Me encontré con don Tonito a las puertas de la biblioteca del barrio. Como siempre, andaba con su carpeta desbordante de papeles desordenados y garabateados, pero esta vez me pareció verlo más agitado o inquieto que de costumbre, como quien anda siguiendo una pista, o una línea de investigación, y supone estar a un paso del desenlace.
–Buenas, don Tonito –lo saludé–. ¿En qué andamos hoy?
–¡Ah, hoy andamos tras algo verdaderamente grande, algo que va a significar para la ciencia argentina del siglo XXI lo que los descubrimientos de Ameghino representaron para el siglo XIX!
No sé por qué tuve un mal presentimiento. Mi amigo es tan autodidacta como don Florentino, pero mucho menos disciplinado y, así como desborda de intuiciones a veces geniales, le cuesta enfilarlas por la estrecha manga del razonamiento lógico y la rigurosidad académica, o por lo menos del sentido común.
La tarde estaba ventosa y desapacible, de modo que le propuse entrar, para que me siguiera contando. Me había picado la curiosidad.
–Explíquese, don Tonito –lo apremié tan pronto nos hubimos instalado en una mesa alejada para no molestar a los lectores con nuestra charla. Igual, no había muchos. Uno solo, para ser sincero.
–Mire, amigo Santiago, ya no cabe duda: algún vínculo existe entre la Patagonia argentina y el antiguo Egipto. ¡Es hora de que arqueólogos, antropólogos e historiadores nos pongamos a trabajar para develar esa filiación misteriosa! –exclamó, mientras yo me preguntaba con cuál de las disciplinas se identificaba don Tonito como para justificar el “nos pongamos”–. ¡Los testimonios se acumulan y las preguntas se vuelven cada vez más apremiantes!
La mirada encendida con la que mi interlocutor acompañó estas afirmaciones me provocó dos reacciones paralelas: por un lado, una preocupación sobre los efectos del envejecimiento en las operaciones de la inteligencia (preocupación no exenta de egoísmo, ya que con don Tonito fuimos a la escuela casi por la misma época), y por otro, un rebuscar en la memoria cualquier dato que permitiese a alguien enlazar nuestra árida meseta austral con las arenas del África septentrional.
–Mire, don Tonito –le dije con no disimulado escepticismo–, yo la única relación que conozco entre la Patagonia y las pirámides es esa genealogía estrafalaria que vincula al indio Patoruzú con una dinastía faraónica…
–¡Precisamente! –exclamó mi amigo–. ¡Ahí está la cosa! Siempre creímos que había sido una broma caprichosa de Dante Quinterno, que hizo descender al famoso cacique tehuelche de una dinastía fundada por Patoruzek I, un faraón egipcio…
–Un faraón inexistente, convengamos…
–No me interrumpa con pavadas… Usted bien sabe que Patoruzek se casó con una princesa de la ciudad de Napata, que era la capital de Nubia.
–Princesa conocida entre los suyos como Patora la Tuerta…
–¡Precisamente! Ese es un detalle revelador, pero no se me adelante… Como le decía… –agregó mientras revisaba sus apuntes, escritos al dorso de las boletas de gas y de luz–, como le decía, según la revista Patoruzú del 17 de agosto de 1937, de la unión del faraón y Patora la Tuerta nació el príncipe Patoruzek, quien montado en un águila llegó a la Patagonia donde engendró la raza a la que pertenece Patoruzú.
Recordé haber visto esa imagen en la película Patoruzito.
–Y tome nota de este otro dato, porque lo va a necesitar –prosiguió don Tonito–: ¡Patoruzú, el indio que emplea su fuerza sobrehumana para ayudar a los más débiles, es el primer superhéroe en la historia de la historieta mundial!
Obedientemente, tomé nota, pero todavía no entendía para qué. Empecé a temer que mi amigo me arrastrara como una correntada por los meandros de su pensamiento desordenado.
