El sopor de las tardes veraniegas no tolera sino trabajos rutinarios, de esos que no fatigan la sesera aturdida, tales como adelantar la tarea inacabable de ordenar los libros y los discos. Así fue como me encontré con el jesuita alemán Bernardo de Havestadt, autor de una serie de canciones misionales cuyos títulos extraños (“Kad Vürenyeve”, “Ventenlu”, “Quiñe Dios”) nada tenían de germanos. Bernardo se había ordenado sacerdote en 1743, y en... Continúa →