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Ruleta rusa en el Titanic

Estamos coqueteando peligrosamente con la tragedia. Arbitrariamente podemos comenzar el recuento por el frustrado atentado contra la vicepresidente en la capital federal, para seguir con los incidentes en la zona del lago Mascardi y la violencia en un estadio de fútbol en la ciudad de La Plata. Por mero azar, en los tres casos la mecha se apagó antes del estallido, aunque en el más reciente ya hubo que anotar un muerto. Cualquiera de los tres pudo haber desatado una catástrofe. La clase dirigente en su conjunto, no sólo la casta política, no parece tomar nota de que en una sociedad precipitada en la pobreza, la indigencia y la desesperanza, azotada cada día por la pérdida creciente del valor de su dinero y de las oportunidades de ganárselo limpiamente, los ánimos están encendidos y los nervios tensos. Crecen los delitos violentos, y también la violencia entre las personas por el menor desacuerdo. En cualquier momento, en cualquier lugar, la chispa más insignificante puede desatar un fuego incontrolable. Acentúa la inquietud el hecho de que los tres episodios citados al comienzo tienen en común el desempeño increíblemente torpe –torpe al extremo de volverse sospechoso– de las fuerzas supuestamente encargadas de preservar la seguridad y de restablecer el orden en caso de un desborde. ¿Es que acaso hay pescadores al acecho de un río revuelto? Ajena a todo, la casta política sigue en lo suyo, en incesante expansión, con sus viajes de placer, sus compras suntuosas, sus luchas de poder, sus envidias y recelos, encerrada entre los muros de un Versailles de pacotilla, mientras afuera la paciencia se agota. Cerca están el fin de año, cuando la exasperación nubla el entendimiento, y el mes de enero, cuando cualquier cosa es posible. -S.G.