Todos nos perdimos el mundial de Qatar

Por Ricardo M. Romano *

Una efeméride carece de valor intrínseco, pues su relevancia se ciñe al grado de consustancialidad que, conscientemente, se alcance con el hecho histórico en cuestión.

Como toda alusión nacional en verdad sustantiva, las pasadas conmemoraciones del 25 de mayo, 17 de junio, 20 de junio y 9 de Julio, han transitado incapaces siquiera de rayar la percepción social general. Saldo reflexivo sin sorpresa, pues sufre el yugo de un vertiginoso modernismo donde el pensamiento mínimamente profundo es un delito cultural.

Se acopla al contexto y lo acentúa, el sunami mundialista, que logra colarse en cada recodo de la mente popular. Roza lo placenteramente psicopático lo que nos sucede con la selección nacional de fútbol, específicamente en relación al mundial. No porque la pasión futbolística o un espectáculo deportivo no debieran ser electrizantes y apasionadores, sino por el grado de desproporción comparativa con dimensiones nacionales que no despiertan la más mínima movilización interior o exterior, siendo infinitamente más determinantes de la realidad concreta, diaria y estratégica de cada persona, familia y la Nación misma.

En lógica al desborde infartante con que vivimos el momento, podemos, entonces, si las efemérides tradicionales no despiertan consciencia alguna, rememorar el mundial de Qatar 2022 para disfrutar luego el presente, pero extrayendo lo que aún no se aprendió de aquella gloria y conquista colectiva.

Cabe, por tanto, como en todo suceso significativo, parar la pelota emotivo-sentimental para identificar su epicentro. Porque ver no es suficiente para observar, como intuir no es suficiente para discernir y comprender.

Al subordinar como corresponde, el sentimiento patriótico a la consciencia patria, se advierte un llamativo viraje medular: lo más mundial de Qatar sucedió en Argentina.

Esta tierra, más no nosotros, fue testigo de la irrupción circunstancial de un “pesebre nacional” viviente, donde se dio a luz una imagen arquetípicamente religiosa, que debe poca envidia a realidad o simbolismo bíblico algunos.

De entre aquel enorme tumulto triunfal con escasos precedentes, acontece una extraordinaria manifestación espiritual. Quizá aun no cabalmente comprendida por los protagonistas, pero si por sus naturalezas.

A un exhausto por el cartoneo diario y una supervivencia que nada sabe de feriados ni vacaciones; cuyo saturado carro tracciona su cuerpo, mientras es vidriera de una dignidad que brilla por su insuperable erguida presencia, lo intercepta un joven que al menos por ese instante y a grado suficiente, comprende la encrucijada de alegría festiva y exclusión habitual, de ese héroe clandestino, que jamás gozará de los insólitamente injustos parámetros de la fama contemporánea.

En ese momento, donde el logro futbolístico per se deviene en mero accidente idiosincrático, aquel despabilado espíritu juvenil le entrega la albiceleste camiseta que vestía. Consciente o inconscientemente, su ser lo entendió todo: bandera nacional mediante, no existe la camiseta “propia”. No tuvo que desprenderse de nada. Contrariamente, se extendió en la dimensión donde nos fusionamos todos. No realizó ningún regalo; suturó, con abrazó simbólico y físico, un corte en la espiritualidad comunitaria. El ser nacional detuvo el espacio-tiempo de la algarabía para re-ligar, tras el emblemático trozo de tela, un espíritu a otro y, ambos, al nosotros.

Ese agotado argentino se cobijó de argentinidad, y cerrando esta apoteósica simbología, sus rodillas asentaron en asfalto patrio, enseñando a todo un país y mundo, con mirada en alto, el orden providencial donde se deposita en primera y última instancia toda gratitud.

Lo primero que devela este suceso religioso y, por tanto, verdaderamente popular, es el origen de lo trascendental y perenne. Incapaz de ser en sí mismo, producido por fuerza deportiva alguna. El fútbol tiene obvios puntos de correlación por sus características colectivas intrínsecas y su evolución en la historia de la Argentina. Pero ni el fútbol u otro deporte pueden agotar las finalidades metafísicas de la trascendencia humana.

La clave mental emocional suele, incluso, pararse en la gloria futbolística como faro para alumbrar lo irrealizado en lo político. Pero el yerro no puede ser más amplio.

El fútbol pone a prueba virtudes universales, pero lo hace en un contexto altamente delimitado. Mientras que el poder político empuja a la persona hasta los confines ontológicos, donde los misterios profundos de la personalidad se revelan ante el todo humano.

