Carlos “Indio” Solari (1947-2026)

Este viernes triste y desapacible entendí, me parece, lo del Indio Solari y los ricoteros. En realidad nunca le había prestado demasiada atención ni el fenómeno había entrado en la pantalla de mi radar, y eso que en general soy atento a las cosas, incluso las que no me gustan. Sabía que Solari atraía multitudes donde se presentaba, que sus presentaciones no eran muchas, y que sus seguidores lo tomaban como prenda de identificación. Para mí Solari era un cantante de rock, las ricoteras eran chicas que usaban flequillo y aritos en la nariz, y los ricoteros unos tipos de voz ronca y hablar confuso. Este viernes, al escuchar a unas y otros, repartidos en varias generaciones, expresar sus sentimientos creí haber entendido el fenómeno: el Indio Solari y sus Redonditos de Ricota fueron el santo y seña en el que durante medio siglo se reconocieron tal vez sin saberlo las víctimas de la dictadura y las víctimas de la democracia, incluidas las víctimas del kirchnerismo con el que muchos ricoteros se identificaban. El Indio fue el punto de encuentro de los excluidos, los marginados, de aquellos que vieron sus vidas desorganizadas, extraviadas, castigadas por las decisiones de gobiernos invariablemente canallas o irresponsables. A partir de lo que cuentan sus seguidores es posible deducir que Solari y los ricoteros no representan un fenómeno musical ni un fenómeno político, o por lo menos no estrictamente eso. Su experiencia, el relato de su experiencia, tiene todo que ver con lo religioso: antes que seguidores o aficionados, el Indio tenía, tiene, fieles; sus presentaciones no eran conciertos ni festivales sino misas; sus letras podían ser tan herméticas como el latín eclesiástico, o tan abiertas a la interpretación como los sermones o las oraciones. Al congregarse para escucharlo, su público se sentía unido en un abrazo, cobijado, en comunión con sus pares: así lo describieron este viernes. Y al regresar a sus casas, a sus vidas, se llevaban el calor de ese abrazo. “Los Redondos fueron la banda de sonido de mi vida”, decía una mujer. “Mi papá me enseñó a escuchar al Indio”, contaba un muchacho. Por alguna razón, probablemente por haberse mantenido al margen del negocio del disco a lo largo de toda su carrera, por no haber sido parte del show business ni aparecido en los habituales programas de entrevistas, por haberse consagrado estrictamente a la producción de su música y a la relación con su público, su público le creyó, le dio su confianza. Y lo incorporó —según ellos mismos dijeron, y recogieron en las plazas del país las crónicas periodísticas—, a esa selecta galería indiscutible en la que habitan Maradona, Perón y la bandera argentina. Algo aprendí este viernes, creo. –S.G.

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