Corporativa y autista

Al reaparecer en público tres días después de su pésimo desempeño en la encuesta compulsiva del domingo, la presidente Cristina Kirchner emitió un encendido mensaje de tono marcadamente corporativo, en el que desestimó a sus opositores como títeres de grandes intereses económicos que conspiran contra su gobierno. Sólo con esos grandes intereses, dijo, eventualmente estaría dispuesta a dialogar.

En un discurso pronunciado en Tecnópolis, el escenario mayor de las fantasías kirchneristas, la presidente no acusó recibo del castigo sufrido en las urnas. Por el contrario, aparte de revelar que el FPV ganó en la Antártida (dato maliciosamente ocultado por la prensa, según afirmó), Cristina ratificó el discurso autista que ha caracterizado toda su gestión, y descalificó como mentirosa cualquier interpretación de la realidad distinta de la suya. “Además de que en la vida hay que elegir, en la política no hay que mentir más”, reclamó.

Para la presidente, el matizado conjunto de fuerzas opositoras que se impusieron en la encuesta del domingo no son más que la expresión de una impostura, una representación, lo contrario del oficialismo que encabeza: “No mentimos, no nos disfrazamos. Solamente la fortaleza de la verdad y de la realidad que, por más que hagan lo que hagan, no se puede ocultar”, dijo. En consecuencia, sólo se trata de salir a la calle y anunciar con nuevos bríos la buena nueva kirchnerista, machacar en el relato. “Por más titulares que quieren confundir, vamos a seguir adelante. Tengamos la fuerza de cada militante para ir casa por casa explicando esto. Si hay errores, los discutiremos”, prometió.

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Lectura de la encuesta compulsiva

Los resultados de la encuesta compulsiva están a la vista. Su lección más evidente es que los argentinos están hartos de kirchnerismo: el 54 por ciento de respaldo que obtuvo en el 2011 se redujo a menos de la mitad, el 26 por ciento, en dos años. Las razones de ese hartazgo hay que buscarlas en áreas alejadas de la política: la incapacidad práctica del gobierno para resolver problemas concretos, principalmente la inflación y la inseguridad. También en la corrupción, relevante para algunos sectores más atentos de la ciudadanía. En octubre, cuando este estado de opinión se traduzca en votos, el oficialismo recibirá la notificación concluyente de que sus sueños de continuidad habrán sido sólo eso: sueños. La renovación de bancas que se operará entonces lo dejará sin posibilidades de buscar una reforma constitucional, y muy probablemente le quitará el manejo a su antojo del Congreso. Las fuerzas no kirchneristas que atrajeron ahora el favor del electorado deberán hacer esfuerzos en los próximos dos meses no sólo para resistir la previsible embestida oficialista sino para afianzar, y ampliar, el espacio aparentemente ganado.

La encuesta compulsiva ha dicho con claridad lo que el electorado no quiere pero no arrojó luces definidas sobre lo que el electorado quiere. ¿Quiere una opción centroizquierdista, como indicarían las cifras de UNEN en la capital federal, o de Hermes Binner en Santa Fe? ¿Quiere alternativas peronistas, como sugeriría el respaldo a Sergio Massa en Buenos Aires o a Juan Schiaretti en Córdoba? ¿Tendría chances un radicalismo de nuevo cuño, como sugieren las cifras de Julio Cobos en Mendoza o Eduardo Costa en Santa Cruz, e incluso el tercer lugar obtenido por Margarita Stolbizer en Buenos Aires? ¿Qué lugar le espera al PRO, que a pesar de los globos y los bailecitos, hizo un papel deslucido tanto en la capital federal, donde gobierna, como en Córdoba y Santa Fe, donde presentó sus candidatos más expectables? ¿Hay un futuro para el kirchnerismo? Dicho de otro modo, ¿tiene el kirchnerismo identidad política, capaz de sobrevivir a sus creadores, o ese nombre define simplemente una unión transitoria para el saqueo de los fondos públicos? Estas preguntas tienen menos que ver con el 2013, cuando lo que está en juego es la posibilidad de limitar la capacidad de daño del kirchnerismo en lo que le queda de mandato, que con el 2015, cuando el país deberá decidir a quién confiará sus destinos en lo sucesivo.

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