Tango de Malvinas

Los señores David Cameron y Cristina Kirchner han salido a la pista a bailar el tango de Malvinas. Como se sabe, se necesitan dos para ejecutar la danza, y estos líderes, movidos por la necesidad política, lo hacen de maravilla. El caballero conduce y la dama acompaña, pero con giros y paradas en los que demuestra que ella también tiene algo que decir en el asunto.

Como ocurre cada vez que suena esta música, se reavivan los apasionados argumentos que los argentinos normalmente tenemos sobre todas las cosas, en este caso entre los halcones para quienes el agravio de 1833 sólo se salda con una retirada inglesa bajo presión, y las palomas mansamente confiadas en que el tiempo y la conversación todo lo arreglan.

En esta oportunidad, sin embargo se escucharon además puntos de vista novedosos, por lo menos para este cronista, y también sugestivos. Puntos de vista que nos han invitado a pensar en los habitantes de las Malvinas como personas, no como intrusos ni como kelpers (palabra que los deshumaniza, los convierte en cosas) sino como gente.

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Rock: música dura. La suicidada por la sociedad

Por Luis Alberto Spinetta Son tantos los matices que comprenden la actitud creativa de la música local –entendiendo que en esa actitud existe un compromiso con el momento cósmico humano–, son tantos los pasos que sucesivamente deforman los proyectos, incluso los más elementales como ser mostrar una música, reunir mentes libres en un recital, producir en suma algún sonido entre la maraña complaciente y sobremuda que: EL QUE RECIBE DEBE COMPRENDER DEFINITIVAMENTE QUE LOS PROYECTOS EN... Continúa →

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Luis Alberto Spinetta (1950-2012)

Lo primero que sorprende en Luis Alberto Spinetta es que su arte de músico y poeta, una de las matrices del rock en la Argentina, que se dio a conocer con Almendra en 1967 y estalló en un gran final antológico con Las Bandas Eternas en el 2009, haya sobrevivido a través de los peores años de la Argentina y mantenga aun su vitalidad.

Milagro atribuible a la cordura esencial de la locura que lo animaba, locura creativa que lo impulsaba a perseguir el sonido y la palabra capaces de dar voz a la angustia creciente de una generación tras otra, que iban brotando a la vida sólo para recibir cada vez un cachetazo más impiadoso: la locura de la cordura.

Desde sus sucesivas bandas, o su trabajo como solista, Spinetta dejó más de trescientas canciones. Probablemente algunos de nosotros, sus contemporáneos, llevemos una prendida a algún pliegue del corazón; seguramente todos guardamos allí la Muchacha, ojos de papel, la Plegaria para un niño dormido, el Seguir viviendo sin tu amor.

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¡Quiero una república bananera!

Al principio fue una simple curiosidad: leer las marcas graciosas en las etiquetas que aparecen pegadas en las bananas, Chiquita, Bonita… La curiosidad me llevó a la revelación: ¡todas las bananas que venden en el supermercado son importadas, en su enorme mayoría de Ecuador! Me aseguran, aunque no las descubrí, que ¡también compramos bananas al Brasil!

¡Es de necesidad y urgencia que tomemos conciencia de esta verdad, oculta o disimulada con toda malicia por los medios concentrados! La Argentina, nuestra Argentina, compatriotas y compatriotos, ¡es un país dependiente en materia bananera! ¡Estamos a merced de las corporaciones extranjeras, de la United Fruit, de la Forestal, vaya uno a saber!

Imaginemos el drenaje de divisas que produce el ingreso incesante de cachos de banana importados. A diferencia de las otras frutas, las bananas no parecen tener estacionalidad. Llegan durante todo el año, alimentando continuamente las licuadoras, y licuando al mismo tiempo las reservas del Banco Central.

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Nos robaron el auto


Estuvo con nosotros durante casi un cuarto de siglo. Había llegado en el momento oportuno, para contener y acomodar sin problemas a tres hijos en distintas etapas de la adolescencia, y a sus dos padres. Con el tiempo, el pasaje se fue reduciendo, y hoy era más bien un recurso indispensable para el intercambio de bultos entre sus anteriores ocupantes.

Aunque hubo otros, nuestro viejo Peugeot 505 fue el auto de la familia. Lo conocíamos y nos conocía, y nunca, o casi, nos dejó de a pie a pesar de que fuimos muy parcos en la demostración de afecto. No lo mimamos con lavados frecuentes, ni con servicios de posventa, ni le aplicamos cosméticos, ni lo adornamos con chirimbolos inútiles.

El paso del tiempo y los cambios en el diseño no llegaron a disminuir su elegancia ni a mermar su presencia, y seguramente fue eso lo que lo condenó. A pesar de que la pintura había perdido buena parte de su brillo ya hacía tiempo, y aquí y allá exhibía muescas y rasguños, para ojos conocedores aun seguía siendo un objeto de codicia.

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