Yo me acuerdo, como cualquiera de nosotros puede acordarse, de cuando Néstor Kirchner le declaró la guerra a Shell porque la empresa se resistió al patoteo presidencial y decidió cobrar sus naftas al precio que le parecía razonable. Kirchner propuso sin éxito un boicot contra la petrolera. El resto del arco empresario había comenzado a ganar buena plata luego de que los peronistas confiscaran los depósitos de los ahorristas y rebajaran los sueldos a un tercio y discretamente miró para otro lado. No faltó quien tuviera el cinismo de destacar el coraje de Juan José Aranguren, sin mover un dedo para acompañarlo. Yo me acuerdo, como cualquiera de nosotros puede acordarse, de cuando Cristina y Néstor Kirchner le declararon la guerra al campo en el momento en que los productores se resistieron a que sus legítimos ingresos le fueran confiscados con impuestos abusivos. El resto del arco empresario, en general la industria, seguía ganando buena plata, en buena medida gracias a los subsidios y la protección del Estado, por lo que discretamente se dedicaron a mirar por la ventanilla. Yo me acuerdo, como cualquiera de nosotros puede acordarse, de cuando el gobierno le declaró la guerra a su antiguo aliado Clarín porque había cometido la osadía periodística de dar cuenta de la protesta del campo, cuya magnitud era imposible de disimular para cualquier medio. El resto del arco empresario no sólo no dijo nada, sino que acompañó las presiones gubernamentales retirando la publicidad allí donde el kirchnerismo le dijo que tenía que retirarla. Yo me acuerdo, como cualquiera de nosotros puede acordarse, de cuando el gobierno decidió confiscar los fondos de las jubilaciones privadas, y nadie dijo nada, ni siquiera los bancos y entidades financieras que se habían comprometido ante sus abonados a cuidar de esos fondos y hacerlos prosperar. Porque todavía entonces muchos seguían ganando buena plata, especialmente el sector financiero, que fue uno de los principales beneficiarios del modelo. Yo me acuerdo, como cualquiera de nosotros puede acordarse, de cuando el gobierno comenzo a diezmar sus reservas para repartir subsidios innecesarios y escandalosos, como a los fabricantes imaginarios de Tierra del Fuego o a los empresarios de transportes del área metropolitana, y el sector privado continuó refugiado en la seguridad de su silencio, a pesar de que la bomba de tiempo comenzaba a hacer tic-tac. Yo me acuerdo, como cualquiera de nostros puede acordarse, de todas estas cosas, y soy consciente de que me olvido de muchas otras más. Pero lo que recuerdo me alcanza cuando veo ahora a los capitostes de la industria automotriz vapuleados por la misma mano que tantas veces acudieron a besar (porque los billetes de cotillón les sostuvieron las ventas mientras la gente creyó que eran de verdad y se las multiplicaron hasta lo inverosímil cuando la gente se dio cuenta de que no valían nada), los veo retirarse a escondidas de la Casa Rosada mientras las patotas oficialistas les gritan encanutadores, y no puedo dejar de sentir que se la buscaron, que se la ganaron cuando gustosos oficiaron de aplaudidores. Uno no se acuerda de las buenas prácticas, los valores y los principios cuando las cosas van mal, sino que debe de sostenerlos, defenderlos y protegerlos cuando las cosas van bien. Porque sólo entonces se es creíble. –S-G.