Allá por los sesenta, el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro nos explicaba que la historia avanza al impulso de las revoluciones tecnológicas. Había identificado ocho, en una secuencia que comenzaba con la revolución agrícola del Neolítico y llegaba hasta lo que describió como la revolución termonuclear de la primera mitad del siglo XX. Aunque murió en 1997, no llegó a revisar su modelo a la luz de los desarrollos ocurridos en la segunda mitad del siglo, en parte porque las señales eran todavía confusas, en parte porque sus preocupaciones se orientaron más hacia la educación y la organización popular, y en parte también por su propia confianza en el avance del socialismo y la igualdad entre los pueblos al amparo del disuasor atómico.
Ribeiro había recogido y sistematizado los aportes de toda una tradición de antropología evolucionista para integrarlos con la interpretación marxista de la historia en un modelo donde el motor del cambio no es ya la lucha de clases sino más bien la aparición de tecnologías revolucionarias que alteran las relaciones sociales preexistentes y en definitiva generan nuevos conflictos de clase. Su libro El proceso civilizatorio fue en su momento de lectura atractiva porque introducía una variante en el monolítico sonsonete marxista (Ribeiro se consideraba como el verdadero continuador de Marx), y sigue siéndolo hoy por la claridad de su análisis, que estimula a continuarlo desde el punto donde él se detuvo, incluso desde la precariedad de un artículo periodístico.
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Es evidente que la revolución tecnológica en la que estamos inmersos, siguiendo el modelo analítico de Ribeiro, excede en mucho el ámbito de lo nuclear, que es sólo una parte de ella. Las revoluciones anteriores, fuese la de regadío o la urbana o la mercantil o la industrial, representaron siempre una manera de obrar con lo creado, de disponerlo, combinarlo y manipularlo, tal como un escultor que trabaja con mármol u otros materiales. Ahora estamos ante algo diferente, algo que obra en lo creado, incluidos nosotros mismos; estamos en condiciones de alterar la propia naturaleza del mármol, y también la del escultor.
Repasemos las cosas: la física y la química llegaron al corazón de la materia, lo que posibilitó tanto la revolución termonuclear de la que hablaba este antropólogo como el hecho más cotidiano de que vivamos naturalmente rodeados de materiales artificiales, como los plásticos. Al menos en teoría, estamos en condiciones de alterar las cualidades de la materia y convertir el plomo en oro, como pretendían los alquimistas, y también de liberar cantidades inimaginables de energía barata y limpia.
La biotecnología, especialmente la genética, llegó al corazón de la vida y, si bien todavía no ha logrado insuflarla, puede modificarla en la mayoría de sus aspectos. Lo que empezó con las plantas siguió con los animales, y ahora ya se está experimentando en los humanos. Hoy es posible alterar el gen humano para producir poblaciones según parámetros decididos de antemano: rubios de ojos celestes o morenos de ojos verdes, indómitos y valientes o sumisos y apocados, con expectativas de vida y capacidades reproductivas asignadas a voluntad.
La informática ha trastornado eso que consideramos como definitorio de lo humano, que es la vida del espíritu y su manifestación en la cultura. La globalización e instantaneidad de las comunicaciones, y la accesibilidad de los dispositivos para entablarlas, modifican las relaciones entre las personas, desde lo transaccional económico o financiero hasta lo íntimo y afectivo. La robótica tiende a reemplazar el trabajo físico humano y la inteligencia artificial hace lo mismo con el trabajo intelectual. La digitalización de la vida cotidiana, desde el dinero hasta el consumo o el transporte, permite controlarla en sus menores detalles.
Esto es inédito, y está destinado a producir reacomodamientos civilizatorios, siguiendo la terminología de Ribeiro, también inéditos. Esto quiere decir que nuevas formas de distribuir el poder y la riqueza están despachando al desván de la historia no sólo la democracia republicana y la economía de mercado en cuyo marco nos formamos y crecimos, sino también otros valores e instituciones asociados como el trabajo, la familia, la propiedad, la nacionalidad, la libertad de expresión, la lengua, la cultura y el esparcimiento, la alimentación y la intimidad. La naturaleza humana misma.
