos, ni lo adornamos con chirimbolos inútiles.

El paso del tiempo y los cambios en el diseño no llegaron a disminuir su elegancia ni a mermar su presencia, y seguramente fue eso lo que lo condenó. A pesar de que la pintura había perdido buena parte de su brillo ya hacía tiempo, y aquí y allá exhibía muescas y rasguños, para ojos conocedores aun seguía siendo un objeto de codicia.

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Defensa del privilegio

Carolina tenía una licenciatura en Ciencias de la Educación. El título la habilitaba no sólo para formar maestros sino también para administrar instituciones educativas primarias, secundarias y terciarias, y para ejercer múltiples responsabilidades de gestión hasta, inclusive, las secretarías o ministerios del ramo en los diferentes distritos políticos del país. Para lo único que no le servía el título era para ser maestra de grado; es decir, si quería, podía serlo con el... Continúa →

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Disociados

Los padres de los alumnos muelen a palos a los docentes que reprenden o reprueban a sus hijos, los familiares la emprenden a puñetazos contra los médicos portadores de malas noticias sobre sus seres queridos. Esto significa que las dos últimas hebras que mantenían unido nuestro raído tejido social se han roto; se han deshilachado los refugios finales de la autoridad y la confianza. Ya no queda nada que nos una, que nos permita reconocernos como sociedad. El primer hilo que vincula a los... Continúa →

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Otra vez

Otra vez contando las víctimas. Otra vez el obsceno espectáculo de la muerte en la televisión. Otra vez la búsqueda de culpables para descargar la propia conciencia. Hace menos de un mes fue el caso Candela, ahora el accidente en un paso a nivel, y mañana será otra tragedia, y así seguiremos mientras no asumamos nuestras responsabilidades como ciudadanos.

En algún momento tendremos que entender que la institucionalidad no es sólo una cuestión que entretiene a los abogados, que la corrupción no es simplemente un funcionario que se queda con un vuelto, que la democracia no es nada más que ir a votar una vez cada dos años, y que ser ciudadano de un país es mucho más que alentar a sus selecciones deportivas.

Sabemos que estamos mal, y que está en nuestras manos hacer que las cosas cambien, pero por desidia, cobardía o ignorancia optamos por meter la cabeza debajo de la almohada. Creemos que es más seguro dejar todo como está que arriesgarnos a probar otra cosa, menos aún a dar un paso al frente y edificar nosotros mismos otra cosa. Continuar leyendo “Otra vez”

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Quién mató a Candela

Candela Sol. Tenía un nombre doblemente consagrado a la luz, y acabó en la peor de las tinieblas. En menos de una semana la vimos haciendo mohínes frente al flash de una cámara, con el pelo recogido y un flequillo, y luego acurrucada y muerta dentro de una bolsa negra de residuos. Su caso, dirían los diarios, sacudió al país. ¿Lo sacudió realmente?

A la Argentina no la sacudió la violencia de los setenta, no la sacudió la guerra de Malvinas, no la sacudió la catástrofe del 2001, no la sacude el destino incierto que aguarda a sus jóvenes. La sociedad argentina no se conmueve, si por conmoción se entiende ese sacudón fuerte que permite ver lo que antes no se veía, y obliga a modificar convicciones y conductas.

La suerte de Candela no sacudió a la sociedad argentina: excitó en cambio su curiosidad, su morbo, su necesidad malsana de mirar por televisión lo que les pasa a otros. Le dio la oportunidad de hacer comentarios escandalizados, de lavar su mala conciencia señalando culpables, de ocultar, en el barullo, lo que en el fondo sabe: a Candela la matamos entre todos. Continuar leyendo “Quién mató a Candela”

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