Excelente artículo. Efectivamente, Newman tenía bien claro que lo que necesitaba la sociedad eran “gentlemen” y que para eso estaban las universidades. Por motivos diversos, el patriciado argentino rehusó su papel de clase dirigente en la década del ’30. La situación empeoró durante el Peronismo, pero no se solucionó después (Castellani se refirió a la falta de una clase dirigente ¡ya en tiempos de Frondizi!). Desde los ’60 y la “revolución cultural”, ya hablar de élites se convirtió en mala palabra. Incluso, los colegios católicos del postconcilio rechazaron cualquier tipo de responsabilidad en la formación de dirigentes. Nadie niega los muchos errores de ese patriciado, pero no hay que perder de vista el enorme patrimonio arquitectónico y cultural que heredamos de él. Decían los antiguos que para hacer un noble se necesitaban tres generaciones, era la prueba de fuego mantener el mérito desde los abuelos hasta los nietos (rompiendo el famoso refrán castizo de abuelo esforzado, hijo dilapidador y nieto menesteroso). Toda sociedad tiene una dirigencia, pero si ésta se niega a ser clase, no es más que un grupo de arribistas y saqueadores para beneficio personal. Una “clase” dirigente está tan enhebrada con el bien público que su bien particular depende de éste, su propio éxito familiar depende del éxito del país. Si estamos como estamos, es en gran medida por la falta de una verdadera clase dirigencial.
Tal cual.
Igual se puede ver también en la vida cotidiana. Especialmente en la.laboral.
Buenísimo enfoque. Tampoco tenemos periodistas a la altura. La primera vez que leo una referencia a la falta de educación de la clase dirigente. Es un problema central. Sin solución.
Excelente artículo. Efectivamente, Newman tenía bien claro que lo que necesitaba la sociedad eran “gentlemen” y que para eso estaban las universidades. Por motivos diversos, el patriciado argentino rehusó su papel de clase dirigente en la década del ’30. La situación empeoró durante el Peronismo, pero no se solucionó después (Castellani se refirió a la falta de una clase dirigente ¡ya en tiempos de Frondizi!). Desde los ’60 y la “revolución cultural”, ya hablar de élites se convirtió en mala palabra. Incluso, los colegios católicos del postconcilio rechazaron cualquier tipo de responsabilidad en la formación de dirigentes. Nadie niega los muchos errores de ese patriciado, pero no hay que perder de vista el enorme patrimonio arquitectónico y cultural que heredamos de él. Decían los antiguos que para hacer un noble se necesitaban tres generaciones, era la prueba de fuego mantener el mérito desde los abuelos hasta los nietos (rompiendo el famoso refrán castizo de abuelo esforzado, hijo dilapidador y nieto menesteroso). Toda sociedad tiene una dirigencia, pero si ésta se niega a ser clase, no es más que un grupo de arribistas y saqueadores para beneficio personal. Una “clase” dirigente está tan enhebrada con el bien público que su bien particular depende de éste, su propio éxito familiar depende del éxito del país. Si estamos como estamos, es en gran medida por la falta de una verdadera clase dirigencial.
Tal cual.
Igual se puede ver también en la vida cotidiana. Especialmente en la.laboral.
Buenísimo enfoque. Tampoco tenemos periodistas a la altura. La primera vez que leo una referencia a la falta de educación de la clase dirigente. Es un problema central. Sin solución.