Esta columna, excelente, me lleva a plantearme si esta tendencia a la charlatanería siempre estuvo tan acentuada en el periodismo argentino o si es, más bien, el resultado de un proceso de decenios más recientes. La severidad de juicio, creo, nunca ha sido el atributo más destacado de las publicaciones de “Perfil”. ¿Es solo un problema de esa editorial y símiles o algo más propagado? Algo que sí puedo decir con alguna certeza es que sí recuerdo una Argentina de medios periodísticos más discretos, menos exhibicionistas y menos sensacionalistas. Ahora que vivo en Estados Unidos –que no es Irán, a pesar de compartir la pena de muerte y ciertos rasgos de intolerancia y puritanismo– siempre que vuelvo al país me impresiona lo que en diarios, revistas o carteleras parece un desborde de charlatanería y de chismes, y de sofismas pobremente articulados, como el desbaratado en esta columna del Gaucho Malo, en la que emparejan dos argentinos distinguidos, fundamentalmente derribando del pedestal a Favaloro. Una frase sorprendentemente común (verdadera solo en cierta medida) en Argentina es, “en todo el mundo es igual”; ese relativismo es algo, creo, relativamente nuevo. Habrá razones para el cinismo, imagino: quizás los traumas políticos del país en los últimos sesenta años lo expliquen. Sí tengo la impresión que cuando crecía en Argentina, no era un país donde periodistas de un medio más o menos grande, y no necesariamente de los más sensacionalistas, se arrogaran el derecho de emparejar a Favaloro y Maradona, (aunque ahora me acuerdo de Discépolo y “la Biblia y el calefón”, y eso es más viejo).
Esta columna, excelente, me lleva a plantearme si esta tendencia a la charlatanería siempre estuvo tan acentuada en el periodismo argentino o si es, más bien, el resultado de un proceso de decenios más recientes. La severidad de juicio, creo, nunca ha sido el atributo más destacado de las publicaciones de “Perfil”. ¿Es solo un problema de esa editorial y símiles o algo más propagado? Algo que sí puedo decir con alguna certeza es que sí recuerdo una Argentina de medios periodísticos más discretos, menos exhibicionistas y menos sensacionalistas. Ahora que vivo en Estados Unidos –que no es Irán, a pesar de compartir la pena de muerte y ciertos rasgos de intolerancia y puritanismo– siempre que vuelvo al país me impresiona lo que en diarios, revistas o carteleras parece un desborde de charlatanería y de chismes, y de sofismas pobremente articulados, como el desbaratado en esta columna del Gaucho Malo, en la que emparejan dos argentinos distinguidos, fundamentalmente derribando del pedestal a Favaloro. Una frase sorprendentemente común (verdadera solo en cierta medida) en Argentina es, “en todo el mundo es igual”; ese relativismo es algo, creo, relativamente nuevo. Habrá razones para el cinismo, imagino: quizás los traumas políticos del país en los últimos sesenta años lo expliquen. Sí tengo la impresión que cuando crecía en Argentina, no era un país donde periodistas de un medio más o menos grande, y no necesariamente de los más sensacionalistas, se arrogaran el derecho de emparejar a Favaloro y Maradona, (aunque ahora me acuerdo de Discépolo y “la Biblia y el calefón”, y eso es más viejo).