–Lo seguí hasta ahora, don Tonito, pero no veo más que el viejo capricho de Quinterno, bastante raro por cierto, pero amablemente aceptado por todos los admiradores del indio buenazo y fortachón…
–No se apresure, no se apresure… Fíjese que en esta última década, de la fuente más inesperada, aparecen nuevos testimonios que enlazan la cultura del Nilo soleado con la de nuestra ventosa Patagonia.
–Ajá, ¿y qué fuente es esa, si se puede saber?
–¡Pues la mismísima presidenta de la Nación! –exclamó don Tonito con una sonrisa triunfal.
–¿Cristina?
–¡La misma!
–Cristina…
–¡Precisamente! –Y volvió a rebuscar entre sus papeles–. ¿Qué dijo Cristina el 15 de marzo de 2010 al inaugurar un gasoducto submarino que une Santa Cruz con Tierra del Fuego?
–No sé, ¿qué dijo?
–Dijo: “Me siento como Keops frente a la pirámide terminada”. Eso dijo…
Me quedé pensando en qué tenían en común el gasoducto submarino, que va por abajo, con la pirámide, que apunta para arriba, como para que a la presidenta se le ocurriera la comparación, pero no encontré nada que los hermanara.
–¿Y por qué dijo eso? –le pregunté entonces a don Tonito.
–¡Precisamente! ¿Por qué dijo eso? ¿Por qué se le ocurrió a esta presidenta, que dijo que su lugar en el mundo está en la Patagonia, compararse con el segundo faraón de la cuarta dinastía egipicia? ¿Eh, por qué? Veo que ya me está siguiendo…
La verdad es que no lo podía seguir porque continuaba sin ver las relaciones que se tejían en la mente de don Tonito. Me limité a expresar una duda:
–Tal vez haya sido la casualidad, una ocurrencia intrascendente…
–¡Qué casualidad ni qué niño muerto! –repuso mi amigo, cuya frecuentación de las viejas ediciones españolas que pueblan la biblioteca afloraba a veces en esas expresiones fuera de época–. ¿Cómo explica usted entonces lo que dijo la presidenta el mes pasado?
–Don Tonito, no fastidie: el mes pasado la presidenta usó la cadena nacional día por medio. ¿Cómo quiere que me acuerde? Ni siquiera sé de qué tendría que acordarme…
–Pues sepa usted, buen señor –y aquí nueva consulta a los desgarbados apuntes–, que el 29 de agosto de 2012, al anunciar la construcción de un Polo Audiovisual en la isla Demarchi, la presidenta dijo: “Debo ser la reencarnación de un gran arquitecto egipcio”. Eso dijo.
–Ah, será por eso que algunos lo describieron como una obra faraónica…
–¡Usted, Santiago, me está tomando para el churrete!
–No se enoje, don Tonito, pero no entiendo a dónde va. ¿Qué me está diciendo? ¿Que Cristina desciende de los egipcios porque vivió en la Patagonia como Patoruzú? Es cierto que algunas señoras del Barrio Norte la llaman “Patora” por la silueta o la manera de pararse o porque le gustan los buenos mozos, pero de ahí a…
–Esa es otra Patora, esa es la hermana de Patoruzú y no tiene nada que ver con lo que le estoy diciendo.
–Además Cristina es de Tolosa, provincia de Buenos Aires. No nació en la Patagonia.
–¡Precisamente! –irrumpió don Tonito–. El que estaba relacionado con la dinastía Patoruzek era Néstor, no Cristina.
–¿Néstor?
–¿No le dije que se acordara de Patora la Tuerta, eh?
–Ah, usted dice por el ojo…
–Y no sólo eso: ¿por qué nunca se pudo ver el cadáver del ex presidente?
–No sé, hay un montón de teorías conspirativas dando vueltas: dicen que no se murió, y que Chávez se lo llevó a Venezuela en su avión privado, dicen que era judío y que los judíos no muestran los cadáveres…
–¡Patrañas! No se lo pudo ver porque lo embalsamaron según el antiguo rito egipcio. ¿Y a dónde lo llevaron luego?
–¿A dónde?
–¡Al mausoleo!