A diferencia de las revoluciones tecnológicas históricas que enumera Ribeiro, la que se despliega ante nuestros ojos se distingue por su amplitud, su velocidad y su profundidad. Si aquéllas fueron prometeicas, esto es ayudaron como el héroe griego a mejorar las condiciones de vida de la humanidad, ésta se presenta nítidamente como demoníaca por la desmesura y la arrogancia de su pretensión; recuerda a la Serpiente cuando persuadió a los moradores del Edén para que comieran del árbol del conocimiento: “Y seréis como dioses…”
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Efectivamente, una revolución tecnológica que permite al hombre manipular a su antojo la materia, la vida y la conciencia, y hacerlo todo desde un puesto de comando centralizado, sólo puede ser descripta como demoníaca simplemente porque es incontrolable, y carece al menos hasta ahora de cualquier tipo de balance o contrapeso ético, moral o institucional, e incluso tecnológico, que guarde proporción con semejante poder. Cuando no son cómplices corruptos, los liderazgos políticos, corporativos, culturales, parecen hoy perplejos, impotentes, muy por detrás de un fenómeno que no aciertan a comprender ni mucho menos conducir.
En este panorama inquietante la encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV emerge como un faro iluminador y un ancla de reflexión. Y ubica la cuestión en el centro del debate internacional con todo el peso de la Iglesia. Con audacia y claridad de ideas el Pontífice repasa los riesgos que esta revolución tecnológica entraña para la condición humana, pondera su amenaza contra la fe, y la compara en su ambición con la torre bíblica de Babel porque, como ella, “surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios.”
Ribeiro dice que las revoluciones tecnológicas redefinen las relaciones sociales, modifican la organización de los grupos humanos, distribuyen el poder de otro modo. La revolución informática posibilitó la globalización del capital financiero, le permitió atravesar las fronteras, políticas, culturales e idiomáticas, y le despejó definitivamente el camino hacia el sueño que venía acariciando desde principios del siglo pasado, cuando los Rockefeller y los Rothschild financiaron la Revolución Rusa: una sociedad sumisa conducida por una élite tecnocrática.
Ese experimento falló, pero se abrieron otras avenidas. Menos del 2% de la población concentra ahora casi la mitad de la riqueza mundial, según estima la Unión de Bancos Suizos. Esa diferencia de potencial, reforzada por las herramientas que aportan la física, la química y la biotecnología, y gobernada por algoritmos informáticos que espían, procesan y ponderan los movimientos, las decisiones y las creencias de la sociedad para orientarlas luego a voluntad, le permite a esa élite dar rienda suelta a sus fantasías más extravagantes de ingeniería social.
Algunos economistas han recurrido al término tecnofeudalismo para describir un estadio nuevo del capitalismo, basado menos en la ganancia obtenida de la transacción exitosa de un producto o un servicio en el mercado, que en la extracción más o menos compulsiva de una renta por parte de feudos tecnológicos, que reducen a los actores económicos a la condición de siervos, ahora obligados a pagar alquileres, abonos y suscripciones por cosas que antes se adquirían de una vez. A Hayek le sorprendería este inesperado camino de servidumbre.
Muchos creerán reconocer entre esos señores feudales a los magnates que poseen las grandes plataformas de servicios digitales, desde Microsoft a X pasando por Google y Amazon. Nadie duda de que esos multibillonarios poseen fortunas que les permiten satisfacer sus más rebuscados caprichos, como enviar una misión exploradora a Marte, adquirir un gran diario, regular la población mundial mediante las vacunas o relevar la topografía urbana del planeta. Pero no pasan de ser cortesanos más o menos poderosos de una corona superior.
