No es una pareja de policías de Miami, ni dos personajes de algún guión olvidado de los hermanos Sofovich. Son dos palabras comunes y corrientes, nacidas en la Argentina y ampliamente usadas en nuestra habla coloquial. La comunidad hispanohablante podrá emplearlas como condimento lingüístico, para darle sabor sudamericano a una frase. Pero para nosotros no son objetos suntuarios sino artículos de primera necesidad. Fueron creadas para llenar un vacío. Dicen que los esquimales tienen decenas de nombres para la nieve, que la describen en cualquiera de sus estados; del mismo modo, cualquier paisano de la pampa ostenta una espléndida riqueza de vocabulario para nombrar a cada individuo de lo que para un porteño no son más que yuyos. En la Argentina y en el mundo, hace ya tiempo que las cosas no son lo que parecen, pero no lo son de diferentes maneras, llenas de matices. Nosotros parecemos sensibles a esos matices: para movernos en la vida de todos los días necesitamos palabras que puedan dar cuenta de ellos. Y para cubrir esa necesidad es que nacieron trucho y berreta, dos términos que remiten al no ser de lo que parece ser, que arrojan un poco de luz sobre el montón de formas y sustancias engañosas con el que nos enfrentamos cotidianamente, y que nos protegen contra el alto costo de tomarlas como vienen, por lo que aparentan ser.
En términos generales, trucho es lo falsificado, lo que toma las apariencias de lo genuino para sorprender al incauto; berreta, en cambio, es lo de mala calidad, algo genuino en sí mismo, pero de factura burda, también orientado a sorprender a alguien en su buena fe. Un médico trucho, un abogado trucho, son personas que ejercen esas profesiones sin tener título habilitante; un médico o un abogado berreta pueden tener el título colgado en el despacho, pero sus cualidades profesionales serán deplorables. Un dólar o un euro pueden ser truchos si han salido del taller de los falsificadores, pero el peso argentino es berreta: por más auténtico que sea, pierde valor rápidamente, nadie lo acepta fronteras afuera, no permite ahorrar. Puede haber cosas truchas, pero de buena calidad. Esto puede apreciarse en el caso de la ropa de marca: hay versiones falsificadas tan buenas, o casi, como las genuinas. Hay repuestos truchos, insumos truchos, accesorios truchos que rinden igual servicio que los originales. Hay copias truchas de buenas películas, y hay versiones originales de películas berreta. Las cosas berreta son auténticas, pero de mala calidad, como ocurre con gran parte de los artículos ofrecidos en los supermercados de ahorro, o con la comida llamada chatarra, que en buen argentino debería llamarse comida berreta. O también con aquellos bienes donde los materiales nobles, como lana, madera, metal, mármol, cuero o hilo han sido reemplazados por laminados plásticos y fibras sintéticas. Se ofrecen como sustituto de lo real, y compensan la calidad pobre con el precio supuestamente más bajo. En el mundo desarrollado gran parte de los artículos de consumo masivo, entre ellos los alimentos, son berreta. Parecen pero no son. En la Argentina comíamos, vivíamos y vestíamos bien, pero los políticos se encargaron de que ya ni siquiera lo berreta esté a nuestro alcance.
Aparentemente los argentinos consideramos imperioso poder discriminar sobre la calidad y la cualidad del bien o el servicio que se nos ofrece. Las palabras nuevas, en este caso trucho y berreta, han venido en nuestro auxilio: nombrar es una forma de conocer. No me queda claro todavía qué hacemos después con ese conocimiento, dada nuestra reiterada propensión a elegir ofertas políticas truchas, conducidas por líderes berreta. Como quiera que sea, ahí están las palabras, y corresponderá a los eruditos emprender la misión imposible de encontrarles una etimología. Me señalan que trucho, un adjetivo con todas las de la ley, guarda un aire de familia con palabras como trucado o trocado, pero apuesto a que esa genealogía es trucha. Berreta, en cambio, carece de parentela reconocible: huérfana, y sin variaciones de género o número, parece haber sido concebida a la bartola, de una manera irremediablemente berreta.
–Santiago González