La cultura política y su conducción consecuente, organizan la antropología para que áreas humanas relevantes como el deporte, entreguen efectivamente su enorme riqueza a la especie. Por ello, la ecuación tiene esencia inversa. Sin Política, el fútbol es circo. Y circo sin pan.

El secuestro de la Política, desde hace (mínimamente) más de un cuarto de siglo atrás, instituyó el reinado social de la anti-política y su dictadura de intrascendencia existencial en todo orden de relación.

Pareciera, ante este statu quo, que, a aquellos organizados criollos de mayo de 1810, exigentes de “saber de qué se trata” y actuar en consecuencia, los sustituimos mutando en transeúntes de carga impresionantemente ajenos al hecho de que la patria se refunda (o destruye) a cada instante.

En el 2026, luego de más de dos siglos, la sociedad —muy lejos de la ferviente inquietud política en tiempos de la incipiente institucionalización nacional argentina—, “quiere” saber de qué se trata el último chiche tecnológico, la mejor ganga turística, la diaria de la farándula y la felicidad prefabricada por un paradigma civilizatorio que no necesita un enchufe nucal en la amígdala -cerebral- para administrar el pensamiento de sociedades enteras. Basta con anestesiar primero e introyectar en la psique luego, la absoluta desnaturalización de la libertad: nacemos libres en esencia y esclavos en cultura.

Ahora bien, como no lo es para la persona, para la sociedad tocar fondo no es el peor de los escenarios existenciales, sino no percatarse del hecho. Descendiendo al nivel donde el pueblo se deshace en masa al perder el objeto superior de ser una Nación; así toca fondo una sociedad.

Ordenada la jerarquía de relevancia de acontecimientos, irrumpen ahora (y en aquel momento) interrogantes insorteables.

¿Cómo es posible que la energía participativa de 5 millones de personas físicamente unidas desaparezca sin mensaje alguno o enseñanza social, cultural o extra-deportiva hacia adelante? ¿a qué se debe entonces, la magnitud del fugaz compromiso interior de cada uno de nosotros, con este suceso deportivo mundial?

Así como mirando atentamente hacia Qatar 2022 se vislumbra la “pequeñez” deportiva ante sucesos trascendentes como el anteriormente relatado, salta también a la consciencia que la extrañísima sensación interna, cuasi de letalidad emocional (¡o física!), corresponde a una camuflada abstinencia de lucha patriótica: es el ser nacional batallando por sobrevivir y escapar a la inanición cultural que lo somete, la cárcel metafísica de la ingeniería social.

Al mundial futbolístico se lo ha transformado en el artificio temporal donde el sentimiento nacional, manifestación más precaria y tenue del ser nacional, es el único grado de patriotismo que la válvula de escape del sistema civilizatorio contemporáneo permite salir, impidiendo el posible emerger incontrolado de la conciencia nacional estructuralmente constituida.

Los 7.000 m2 de pasto deportivo, constituyen el exclusivo teatro de operaciones en el que la alienación global autoriza defender intereses de Nación. Es decir, en ninguno. No para evitar la tragedia de toda guerra, sino en sustituto de la paz genuina (equilibrio de tensiones) por anestesia psíquico-cognitiva. De allí que subsistimos sometidos en la permanente desinteligencia de falsas antinomias tan insólitas como mental e intelectualmente confortables: hombres contra mujeres, ancianos contra jóvenes, Estado contra mercado, política contra pueblo, individualismo contra colectivismo, derecha contra izquierda, etc.

Una Argentina perceptivamente inerme sufre cautiva del nocivo maniqueísmo anti-político que discute, en dinámica de sócalo televisivo, el uno y otro lado de un telón ya abierto, en esquive de la realidad sobre el escenario, cristalinamente ofrecida al ojo que asuma cargarla a hombros.

El abismo entre la realidad y nuestra inconsciencia espiritual, moral y cognitiva es ciertamente la única grieta existente.

Comprendamos en definitiva instancia, lo rastrero de perder o ganar una competencia mundial de este orden, ante la ganancia o pérdida de la consciencia y abnegación nacionales fácticas.

Subsanar la relación individuo-colectiva con la Verdad, eleva el sentimiento nacional a consciencia y deber patrios. Jerarquizando la Política como timón de una Nación norteada hacia lo acabadamente humano y universal: lo Mundial detrás del mundial.

* Ricardo M. Romano es analista y columnista político.

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1 opinión en “Todos nos perdimos el mundial de Qatar”

  1. Los conceptos debieran ser más claros si se eligiera otra sintaxis.
    Revisar ortografía porque choca “consciencia” por ejemplo.
    La sintaxis es realmente vieja. Repito que los conceptos lograrían una mayor claridad con otra sintaxis.
    abel posadas

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