En verdad, el rey y señor del nuevo régimen feudal es el capital financiero, que poco a poco, y gracias a la tecnología que los barones digitales le ponen a disposición, se adueña del planeta, de sus recursos naturales y humanos, de sus tierras de labranza y de sus plantas manufactureras, y convierte a los ciudadanos libres en siervos. Nuestro vecino Peter Thiel, el mago de PayPal y Palantir, ha creado menos empresas tecnológicas que sociedades financieras, incluidas las usureras que prestan a los necesitados de escasos recursos. Pero las primeras —apuntadas al control, la represión y la guerra— aseguran que las segundas recauden la renta.
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El escenario que se dibuja ante nuestros ojos va dando carnadura a los más estremecedores vaticinios de la imaginación especulativa, desde novelas como 1984 y Un mundo feliz hasta películas como Blade Runner o Hijos del hombre, y permite entrever en el horizonte la ominosa carga de los jinetes apocalípticos. “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”, dice el Papa en su encíclica. Pero debemos preguntarnos si realmente nos encontramos frente a una opción semejante, si nos es dada la libertad de elegir, si estamos a tiempo de elegir.
Si algo enseña el estudio de Darcy Ribeiro es que de las revoluciones tecnológicas no se vuelve. Todas ellas han aportado beneficios para la humanidad, y también creado nuevos retos, complicaciones e injusticias a los que procuró encontrar remedio la revolución siguiente. Pero aquí afrontamos algo distinto: la capacidad de alterar la naturaleza intrínseca de la materia, la vida y la conciencia parece poner a estos nuevos señores feudales a resguardo de cualquier clase de objeción o desafío, les da el poder de neutralizarlo antes de que nazca.
Si un error en la matriz o una falla en la vigilancia permitiera la aparición de un hombre libre, éste no podría incitar a la rebelión como los grandes revolucionarios de la historia porque su mensaje no encontraría eco. Las visiones transhumanistas y poshumanistas, sobre las que el papa León enciende especialmente las alarmas, persiguen la fusión del hombre con la máquina en un intento de perfeccionar la creación divina según criterios de rendimiento y eficacia que excluyen lo propiamente humano, especialmente la indocilidad, la capacidad de sublevarse.
“Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible”, se alarma Yahvé al conocer la intención de los hombres de erigir la torre de Babel y elevarla hasta el cielo. La arrogante idea de esa torre es hija de la ambición instilada en el Edén. Adán y Eva, como suele suceder, no prestaron atención a la letra chica del contrato ofrecido: la Serpiente no les dijo “seréis dioses” sino “seréis como dioses”. ¿Y qué es lo que es como Dios pero no es Dios? Precisamente, el Demonio.
Pero Dios no se demoró en la reflexión, ni confió en que las cosas se arreglarían solas. Reconoció la magnitud de la amenaza e intervino directamente en los asuntos humanos para poner un límite a esa ambición luciferina: le bastó con confundir las lenguas, lo que condujo a la dispersión de las gentes y la organización de las naciones. Trasladada al presente, la acción equivaldría a desgarrar las redes que hacen posible la globalización, interrumpir los flujos de energía que mantienen andando los cerebros artificiales. Al fin y al cabo, el sistema que parece omnipotente y omnipresente pende literalmente de un hilo: el hilo de la electricidad.
Solución ludita o divina, según se mire, no habría redundancia capaz de soportar semejante ataque… mientras ese ataque sea posible, esto es mientras la malla informática no lo haya envuelto todo. Es claro que con los grilletes digitales se irían también los ahorros digitales y los títulos de propiedad digitales y las historias clínicas digitales, una especie de gran reseteo virtuoso, condición de posibilidad para el segundo término de la opción planteada por el Papa, evocando a Nehemías: la reconstrucción paciente de Jerusalén, la ciudad del hombre consagrada a Dios, piedra por piedra, ladrillo por ladrillo.
–Santiago González