–¿Y?
–Un sepulcro faraónico. Como no iban a ponerse a hacer pirámides en la Patagonia, lo hicieron cuadrado…
¡Ay, mi pobre amigo Tonito! Me quedé mirando su expresión entre orgullosa y desafiante, como quien ha resuelto un teorema y exhibe la pizarra llena de números ante un auditorio boquiabierto. Recordé cuando, cincuenta años atrás, me enseñaba en el recreo de la escuela a elegir una bolita puntera, y sentí pena. No quise refutarlo ni contradecirlo. Por curiosidad, o por piedad, lo insté a seguir hablando.
–Bueno, supongamos que Néstor tiene un antepasado tehuelche y que Dante Quinterno no bromeaba y los tehuelches descienden de los egipcios… Pero estábamos hablando de Cristina, no de Néstor…
–¡Precisamente! ¿Por qué se enamoró Néstor de Cristina, a ver?
–No sé, la conoció en la facultad, estaban juntos en la jotapé…
–Si, eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se enamoró?
–Don Tonito… ¿cómo voy a saber yo…?
–Se enamoró porque descubrió en ella un rastro egipcio…
–Mire, mi amigo, usted sabe que yo lo aprecio… No me obligue a… Cerca de Tolosa vivían los quilmes, que los habían traído del norte, pero no los tehuelches, que habitaban el sur. No me mezcle las cosas…
–Mire, Santiago, no se ponga quisquilloso que todo tiene su explicación. ¿Usted oyó hablar de la araucanización? ¿Sabía que los mapuches invadieron la Argentina desde el sur y corrieron a sus pueblos indígenas hacia el norte, cuando no los diezmaron? Bien pudo algún tehuelche llegarse hasta la pampa húmeda… Pero de todos modos, ese no es el punto. El punto está en las palabras de Cristina, hay que leerlas bien.
–Ah, y usted las leyó bien…
–Claro que las leí bien… Dijo “Debo ser la reencarnación de un gran arquitecto egipcio”, ¿y sabe usted quién fue el gran arquitecto egipcio? No, qué va a saber… Fue Imhotep, el inventor de la pirámide escalonada… El primer arquitecto, el primer médico y el primer ingeniero de la historia… Alguien que dominaba toda la ciencia de su época, como Leonardo o como Cristina. ¿Vio que Cristina también domina todos los temas?
–No tanto como usted, don Tonito… No tanto como usted, que ahora me va a explicar cómo llegamos de Imhotep a Cristina…
–Esa fue la parte difícil de mi investigación, pero finalmente le encontré la vuelta. La clave está en las historietas…
–En las historietas…
–¡Precisamente! ¿Quién fue Patoruzú? El primer superhéroe de historieta… ¿Cómo se lo recuerda a Néstor? Como el Nestornauta, un superhéroe de historieta… El viejo y sabio Imhotep le dió su nombre a una serie de personajes de la cultura popular comparables a los superhéroes de historieta, como La Momia, nada menos. Pero el que me interesó es el Imhotep que aparece como antepasado de Cleo y Nefera de Nile, dos encarnaciones de princesas egipcias que le van a sorprender.
Empecé a sospechar que, además de las estanterías de la biblioteca, pobladas por los amarillentos libros barceloneses de Maucci, don Tonito estaba recorriendo subrepticia e intrépidamente las inciertas autopistas de la red Internet.
–¿Y dónde averiguó usted todo eso, don Tonito?
Carraspeó, se puso medio colorado, hizo como que revisaba los papeles.
–Por ahí… por ahí… Qué costumbre tiene de interrumpirme con pavadas… Le hablaba de estas dos princesas, que son también dos personajes de historieta y dos muñecas de juguete, y que tienen más de 4.500 años de edad cada una… Fíjese la descripción que hace Mattel, que es el fabricante de las muñecas, sobre la mayor de ellas, Nefera de Nile: “Es vanidosa y hostil, sentimientos que surgen de una paranoia profundamente arraigada y de un complejo combinado de superioridad e inferioridad. A pesar de haberse graduado, Nefera tiene problemas para crecer en la vida más allá de la adolescencia, y por eso vuelve una y otra vez al colegio secundario”. Dígame que no le resulta familiar, dígame que no es el vivo retrato de nuestra…
–Bueno, el perfil psicológico puede ser, pero el resto… –admití presuponiendo a quién se refería.
