La peste, paradójicamente, tiene sus virtudes: impone la pausa, quiebra la rutina, desordena los hábitos, desbarata la placidez de los lugares comunes, las certidumbres, los relatos. Los hechos y las palabras comienzan a recuperar sus significados, opacados por el uso reiterado, irreflexivo. La peste nos obliga a detenernos y prestar atención a lo que estamos haciendo, a lo que estamos pensando, a lo que estamos diciendo, a nuestro rumbo y dirección. La peste cancela todas las coartadas y... Continúa →
Indefensos
Quizás la pausa forzada por la peste nos permita advertir que es la nación en su conjunto la que está en emergencia