En los 90, el grupo encargado de llevar a cabo la reforma educativa, no logró ningún cambio cualitativo en educación. Era improbable que, con ese presidente, el país reestructurara su sistema educativo imprimiéndole un mejor y más alto nivel. Pero algo lograron: encajarle a las provincias el fardo de la escuela pública, y un cambio que, con el tiempo, se fue haciendo cada vez más evidente: los expertos en “ciencias de la educación” formados en la UBA durante los 60, los 70 y principios de los 80, lograron “acomodarse” (¡por fin!) en cuanta currícula pudieron.
Con los K, que, inevitablemente, van imponiendo su espíritu a las cosas (todos lo hacemos: el resultado depende del “espíritu”), se va haciendo evidente cómo un grupito de artistas mercenarios (perdón ¡militantes!), van apropiándose del espacio público para instalar sus estereotipos cargados de ideología pero sin alma, con la intención, ante todo, de complacer la la Jefa; un fin que justifica cualquier medio, ¡tan alto es! A su turno, la Jefa los retribuye generosamente con encargos y, sobre todo, con una de las pocas cosas para las que el espíritu K se muestra hipersensible porque la valora por encima de cualquier otra cosa: la plata, el dinero… Cristina es una persona con muy escasa formación en ese ámbito que denominamos – bien y mal – la cultura; y nula auto-formación; la única vocación que le conocemos es la vocación por el control y el mando. Tiene otra vocación, también, la vocación por la acumulación de bienes y dinero. Obviamente Parodi se siente representada por ella. Ambas comparten un fondo de resentimiento muy profundo. Sienten que “es su turno”, y que tienen derecho a imponer casi lo que se les ocurra; y, sobre todo a “acomodarse”. Las canciones de Parodi ya tuvieron su turno; ese turno ya pasó; ahora quiere cobrar.
Su reflexión final bien puede hacerse extensiva a todos los intelectuales y artistas K: es gente cuyo turno ya pasó y quiere cobrar. Bien dicho.
En los 90, el grupo encargado de llevar a cabo la reforma educativa, no logró ningún cambio cualitativo en educación. Era improbable que, con ese presidente, el país reestructurara su sistema educativo imprimiéndole un mejor y más alto nivel. Pero algo lograron: encajarle a las provincias el fardo de la escuela pública, y un cambio que, con el tiempo, se fue haciendo cada vez más evidente: los expertos en “ciencias de la educación” formados en la UBA durante los 60, los 70 y principios de los 80, lograron “acomodarse” (¡por fin!) en cuanta currícula pudieron.
Con los K, que, inevitablemente, van imponiendo su espíritu a las cosas (todos lo hacemos: el resultado depende del “espíritu”), se va haciendo evidente cómo un grupito de artistas mercenarios (perdón ¡militantes!), van apropiándose del espacio público para instalar sus estereotipos cargados de ideología pero sin alma, con la intención, ante todo, de complacer la la Jefa; un fin que justifica cualquier medio, ¡tan alto es! A su turno, la Jefa los retribuye generosamente con encargos y, sobre todo, con una de las pocas cosas para las que el espíritu K se muestra hipersensible porque la valora por encima de cualquier otra cosa: la plata, el dinero… Cristina es una persona con muy escasa formación en ese ámbito que denominamos – bien y mal – la cultura; y nula auto-formación; la única vocación que le conocemos es la vocación por el control y el mando. Tiene otra vocación, también, la vocación por la acumulación de bienes y dinero. Obviamente Parodi se siente representada por ella. Ambas comparten un fondo de resentimiento muy profundo. Sienten que “es su turno”, y que tienen derecho a imponer casi lo que se les ocurra; y, sobre todo a “acomodarse”. Las canciones de Parodi ya tuvieron su turno; ese turno ya pasó; ahora quiere cobrar.
Su reflexión final bien puede hacerse extensiva a todos los intelectuales y artistas K: es gente cuyo turno ya pasó y quiere cobrar. Bien dicho.