También es cierto que la Unión Europea es hasta ahora el mejor modelo que ha logrado resolver las enemistades de las potencias europeas dentro de una estructura institucional pacífica. Cuando Gran Bretaña se incorporó en 1975 a lo que entonces era la Comunidad Económica Europea, apenas habían pasado tres décadas de la Segunda Guerra Mundial, el peligro de una Tercera con múltiples armas nucleares, incluidas tácticas que apuntaban desde y hacia Europa Oriental a dos lados de la Cortina de Hierro. Si tomamos en cuenta el desastre que han sido las rivalidades de potencias europeas para el resto del mundo–en particular el bloque germano-austríaco contra Francia y Rusia–el proyecto institucional pan-europeo ha sido la mejor solución, y pacífica y pujante, de posguerra. Es, también, con todos sus defectos, la mejor respuesta a preservar todos los atributos que uno quiere ver en el territorio propio, desde la comuna hasta el país, en un régimen de fronteras abiertas que se corresponde con mayor fidelidad a un mundo de libre circulación de ideas y capital, pero no personas. Todas las fronteras nacionales que existen son, en esencia, el resultado de guerras entre vencedores y vencidos para parcelar algo–el mundo–que nos pertenece a todos (y no solamente a los seres humanos, como con frecuencia olvidamos) y a nadie. Con su pertenencia a la Unión Europea, el Reino Unido no ha sacrificado absolutamente ninguno de los atributos que lo convierten en un estado plurinacional y multicultural, con beneficios comerciales y económicos que superan las desventajas. Con todo su régimen burocrático, la Unión Europea es fundamentalmente una estructura democrática en la cual las democracias que la componen están integradas en una amplia red de organismos. No es menos democrática por eso la UE que una democracia que, en esencia y a escala menor, es lo mismo: la ciudadanía tiene voz y voto en la elección de funcionarios y autoridades principales, pero tiene poca o ninguna influencia en la burocracia intermedia que hace girar (o detener) las ruedas del país.
En otras palabras, Gran Bretaña, los países de Europa, y el mundo, están mejor con la UE que sin él. Es un modelo a imitar, uno que resuelve las rivalidades nacionales y disuelve los conflictos.
Su comentario es muy razonable, bien argumentado y atendible. Pero gaucho malo instintivamente tiende a pensar que todo lo que va en dirección de la concentración política y de la concentración económica, y la UE va en esas dos direcciones, va en contra de la libertad de las personas, ya impotentes frente a centros de poder político y económico cada vez más inasibles, más incomprensibles, más incontrolables, más enmascarados tras una red infinita de mediaciones. La gente común no tiene oportunidad de cuestionar, no sabría cómo hacerlo, y mucho menos cómo hacerlo matizadamente. Sólo le queda, a veces. la oportunidad de decir que no; ésta es una de ellas, y se la ofreció su gobierno local.
También es cierto que la Unión Europea es hasta ahora el mejor modelo que ha logrado resolver las enemistades de las potencias europeas dentro de una estructura institucional pacífica. Cuando Gran Bretaña se incorporó en 1975 a lo que entonces era la Comunidad Económica Europea, apenas habían pasado tres décadas de la Segunda Guerra Mundial, el peligro de una Tercera con múltiples armas nucleares, incluidas tácticas que apuntaban desde y hacia Europa Oriental a dos lados de la Cortina de Hierro. Si tomamos en cuenta el desastre que han sido las rivalidades de potencias europeas para el resto del mundo–en particular el bloque germano-austríaco contra Francia y Rusia–el proyecto institucional pan-europeo ha sido la mejor solución, y pacífica y pujante, de posguerra. Es, también, con todos sus defectos, la mejor respuesta a preservar todos los atributos que uno quiere ver en el territorio propio, desde la comuna hasta el país, en un régimen de fronteras abiertas que se corresponde con mayor fidelidad a un mundo de libre circulación de ideas y capital, pero no personas. Todas las fronteras nacionales que existen son, en esencia, el resultado de guerras entre vencedores y vencidos para parcelar algo–el mundo–que nos pertenece a todos (y no solamente a los seres humanos, como con frecuencia olvidamos) y a nadie. Con su pertenencia a la Unión Europea, el Reino Unido no ha sacrificado absolutamente ninguno de los atributos que lo convierten en un estado plurinacional y multicultural, con beneficios comerciales y económicos que superan las desventajas. Con todo su régimen burocrático, la Unión Europea es fundamentalmente una estructura democrática en la cual las democracias que la componen están integradas en una amplia red de organismos. No es menos democrática por eso la UE que una democracia que, en esencia y a escala menor, es lo mismo: la ciudadanía tiene voz y voto en la elección de funcionarios y autoridades principales, pero tiene poca o ninguna influencia en la burocracia intermedia que hace girar (o detener) las ruedas del país.
En otras palabras, Gran Bretaña, los países de Europa, y el mundo, están mejor con la UE que sin él. Es un modelo a imitar, uno que resuelve las rivalidades nacionales y disuelve los conflictos.
Su comentario es muy razonable, bien argumentado y atendible. Pero gaucho malo instintivamente tiende a pensar que todo lo que va en dirección de la concentración política y de la concentración económica, y la UE va en esas dos direcciones, va en contra de la libertad de las personas, ya impotentes frente a centros de poder político y económico cada vez más inasibles, más incomprensibles, más incontrolables, más enmascarados tras una red infinita de mediaciones. La gente común no tiene oportunidad de cuestionar, no sabría cómo hacerlo, y mucho menos cómo hacerlo matizadamente. Sólo le queda, a veces. la oportunidad de decir que no; ésta es una de ellas, y se la ofreció su gobierno local.