El vecino Peter y su amigo

Los dueños de Palantir buscan atraer a los jóvenes a una empresa informática orientada a las finanzas, la guerra y la represión

Desde el mes pasado tenemos en Buenos Aires un nuevo vecino, un alemán llamado Peter Thiel que hizo su vida en los Estados Unidos, tiene pasaporte neocelandés y manifiesta una adhesión inquebrantable con el estado de Israel. Thiel es al mismo tiempo un inversor de riesgo, un empresario en los rubros de las finanzas, la informática y la defensa, y una especie de teórico político que trata de envolver todas esas actividades en un marco conceptual único. Algunos estadounidenses creen que Thiel es actualmente la personalidad intelectual más importante de su país. Allí dio todo su respaldo a la figura de Donald Trump; ahora llegó a la Argentina, donde piensa radicarse durante algún tiempo, atraído según dijo por la proclamada filiación libertaria del presidente Javier Milei y decidido a explorar aquí oportunidades de negocios.

Su aterrizaje en Buenos Aires estuvo rodeado de cierta agitación entre quienes siguen las noticias porque se vio precedido por la difusión en nombre de Palantir —en este momento la empresa insignia de Thiel, dedicada a la producción de software de aplicación policial y militar— de un manifiesto político de 22 puntos, que dibuja un mundo dividido entre “ellos” y “nosotros” y exhorta a Silicon Valley, es decir la industria informática, a dejar de lado los jueguitos, las aplicaciones de servicios y el email, hacerse cargo de sus obligaciones civiles y dedicarse como Palantir a generar código de utilidad para la represión y la guerra. El manifiesto es la versión condensada del libro La república tecnológica, escrito por Alexander Karp, antiguo amigo, compañero de estudios y socio de Thiel primero en PayPal y ahora en Palantir.

El libro parece al mismo tiempo un ensayo de filosofía política, un manual de administración corporativa, y un folleto promocional de Palantir. Detengámonos en su primera faceta, que es lo que nos interesa aquí, y que realmente sorprende. Uno no espera que un declarado admirador de Milei lamente que “el estado-nación, el medio más eficaz de organización colectiva en pos de un propósito compartido jamás conocido por el mundo, haya sido hecho a un lado como un obstáculo para el progreso”, o se burle de una izquierda cuyo desdén por la cultura o la identidad nacionales, dice, termina siendo llenado por el mercado con una “ascendente cultura consumista donde la identidad y la pertenencia se definen por lo que uno puede comprar, es decir, por la casta y la riqueza.” Son cosas que llaman la atención.

En verdad, llaman la atención hasta que uno se da cuenta de que el texto de Karp es en realidad una extensa charla motivacional, y que esa intención persuasiva es lo que lo hace menos chocante que su versión condensada, el bando beligerante de 22 puntos que preparó su socio y nuestro vecino Thiel. A Karp, que estudió filosofía en la universidad, se lo conoce por su drástico rechazo de la cultura woke: aborrece el relativismo, la noción de que todas las creencias, doctrinas o culturas son dignas de consideración, y le irrita especialmente la cómoda inclinación a ampararse en esos argumentos para no tomar partido y decir esto es bueno y esto es malo. Karp es famoso por tomar partido, y decirlo. Pero antes que filósofo, político o ideólogo, Karp es un inversionista. Como Thiel.

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Karp afirma, probablemente con razón, que éste es el siglo del software, así como el siglo XX fue el siglo del átomo. De la lectura de su libro se infiere que la revolución informática comenzó en Silicon Valley, pero esa impresión es errónea. Silicon Valley comenzó a crecer en los 50 como centro productor de hardware, no de software: allí se encontraba el silicio necesario para alimentar la naciente industria de los semiconductores, allí nacieron firmas emblemáticas del hardware, como Xerox, Hewlett-Packard o Apple. En la zona se instalaron también proveedores de la industria militar, como Lockheed, y, un poco más lejos, en Santa Mónica, el centro de investigación y desarrollo estratégicos conocido como Rand Corporation.

La revolución informática propiamente dicha, la del software, tuvo un desarrollo más extendido y difuso: nació en el ámbito militar, tejió vínculos crecientes con el mundo corporativo y con la academia –colegios y universidades–, y estalló en los 60 y 70 en decenas de miles de garages, áticos y sótanos, principalmente estadounidenses, y en menor medida europeos y asiáticos, cuyos desvelados ocupantes intercambiaban descubrimientos a través de clubes y cofradías, los ubicuos BBS, y una miríada de revistas más o menos especializadas. Byte fue una de las que con mayor altura narró el fenómeno hasta su cese hacia fines de los 90, coincidente con la irrupción del Silicon Valley que describe Karp, dominado por las meteóricas start-ups y los fondos de inversión, y cuyo emblema es Google.

