1 opinión en “El modelo cubano”

  1. Nunca he entendido bien, acaso por una educación temprana, y algo distorsionada, sobre la desgracia del comunismo y en especial la Unión Soviética (su casa matriz entonces) qué cautivaba tanto del régimen fascista de Castro y del que promovía el Che, como bien se dice en este artículo, que exaltaba no solo las muertes propias en aras de una idea sino también las ajenas: en otras palabras, la arrogancia.

    Después de ocho años de vivir bajo el régimen descarnado de Bush y Cheney, y en ausencia del cuco soviético, se ha mermado un poco mi incomprensión por el odio a Estados Unidos en la primavera ideológica de la década de 1960 (“que no podía durar”, según Herbert Marcuse, según me parece recordar de una conversación) y la fascinación con Cuba, o mejor dicho la promesa de Cuba, degenarada, como puede ver quien quiera, en una dictadura más deplorable que las demás latinoamericanas porque esta en medio siglo no ha dado tregua. Si ocho años de Bush han sido insoportables en un país próspero (que aún lo es pese a las tropelías del último régimen y de Wall Street) cuánto más lo será en una isla pobre sometida a dos hermanos seniles.

    Me pregunto, si además de las principales razones expuestas más arriba, no habría acaso que ahondar un poco en la arrogancia juvenil en igual medida que el idealismo, para explicar esa fascinación por el Che. Ayuda su martirio. Si hubiera envejecido, acaso sería un sátrapa amargado a la sombra de Fidel y Raúl –siempre extranjero, siempre argentino en el Caribe ajeno– o sería una marioneta propagandística de los Castro, o nada de eso. Qué importa, en realidad, esta pregunta irrelevante que me hago, más en todo caso que otra cosa que barrunto. Acabo de ver la primera parte de la película del Che, encarnado, me parece, de manera convincente por Benicio del Toro (tampoco le sale mal el acento argentino) y dirigida por Steven Soderbergh. Tan bien hecha está que me molesta la empatía natural que uno termina sintiendo por el héroe del relato en las mejores puestas y películas. Creo que además del ardor ideológico y la sensibilidad aguda a las injusticias, sobre todo las ajenas, las de Batistas y demás tiranuelos, el Che era el gran aventurero: el porteño que encontró en la causa cubana, en la guerrilla y en el marxismo un lecho casi hecho a medida para su soberbia, que no es tan rara entre las clases medias con afanes intelectuales de Buenos Aires, sobre todo las patricias y aporreadas por los vaivenes de la economía argentina. Y así el Che, en una era previa a la de los vuelos baratos que permiten a cualquier pequeño burgués vacacionar en Yucatán o Tanganika, se metió en un boto con un puñado de locos cubanos y se largó a una gran aventura que se convirtió en un mojón histórico. Recuerdo haber leído, unos diez años, sobre la muerte de un joven oficinista, creo que de una contaduría, de Buenos Aires en un ataque del ejército colombiano contra las FARC. Uno de los jefes de la guerrilla colombiana dijo de este muchacho cuyo nombre no recuerdo: “Estaba escribiendo un libro sobre la guerrilla o algo así”. Ese fue todo su epitafio. A qué hombre joven no le atrae la aventura de dejar la oficina odiada, de librarse de la dependencia de jefes detestados y de esperar, con mendicidad reprimida, un sueldo a fin de mes para solventar una vida anodina. Cuántos son los que no se sentirían atraídos a salir a emancipar pueblos y ser idolatrada. Muchos menos son los que tendrían las agallas y el valor de hacerlo. El Che lo tuvo. Eso no lo convierte en prócer, ni en loable el régimen que contribuyó a encaramar en Cuba. Sí se entiende la fascinación por la epopeya cubana. Luego todos envejecemos y advertimos que para todos, desde Alejandro hasta un idiota que hoy regresó de Washington al caserío de donde se extravió en Texas, no hay heroísmo que dure toda la vida y valga más que la vulgaridad de ganársela como uno pueda, escribiendo, labrando tierra o lustrando botas, y sacar la mujer al cine o comprarle un libro al hijo, y ahí está porqué la aguantamos y porqué es tan bella.

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