3 opiniones en “La banalización del aborto”

  1. Nadie desea el aborto. Salvo aquellas mujeres que han sido víctimas de abuso. Y ni aún estas lo desean en todos los casos. Las madres o familiares de criaturas de 10, 11 o 12 años que han sido embarazadas, suelen desear que su hija aborte. Pero tampoco todas ellas lo desean íntegramente, y dudan sobre las consecuencias físicas y psíquicas que pueda ocasionar una intervención en el útero de esas criaturas abusadas, que ya por el abuso mismo van a portar de por vida un trauma. Tampoco se puede afirmar – a priori – que los médicos (hombres y mujeres) que han dedicado su profesión al aborto clandestino “deseen el aborto”. Habría qué ver en cada caso – y eso es imposible, no solo por la clandestinidad sino por la vergüenza que depararía reconocer en público haber dedicado la profesión a semejante “especialización” -; habría qué ver, digo, cómo y porqué ese médico entró y se quedó en ese rincón oscuro y siniestro de la práctica médica… Al mismo tiempo, hay clínicas y hospitales que lo tienen como algo más – y no demasiado especial, sino más bien habitual – de su oferta médica; unos por lo que embolsan y otros por razones humanitarias: porque están identificados con sus clientes y sus necesidades (o sus deseos según el caso).
    El contraste con el “mundo del aborto” es, no la demanda del aborto asistido y legalizado con sus leyes, protocolos, reparos, etc., sino la banalización del aborto manifestada por grupos que tienen el aspecto de todos los grupos de Entusiastas: deportivos, políticos, musicales, et., etc.
    Pero en aquellas personas que esperan algo de la legalización del aborto no hay “abortistas”. Se trata de gentes que, si alguna vez creyeron que el Bien y el Mal podían discriminarse (y separarse incluso) en la experiencia humana, ya no lo creen y se reducen, se limitan, se resignan diría, a apoyar, en cada conflicto, lo que podría denominarse el “mal menor”. No el Bien contra el Mal (o lo opuesto), sino el mal menor.
    En todas las sociedades humanas ha habido “control de vientres”, principalmente por parte de los varones. En muchas sociedades arcaicas (y aún ahora ocurre) hay prácticas de infanticidio para controlar las bocas a alimentar, particularmente de infanticidio femenino para controlar la fecundidad del grupo y el crecimiento que va más allá de las posibilidades económicas. Es un hecho durísimo que bien puede considerarse la fuente de angustia, trauma y tristeza que llevó a crear el mito del pecado original. Pero en esos casos no hay espacio, no hay volumen, no hay escala social, como para banalizar ni el aborto, ni el infanticidio, ni nada de nada.
    Ahora sí que lo hay, por el tamaño de nuestras sociedades que alimentan toda clase colectivizaciones con signos, emblemas, pañuelos, consignas, cánticos y banderas en concentraciones multitudinarias, marchas y contramarchas.
    Pero la práctica del aborto clandestino, como la del aborto “casero”, continúan de facto por debajo de todo el ruido que se haga y que se quiera hacer en un sentido o en otro.
    Son reflexiones, nada más, buscando alguna coherencia.
    Yo estoy a favor de la legalización, con una ley bien estudiada y perfectible.
    Sin dogmatismos.
    Lo veo como un “mal menor”; no como el Bien. Es una desgracia con la que convivimos desde siempre.

    1. El problema Enrique es que tanto vos cómo la sociedad dejamos de creer en los milagros. Yo por el contrario aún creo y espero por eso que jamás sea legal.

      1. Bien, pero no se entiende qué milagro está esperando Rodrígo!
        “Que jamás sea legal” podrá ser una aspiración, pero no un milagro.
        Debería aclarar qué milagro espera ver realizado.

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