Contra las encuestas

Uno es dueño de las palabras que calla, y esclavo de las que pronuncia. ¿Por qué voy a regalarle mi palabra a un encuestador? ¿Por qué voy a confiarle mi opinión a un desconocido, que viene a preguntármela enviado sabe Dios por quién? Los que se ganan la vida realizando encuestas obviamente dicen otra cosa, pero, piénselo un momento, nunca, nunca, jamás, una encuesta va a ser conducida en función del interés de quien la responde. Siempre, en todos los casos, sin excepciones, la encuesta tiene por objetivo final la manipulación de la conducta del encuestado. Y no sólo del encuestado, sino de toda una porción de la sociedad presuntamente representada por él. Todos experimentamos una inclinación natural a responder encuestas: nos hace sentir bien que nos tengan en cuenta, nos halaga que alguien reclame nuestra opinión, nos reconforta creer que en el momento de la encuesta estamos incidiendo en alguna medida en la marcha de esas cosas que sentimos muy por encima de nosotros, y que generalmente ocurren sin que nadie nos pregunte nada. Pero eso es una ilusión: a nadie le importa específicamente ni mi opinión ni la suya. Para el encuestador no somos una persona sino una muestra, una pequeña porción de flan extraída de un flan inmenso.

Nuestra vida social se desenvuelve en dos espacios o escenarios principales: el político y el económico. En el primero decidimos con nuestras acciones de qué manera se distribuye el poder en la sociedad a la que pertenecemos; en el segundo, nuestro comportamiento determina de qué manera se distribuye la riqueza en la sociedad que nos alberga. En los dos espacios tenemos la oportunidad de emitir opiniones vinculantes: en el caso de la política, con el voto, y en el caso de la economía, con la compra o la venta: cada acto concreto de compra o de venta (el trabajo es uno de esos actos) emite a su manera un voto. El ciudadano elige entre una oferta electoral, el consumidor entre una oferta de bienes. Un resultado electoral refleja la opinión de la ciudadanía en un momento dado; el balance entre los actos de compra y de venta en un momento dado refleja la opinión del mercado.
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Elogio de la locura

locarHoy quiero hablar de dos locos: Elisa Carrió y Domingo Cavallo. No es que sean locos: ha sido la gran prensa la que los ha investido de locura en el imaginario colectivo. A Cavallo, los columnistas habituales lo han tildado de soberbio, enajenado, arrogante, empeñado en sostener “la locura (no podía ser de otro modo) del uno a uno”; los caricaturistas se dedicaron a exagerar su mirada de ojos claros, penetrante, encendida. A Carrió, la han llamado loca, pirucha, agorera, mística, pitonisa, con jugadores ausentes y patitos en desorden.

locavAl margen de esta coincidencia descriptiva, el trato que la prensa da a uno y a otro es diferente: a Cavallo prefieren ignorarlo, sumirlo en el olvido. A Cavallo no se lo nombra, no se lo consulta, no se lo invita a paneles ni mesas redondas; su nombre sólo se pronuncia para asociarlo falsamente a dos episodios odiosos: la estatización de la deuda privada y la pesificación de los depósitos, cosas con las que nada tuvo que ver. Carrió, en cambio, es invitada frecuente de los programas de entrevistas por televisión por la simple razón de que su sola presencia eleva la audiencia. Los periodistas están convencidos de haber logrado que ella misma genere sus propios anticuerpos y que, por lo tanto, diga lo que diga, resulte inofensiva. Tal como hicieron con Cavallo, han logrado asociar su nombre a una idea tan antipática como falsa, según la cual Carrió se lo pasa haciendo denuncias en los medios que nunca se comprueban. La realidad es exactamente al revés: Carrió hace denuncias en los medios, es cierto, pero al mismo tiempo las presenta ante la justicia, que es donde importan y tienen consecuencias, cosa que prácticamente ninguno de sus rivales políticos imita.
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Comprensión de textos

Una muchachita esmirriada, de unos 14 ó 15 años, de aspecto perfectamente normal, está en la cola del supermercado con un par de artículos que sostiene en la mano. Se ha ubicado frente a la caja rápida, presidida por un gran cartel que dice “Máximo 15 unidades”. Cuando se aproxima su turno comienza a dar señales de inquietud, mira hacia las cajas contiguas, mira a su alrededor, no se adelanta. Los que la siguen en la fila no entienden qué pasa, se inquietan a su vez, hasta... Continúa →

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Massita

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“Si se presenta, Massa puede sacar el 40 por ciento de los votos, o más”, afirma sin titubear el encuestador y analista Jorge Giacobbe. Uno no puede dejar de preguntarse en qué se basa semejante vaticinio: ¿quién es Sergio Massa? ¿Quién lo conoce en la provincia de Buenos Aires, más allá del municipio de Tigre? Lo conoce ciertamente el aparato justicialista, al que Massa está ligado desde fines de los noventa, cuando rompió vínculos con la Ucedé de Álvaro Alsogaray, el partido liberal en el que inició su carrera política. Pero el votante común, el hombre de la calle, ¿lo conoce? “Massa es la figura política con mejor imagen”, insiste Giacobbe en el programa de Mariano Grondona, sin aportar mayores precisiones. El golpista Eduardo Duhalde proyectó a Massa a la escena nacional cuando lo puso al frente de la ANSES, cargo en el que fue posteriormente ratificado por Néstor Kirchner. Massa colocó a su lado en la ANSES a su antiguo correligionario liberal Amado Boudou, quien ingresó así al escenario mayor de la política.1 En el 2007 “Massita” fue electo intendente de Tigre, pero al año siguiente pidió licencia para ocupar la jefatura del gabinete nacional tras la renuncia de Alberto Fernández. En el 2009 se prestó al juego de las candidaturas testimoniales y fue elegido diputado nacional, pero renunció para volver a la intendencia de Tigre. Pese a los servicios prestados, el kirchnerismo lo acusó de traidor porque en las elecciones municipales diferenció su campaña de la del oficialismo nacional y logró que la candidatura a concejal de su esposa obtuviera 14 puntos más que la del propio Kirchner a la diputación provincial. ¿Alcanzan estos antecedentes para que Massa exhiba el mejor perfil de la provincia, y eventualmente arrase en una elección, como afirman Giacobbe y otros augures?

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  1. “Yo no lo llevé a Boudou a ANSES. Lo llevó Rodríguez Larreta en el 98”, aclaró Massa durante una entrevista al canal TN concedida a fines de mayo del 2014. Efectivamente, Boudou ingresó a la agencia de seguridad social en 1998, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, quien posteriormente ganaría perfil político en el PRO junto a Mauricio Macri. Massa fue sin embargo quien promovió la carrera de Boudou: gerente de presupuesto en el 2002, secretario general en 2006, y director en el 2007, cuando dejó ese puesto para hacerse cargo de intendencia de Tigre. [Actualización del 2 de junio de 2014.] []

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Nada va a cambiar

Si usted cree que algo va a cambiar después de las elecciones de octubre, el Congreso de la Nación acaba de advertirle que está equivocado. La advertencia vale igualmente para las elecciones del 2015, fórmense las alianzas que se formen, y surjan los candidatos que surjan. La aprobación por amplia mayoría legislativa de la caprichosa, irresponsable e injusta ley de fertilización asistida ha demostrado que toda la clase política, gobierno y oposición incluidos, piensa de la misma... Continúa →

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