Los líderes de esta etapa supieron captar toda la energía espontáneamente acumulada durante las décadas anteriores y canalizarla de modo que pudiese atraer a los inversionistas de riesgo y generar fortunas de la noche a la mañana. Lo lograron evitando las pesadas estructuras corporativas tradicionales, ofreciendo un ambiente de trabajo distendido y más bien horizontal, y sobre todo proponiendo una especie de mística colectiva, convenientemente abonada con remuneraciones inconcebibles para un recién graduado. Las charlas motivacionales eran la herramienta administrativa fundamental y, como recuerda Karp, en el valle del silicio todos estaban convencidos de que iban a cambiar el mundo.

Silicon Valley nos venía a salvar de la voracidad perversa de Microsoft y del anquilosamiento de IBM, pero también de la multitud de regulaciones gubernamentales, escleróticamente analógicas, que cortaban las alas a la revolución digital. La mentalidad prevaleciente en el valle, argumenta Karp, se inscribía de manera exacerbada en un proceso de secularización creciente de la vida estadounidense, extendido hacia una falta de compromiso con la historia y el destino nacional, y un relativismo cultural incapaz de trascender los límites de la corrección política. No es difícil advertir que las raíces de esa manera de ver el mundo, de esa vocación por el pacifismo y la tolerancia, se remontan a las revueltas juveniles de los 70, contra la guerra en Vietnam y a favor del LSD y el flower power.

Karp, y nuestro vecino Thiel, que son antes que nada inversionistas, perciben inteligentemente que la marea está cambiando, y que una sociedad hambrienta de sentido parece inclinarse a buscarlo, a ambos lados del Atlántico, en la identidad nacional y en la religión. Y creen llegada la oportunidad de capitalizar, literalmente, ese vuelco espiritual. Aspiran a insuflar en la industria del software una nueva mística, aunque inspirada en los años de la Guerra Fría, el mundo bipolar y la amenaza nuclear. “Una era de disuación, la era atómica, está llegando a su fin, y una nueva era de disuación edificada sobre la inteligencia artificial, está por comenzar”, escribe Karp, quien no disimula los peligros que su visión implica.

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A fines de los 80 yo trabajaba como editor en Reuters cuando esa organización internacional lanzó un sistema informático que permitía a la vez recibir noticias y, desde la misma pantalla, operar inmediatamente en cualquier mercado al impulso de esas noticias. Hace poco vi un video promocional de Palantir, la empresa de Karp y Thiel, en el que un operador mostraba cómo su sistema permitía ubicar el paradero de un individuo, seguir sus desplazamientos y, en el momento adecuado, apretar el gatillo y eliminarlo. Todo con la misma limpieza e impersonalidad con que el usuario del sistema de Reuters movía millones de un lado a otro, decidiendo sobre la riqueza de unos y la pobreza de otros. Probablemente a esta altura la IA ya volvió prescindible la intervención humana en ambos escenarios.

“La integración potencial de sistemas armamentísticos con un software de IA cada vez más autónomo necesariamente implica riesgos, magnificados además por la posibilidad de que tales programas puedan desarrollar alguna forma de conciencia e intencionalidad”, admite Karp. Pero señala que todo el aparato militar actualmente en uso está concebido para guerras que tal vez nunca vuelvan a librarse, y que es necesario pensar las cosas de otro modo y afrontar esos riesgos. No le falta razón: Irán logró defender su soberanía en el Golfo Pérsico enfrentando con inteligencia —artificial (propia y prestada) y natural— la fuerza bruta convencional de Israel y los Estados Unidos.

El vecino Thiel y su amigo Karp pretenden que Palantir y otras empresas dedicadas al software bélico reemplacen a los fabricantes de hardware que durante los años de la Guerra Fría se asociaron con el Estado en el famoso complejo militar–industrial, sobre cuya influencia en la política estadounidense advirtió en términos no muy amables el general Dwight Eisenhower al dejar la presidencia a comienzos de los 60. La pretensión de ambos inversionistas de conseguir un arreglo prebendario similar queda casi freudianamente al descubierto en el libro de Karp porque allí se recuerda la advertencia del general, sin que venga demasiado al caso.

De todos modos, La república tecnológica no es un texto destinado a convencer a los políticos ni a los ciudadanos, sino a operar sobre el talento que fluye hacia Silicon Valley en busca de oportunidad para desarrollarse. Recordemos que la mística es parte constitutiva de la mentalidad prevaleciente en esa zona californiana, y alcanza a veces ribetes oscuros y sectarios, como en el grupo conocido como los Racionalistas, con el que los principales inversionistas del valle —incluidos Thiele, Karp y Elon Musk— estuvieron vinculados. Karp pretende orientar esa mística de modo que los jóvenes, aún sabiendo los riesgos éticos y morales implícitos, apliquen convencidos sus capacidades al desarrollo de un software extremadamente peligroso en su naturaleza y orientado hacia el control social, la represión y la guerra.

