La consigna suele aparecer en momentos de alguna conmoción social, y permite una rápida y eficaz detección de mentalidades totalitarias. Cada vez que alguien le proponga “Todos somos…”, y a continuación la identificación de una persona o institución o grupo de personas, tenga la plena seguridad de que detrás de la propuesta anida la pretensión totalitaria. El que la proclama, como ocurre con todos los totalitarios, se considera dueño de una verdad esencial y de una superioridad moral que por sí mismas lo autorizan, de eso está convencido, a imponérsela a los demás. El “todos somos…” lleva consigo un chantaje poderoso que exige una integridad y una seguridad en las propias convicciones de energía equivalente para poder hacerle frente. Si yo no me considero Nisman, ni judío, ni hijo de las Madres de Plaza de Mayo, ¿qué pasa conmigo? Quedo marcado, marginado, segregado, automáticamente asociado con los (supuestos) asesinos de Nisman, con los antisemitas, con los militares del proceso, listo para ser enviado al Gulag o a los campos de concentración, o a los sutiles ostracismos concebidos por la corrección política, de los que tampoco se vuelve. Eso es lo que busca quien me enrostra el “Todos somos…”, que me subyugue a su interpretación de las cosas o me vaya, desaparezca. Donde “Todos somos…” tal o cual cosa no hay lugar para los que no lo somos. La pretensión totalitaria asoma incluso donde menos lo esperamos, agazapada en las solidaridades fáciles. Pero todos no somos, el espacio de la libertad individual es irreductible, y en todo caso me corresponde a mí decidir quién soy y quién no soy. Cuando los terroristas islámicos masacraron a los caricaturistas de Charlie Hebdo, una parte de Paris respondió diciendo “Nous sommes tous Charlie…” y otra parte “Je suis Charlie”. Hay un abismo de diferencia. El abismo que separa a los totalitarios de los libertarios. –S.G.