Domingo Cavallo fue absuelto en la causa que se le seguía por su papel en el programa de reestructuración de deuda conocido como Megacanje. El fallo alegró a la minoría de quienes lo aprecian y respetan, y obviamente al propio Cavallo, y encendió las iras de muchos anticavallistas, incluso de varios que suelen acusar a la justicia de fallar siempre según las pautas ideológicas gubernamentales. Demás está decirlo, el kirchnerismo se ubica en las antípodas de las ideas de Cavallo, y la propia presidente lo ha fustigado en sus discursos. No me interesa particularmente defender aquí a Cavallo, y en todo caso no estaría en condiciones técnicas de hacerlo. Por otra parte, en sus libros y en su artículos, el ex ministro se ha defendido, creo, razonablemente bien. Me interesa en cambio explorar el anticavallismo, ese fenómeno que lo ha convertido en una de las figuras públicas más resistidas del país. El anticavallismo es punto de encuentro de opiniones procedentes de los sectores más dispares, cada uno de los cuales guarda antiguos resentimientos contra el ex ministro. Lo que no se le perdona a Cavallo es haber demostrado la virtud de una moneda estable, haber puesto en evidencia que una moneda estable exige disciplina fiscal al sector público, y disciplina administrativa al sector privado, haberle permitido experimentar a la gente común que sólo una moneda estable protege el valor de su salario y de sus ahorros.
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