6 opiniones en “La destrucción de la escuela pública”
Fuerte y necesario artículo. Faltó mencionar a Duhalde con su desastroso polimodal y aprobar a todos.
Cierto. Queda incluido en el cuadro de deshonor.
Este artículo me trajo a la memoria , una vez más, un día especial en mi primer año de secundaria que vuelve a mi memoria una y otra vez. Era el año 1984 y mi camada sería entonces la última en haber tenido que pasar un examen de admisión para ingresar al secundario. Se iniciaba la democracia y con ella la demagogia de venir a consultarnos a nosotros (¡nosotros! ¡mocosos de 13 años!) si estábamos o no de acuerdo con el ingreso irrestricto a la universidad. Ese día, de un aula de 45 alumnos, fuimos sólo 2 que nos pronunciamos en contra, mientras se me acusaba de egoísta al grito de “¡vos porque sos una traga de mierda que sabés que vas a entrar!”. Es difícil borrar ese día de mis recuerdos…
Creo ya haber hecho mención en este sitio de lo ridículo y sólo guiado por la demagogia populista de un ingreso irrestricto a la universidad…porque así como es tan obvio que se requieren ciertas habilidades para la música, el deporte, o las artes, también se las requiere para la actividad profesional. Salvo que esté equivocada…¡y mañana mismo me acepten en el equipo olímpico de gimnasia artística para Brasil 2016!
Así es; resuelto ese acuerdo, lo demás (marcos, metodologías, sistemas de promoción, sabiendo previamente qué es lo que se quiere promover) se va resolviendo como “involuntariamente”… Se encuentra; y, si no está dado, se crea, que para eso estamos, para crear.
La nuestra es una sociedad “interferida”. Nuestras potencialidades múltiples están trabadas por problemas viejos y envejecidos, por falsos dilemas que ya no son más que pantallas y distractores para la única actividad política verdaderamente exitosa: aplicar, como dice usted, “todas las energías intelectuales al complejo arte de desviar fondos públicos a bolsillos privados”.
Usted estará al tanto del cúmulo de estupideces (distractores) que los docentes de todos los niveles se han visto obligados a considerar en los últimos treinta años…
¿Tendremos que llegar al extremo del proceso actual para que, por inversión, suframos un cambio?
Un docente sabe que el marco administrativo y las metodologías generales (sistema de calificación y promoción, etc.) condicionan la enseñanza y el aprendizaje, y, en ese sentido, no es lo mismo un marco (y una metodología) que otro. Condicionan el proceso, pero no lo determinan. Lo que determina el proceso de enseñar (basado en la capacidad de aprender, que es la verdadera base de la enseñanza: si no tuviésemos capacidad espontánea para aprender, no habría enseñanza organizada de nada… ), lo que lo determina es que se produzca el “encuentro” entre el docente y el estudiante. Si se produce el encuentro hay transferencia (mutua), se adoptan actitudes comunes, recíprocas, y se comparten perspectivas, cada uno desde su rol. El docente cuenta con “autoridad”, pero con la autoridad que, en última instancia, importa: la que le concede el estudiante-alumno (y su familia por detrás) para actuar como guía, no solamente la que le otorga el sistema educativo. Con lo cual, las claves de un buen proceso se encuentran en ese factor dónde no pueden faltar, de lo contrario a la corta o a la larga, todo lo que se intenta construir acaba arruinándose: en el ambiente y en el clima; un clima de confianza mutua, de credibilidad, que no tiene nada que ver con complicidades. En un ambiente social como el actual – que no es nuevo, como se desprende de su nota, pero que ha intensificado sus características -, saturado de desconfianza, de anomia, de falta credibilidad, de vacío de autoridad (la que se concede, no la de los cargos, la del voto de mayorías y minorías, la que se demanda), cualquier “reforma” se anota en la misma pendiente general y, por más que esté bien intencionada, agrega uno más a la larga serie de abortos que jalonan la pendiente educativa, que forma parte de la pendiente general de un país que se cierra sobre sí mismo, porque cayó en manos de un grupo de superparásitos; como un organismo cuando es atacado por sus parásitos, que ponen en peligro sus funciones y su vida misma.
En el presente caso (que, analizado en lo particular, parece un poco ridículo…, un jueguito de escondidas, una operación de eufemización y neologización a las que somos tan afectos, particularmente en el ámbito de las Ciencias de la Educación), lo general es más importante que lo particular. Estamos, otra vez, perdiendo el tiempo con detalles. Su nota, que repasa treinta años de gestión, así lo demuestra.
Para hablar de educación en términos generales deberíamos decir que no hay educación eficaz si la sociedad no sabe qué es lo que quiere enseñar, qué saberes, qué creencias, qué valores. Y nuestra sociedad, lamentablemente, no se ha puesto de acuerdo todavía sobre qué saberes, creencias y valores privilegia, acaricia y defiende como para estar en condiciones y en interés de legárselos a sus descendientes. Una vez resuelto esto, lo demás son problemas menores. Pero para resolver esto, la sociedad necesita dirigentes políticos con capacidad para interpretar el momento y para orientar el debate hacia los temas sustanciales, para hacer que la sociedad piense sobre sí misma. Gracias, Enrique, una vez más por sus reflexiones.
