“Créase o no, este hombre que pasó su infancia en las iglesias, que se despachó sin miedo contra el poder -de todo tipo- recibió del establishment el mayor de los reconocimientos, hasta tal punto que ‘tener’ un Ferrari se convirtió en objeto de deseo”, escribe asombrada Alicia de Arteaga en La Nación al describir la trayectoria del fallecido Luis Ferrari. No debería asombrarse. Sus “provocaciones” eran totalmente inofensivas, casi divertidas, como un... Continúa →