
Ni con el empleo a fondo de todo su aparato de propaganda y de clientelismo político, el oficialismo habría logrado poner en la calle siquiera la mitad de la gente que el 13 de septiembre salió espontáneamente a manifestarse con sus cacerolas a lo largo y ancho del país, y esto sin contar a los automovilistas que hacían sonar sus bocinas y a quienes aplaudían desde los balcones.
La otra cara de la moneda es que ninguna organización política, sola o en alianza con otras, habría logrado poner en la calle siquiera el uno por ciento de los que se movilizaron para hacer saber al gobierno que están hasta la coronilla de su incompetencia para resolver alguno de los problemas que los afectan, y del autoritarismo y la soberbia con que encubre esa incapacidad.
El cacerolazo fue un éxito como expresión masiva e incuestionable del estado de ánimo de la sociedad. Pero el manejo de la cosa pública, de la res publica, no es una cuestión de estados de ánimo, sino de ideas, diálogo, trabajo, organización, y promoción de liderazgos; en una palabra, de política. Cuando ocupan el lugar de la política, las cacerolas son la voz del fracaso. Continuar leyendo “El exitoso fracaso de las cacerolas”