Fuerte y necesario artículo. Faltó mencionar a Duhalde con su desastroso polimodal y aprobar a todos.
Cierto. Queda incluido en el cuadro de deshonor.
Este artículo me trajo a la memoria , una vez más, un día especial en mi primer año de secundaria que vuelve a mi memoria una y otra vez. Era el año 1984 y mi camada sería entonces la última en haber tenido que pasar un examen de admisión para ingresar al secundario. Se iniciaba la democracia y con ella la demagogia de venir a consultarnos a nosotros (¡nosotros! ¡mocosos de 13 años!) si estábamos o no de acuerdo con el ingreso irrestricto a la universidad. Ese día, de un aula de 45 alumnos, fuimos sólo 2 que nos pronunciamos en contra, mientras se me acusaba de egoísta al grito de “¡vos porque sos una traga de mierda que sabés que vas a entrar!”. Es difícil borrar ese día de mis recuerdos…
Creo ya haber hecho mención en este sitio de lo ridículo y sólo guiado por la demagogia populista de un ingreso irrestricto a la universidad…porque así como es tan obvio que se requieren ciertas habilidades para la música, el deporte, o las artes, también se las requiere para la actividad profesional. Salvo que esté equivocada…¡y mañana mismo me acepten en el equipo olímpico de gimnasia artística para Brasil 2016!
Así es; resuelto ese acuerdo, lo demás (marcos, metodologías, sistemas de promoción, sabiendo previamente qué es lo que se quiere promover) se va resolviendo como “involuntariamente”… Se encuentra; y, si no está dado, se crea, que para eso estamos, para crear.
La nuestra es una sociedad “interferida”. Nuestras potencialidades múltiples están trabadas por problemas viejos y envejecidos, por falsos dilemas que ya no son más que pantallas y distractores para la única actividad política verdaderamente exitosa: aplicar, como dice usted, “todas las energías intelectuales al complejo arte de desviar fondos públicos a bolsillos privados”.
Usted estará al tanto del cúmulo de estupideces (distractores) que los docentes de todos los niveles se han visto obligados a considerar en los últimos treinta años…
¿Tendremos que llegar al extremo del proceso actual para que, por inversión, suframos un cambio?
Un docente sabe que el marco administrativo y las metodologías generales (sistema de calificación y promoción, etc.) condicionan la enseñanza y el aprendizaje, y, en ese sentido, no es lo mismo un marco (y una metodología) que otro. Condicionan el proceso, pero no lo determinan. Lo que determina el proceso de enseñar (basado en la capacidad de aprender, que es la verdadera base de la enseñanza: si no tuviésemos capacidad espontánea para aprender, no habría enseñanza organizada de nada… ), lo que lo determina es que se produzca el “encuentro” entre el docente y el estudiante. Si se produce el encuentro hay transferencia (mutua), se adoptan actitudes comunes, recíprocas, y se comparten perspectivas, cada uno desde su rol. El docente cuenta con “autoridad”, pero con la autoridad que, en última instancia, importa: la que le concede el estudiante-alumno (y su familia por detrás) para actuar como guía, no solamente la que le otorga el sistema educativo. Con lo cual, las claves de un buen proceso se encuentran en ese factor dónde no pueden faltar, de lo contrario a la corta o a la larga, todo lo que se intenta construir acaba arruinándose: en el ambiente y en el clima; un clima de confianza mutua, de credibilidad, que no tiene nada que ver con complicidades. En un ambiente social como el actual – que no es nuevo, como se desprende de su nota, pero que ha intensificado sus características -, saturado de desconfianza, de anomia, de falta credibilidad, de vacío de autoridad (la que se concede, no la de los cargos, la del voto de mayorías y minorías, la que se demanda), cualquier “reforma” se anota en la misma pendiente general y, por más que esté bien intencionada, agrega uno más a la larga serie de abortos que jalonan la pendiente educativa, que forma parte de la pendiente general de un país que se cierra sobre sí mismo, porque cayó en manos de un grupo de superparásitos; como un organismo cuando es atacado por sus parásitos, que ponen en peligro sus funciones y su vida misma.
En el presente caso (que, analizado en lo particular, parece un poco ridículo…, un jueguito de escondidas, una operación de eufemización y neologización a las que somos tan afectos, particularmente en el ámbito de las Ciencias de la Educación), lo general es más importante que lo particular. Estamos, otra vez, perdiendo el tiempo con detalles. Su nota, que repasa treinta años de gestión, así lo demuestra.
Para hablar de educación en términos generales deberíamos decir que no hay educación eficaz si la sociedad no sabe qué es lo que quiere enseñar, qué saberes, qué creencias, qué valores. Y nuestra sociedad, lamentablemente, no se ha puesto de acuerdo todavía sobre qué saberes, creencias y valores privilegia, acaricia y defiende como para estar en condiciones y en interés de legárselos a sus descendientes. Una vez resuelto esto, lo demás son problemas menores. Pero para resolver esto, la sociedad necesita dirigentes políticos con capacidad para interpretar el momento y para orientar el debate hacia los temas sustanciales, para hacer que la sociedad piense sobre sí misma. Gracias, Enrique, una vez más por sus reflexiones.