–¡Es clarísimo! ¿Por qué se quedó anclada en los setenta? ¿Por qué busca siempre la compañía de muchachitos? ¿Por qué promueve las agrupaciones juveniles como la Cámpora? ¡Porque no puede crecer, como Nefera! ¡Porque no puede salir de la adolescencia! ¡Porque es Nefera!
–Don Tonito…
–¿Sabe usted acaso como se llama el colegio secundario al que vuelve siempre Nefera? No, qué va a saber. Se llama Monsters High, que quiere decir algo así como el colegio de las monstruos (porque es un colegio de señoritas). Y ahora piense por un minuto en las mujeres que rodean y han rodeado a Cristina: Romina, Felisa, Alicia, Mercedes, Déborah, las Beatrices..
No pude ocultar un estremecimiento, que los ojitos vivaces de don Tonito captaron al vuelo.
–Veo que me sigue –sonrió triunfalmente.
Me di cuenta de que había bajado la guardia, así que tuve que levantarla nuevamente.
–A ver si le sigo. Usted me quiere decir que Cristina desciende, como ella misma sospecha, del gran arquitecto egipcio Imhotep, y pretende probar ese vínculo afirmando que la presidenta es algo así como un avatar de Nefera, un dibujito o muñequito, cuyos diseñadores, para inventarle una historia, describen como descendiente del tal Imhotep.
–Descendiente de La Momia, que es Imhotep, sí.
–Usted me salta de Patoruzú, que es un personaje de historieta, al antiguo Egipto, y del antiguo Egipto al Nestornauta y a Nefera, que son otros personajes de historieta. ¡Usted me está mezclando ficción y realidad, don Tonito!
–¡Precisamente! ¿Qué ha sido la actuación de Néstor y Cristina sino una mezcla de ficción y realidad? Esta pareja hace lo que hace porque es lo que es: un cruce entre la historia y la historieta –afirmó mi amigo, y me dí cuenta de que lo que estaba diciendo no le complacía, que era más bien una comprobación dolorosa para él–. No se los puede entender sólo como personajes de la historia ni sólo como personajes de historieta. Vea lo que agrega la semblanza de Nefera que le cité antes: “Nefera parece creer que es perfecta, y que todos los demás están por debajo de ella”. ¿De qué habla este retrato, del dibujito o del personaje histórico que todos conocemos?
Hizo una pausa, para recuperar el aliento luego de la parrafada, y para redondear sus argumentos.
–Esto es mucho más que una coincidencia, Santiago. ¿Qué fue el antiguo Egipto sino una sociedad jerarquizada e inmóvil, cerrada e inmutable, gobernada por dinastías familiares, igual a sí misma durante cuatro mil años? ¿En qué se distingue esa autocracia de la que el matrimonio del sur propone a los argentinos? Puedo afirmar, señor mío, con toda la autoridad que los procedimientos científicos posmodernos me confieren, que hay una relación entre nuestra Patagonia y el antiguo Egipto y, parafraseando a Herodoto, puedo afirmar que Cristina es un don del Nilo. ¡Hay que creer o reventar!
Y con esa admonición, proclamada con la severidad de un catedrático, don Tonito recogió sus papeles y abandonó la biblioteca.
Me quedé pensando un rato en lo que acababa de escuchar, me quedé pensando en los cabales de mi amigo, y mientras esto pensaba lentamente fue construyéndose en mi mente la imagen de un gran mausoleo tallado en las estribaciones andinas de Santa Cruz, con las figuras colosales de Néstor y Cristina sentados, mirando con ojos ciegos el horizonte. La posibilidad no me resultó del todo descabellada.
–Santiago González