Vacío de sillas y mesas, de vitrinas y mostradores, silencioso, iluminado sólo por las luces necesarias, el amplio interior de la Confitería del Molino parecía ayer por la tarde un espacio irreal, a la vez grandioso y desolado como el escenario de un teatro de ópera cuando los actores se han ido y la orquesta dejó hace largo rato de sonar. Como el de otras antiguas confiterías, el salón de Callao y Rivadavia tenía algo de escenario: allí los personajes de la comedia humana porteña... Continúa →