“Los empleados de Google que se resistieron a poner la maquinaria de su empresa al servicio del diseño de software para las fuerzas armadas estadounidenses sabían lo que no querían, pero no lo que querían”, escribe Karp con fastidio. Para vencer esa resistencia, y provocar un paso al frente afirmativo, evoca las palabras del “padre de la bomba atómica” J. Robert Oppenheimer, quien dijo que los físicos que participaron en el desarrollo de ese artefacto nuclear “han conocido el pecado”, y que “se trata de un conocimiento que no pueden perder”. No deberíamos subestimar la capacidad persuasiva de argumentos como éste sobre una generación de jóvenes talentosos en busca de sentido para sus vidas.

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La palabra “república” está asociada en la mentalidad occidental con la democracia y la división de poderes, pero Karp no dedica un renglón a la cuestión política, más allá de referir a un mundo enconadamente dividido entre “nosotros” y “nuestros adversarios”, nunca bien precisados ni unos ni otros. No se trata de un olvido, ni de un asunto marginal al tema de su libro. Se trata de un escamoteo deliberado. La república tecnológica parece un título pensado para refutar la descripción de tecnofeudalismo, que han empleado algunos autores para describir un fenómeno que va mucho más allá de la tecnología y la guerra hasta abarcar una revolución de la economía y la política, y que de republicano no tiene nada.

En las sociedades occidentales, la resolución de los conflictos de intereses por vía del sistema republicano ha dejado de existir, la prensa profesional ha dejado de existir, y el capitalismo de libre competencia ha dejado de existir. Pretender que vivimos en una república liberal y que desarrollamos nuestras actividades en una economía de mercado es una fantasía. Sistemas informáticos como los desarrollados por Reuters y por Palantir han abierto el camino a nuevas realidades que implican una economía organizada por el capital financiero y una sociedad controlada por el Estado según los designios del capital financiero. No sorprende que ambas compañías se asociaran oportunamente para ofrecer una herramienta de análisis cuantitativo.

Tomemos dos datos. Por un lado, tres grandes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard, State Street— son accionistas principaless en el 90% de las empresas que cotizan en Wall Street; por el otro, la economía occidental se está desplazando aceleradamente desde un modelo basado en la ganancia a otro basado en la renta: décadas atrás pagábamos por una consulta médica, una entrada al cine, una aplicación para la PC; hoy estamos abonados a servicios de salud, a un servidor de películas, a un software de oficina. Y la frutilla simbólica de la torta: el dueño de Amazon, ícono de los nuevos tiempos, compró el Washington Post, ícono de los viejos tiempos desde el caso Watergate.

El mundo cambió gracias a los instrumentos informáticos, y son ahora instrumentos informáticos como los que ofrece nuestro vecino Thiel, los que concurren a reordenar sus sociedades en direcciones que poco tienen que ver con la libertad. Palantir produce software que acopia información sobre personas, cosas tangibles e intangibles, y sus acciones y movimientos, es decir todo lo que haya podido quedar registrado en una base de datos (desde un viaje hasta una opinión o una compra) y la procesa con ayuda de la inteligencia artifical a los fines que se le soliciten, principalmente financieros, represivos o militares.

Se han utilizado sus aplicaciones para perseguir a inmigrantes ilegales en los Estados Unidos, para conducir operaciones bélicas, de limpieza étnica y desplazamientos poblacionales en Gaza y el sur del Líbano, y para eliminar a figuras prominentes de la jerarquía religiosa, política, militar y científica de Irán. Karp, el socio de Thiel en Palantir, se jactó recientemente ante los accionistas de la compañía: “Estamos en el negocio de hacer cosas que intimiden a nuestros enemigos y, en ocasiones, los maten.” Una docena de científicos que trabajaban en reservados proyectos nucleares, espaciales y bélicos han desaparecido en los últimos meses en los Estados Unidos en circunstancias poco claras que investiga el FBI. ¿Habrá tenido algo que ver la IA?

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Thiel ha comprado casa en la ciudad y se propone, según dijo, explorar oportunidades de negocios en la Argentina. En la década pasada hizo lo mismo en Nueva Zelanda, donde prometió mucho y dejó poco y nada. Varios analistas han relacionado la apresurada sanción de las leyes de tierras y de glaciares con la presunta intención de nuestro nuevo vecino de instalar en algún lugar de la Patagonia uno de esos data centers sobre los que opera la IA, resistidos en todo el mundo porque consumen cantidades siderales de agua y energía, y producen un zumbido que hace imposible la vida humana, y probablemente también la animal, en sus inmediaciones.

Para la Argentina eso no significaría otra cosa que daño ambiental: no generaría empleo significativo ni aportaría al país tecnología valiosa de ninguna especie, ni lo colocaría a la vanguardia de nada, y por su misma naturaleza, haría de esas instalaciones objetivos bélicos legítimos en la eventualidad de un enfrentamiento entre “ellos” y “nosotros”. Correrían la misma suerte que esas bases militares que los Estados Unidos instalaron en los principados del Golfo Pérsico, inutilizadas una tras otra por Irán, y que no significaron más que desgracia y ruinas para quienes las autorizaron.

–Santiago González

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