«Lo que todo el pensamiento político y social se ha visto obligado finalmente a enfrentar es, por supuesto, la degradación irreversible del ambiente por un capitalismo industrial desenfrenado: ese dato cuantioso, de cuya realidad la ciencia viene tratando de convencernos desde hace medio siglo, y del que la tecnología nos viene proveyendo cada vez mayores distracciones. Cada beneficio proporcionado por el industrialismo y el capitalismo, cada avance maravilloso en el conocimiento y en la salud y en las comunicaciones y en el bienestar, arroja la misma sombra fatal. Todo lo que tenemos lo hemos tomado de la tierra y, así como tomamos con creciente velocidad y codicia, ahora le devolvemos casi nada, excepto lo que es estéril o está envenenado. Y sin embargo no podemos detener el proceso. Una economía capitalista, por definición, se alimenta del crecimiento; como observa [Murray] Bookchin: “Si el capitalismo desistiera de su expansión insensata sería para él lo mismo que sucidarse socialmente.” Esencialmente, hemos elegido el cáncer como modelo de nuestro sistema social. El imperativo capitalista de crecer o morir choca de plano con el imperativo ecológico de la interdependencia y los límites. Estos dos imperativos ya no pueden coexistir, y tampoco puede esperar sobrevivir una sociedad fundada en el mito de que se los puede reconciliar. O bien establecemos una sociedad ecológica, o la sociedad se irá al traste para todos y cada uno, cualquiera sea su condición.» –Ursula K. LeGuin, prólogo a The Next Revolution, por Murray Bookchin