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¿Qué se propone el gobierno?

Esta columna es una anticolumna, la escribo para decir que no tengo nada que decir. Es la confesión de un fracaso, el reconocimiento de una impotencia, expuesto por respeto a los lectores habituales de este sitio. Debo admitir francamente que por más que lo pienso y le doy vueltas al asunto, no puedo entender las razones que han llevado al gobierno argentino a hacer lo que hizo desde que la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos dejó firme la orden del juez Thomas Griesa para que la Argentina pague a quienes no aceptaron el canje de deuda el cien por ciento de lo que les adeuda. Debo decir con igual claridad que las explicaciones sugeridas por personas más inteligentes o más preparadas que yo para interpretar las cosas tampoco me convencen. Esas explicaciones sugirieron en un primer momento que el gobierno se negaba a pagar porque de ese modo iba a debilitar peligrosamente sus reservas y comprometer su desenvolvimiento el año próximo, un año electoral. Pero ese argumento era muy débil: el arreglo con los llamados holdouts era la última puntada de un oneroso zurcido en el que el kirchnerismo venía entregando todo lo que se le pedía y aun más (Ciadi, YPF, Club de París) para salir del default y volver al mercado de capitales. ¿Por qué malograr ese esfuerzo por una suma comparativamente menor? Pensé en ese momento, y así lo escribí en este sitio, que el problema era más bien jurídico: tal vez excesivamente temeroso por los efectos de la cláusula RUFO, que muchos consideraban inaplicable en este caso, el gobierno prefería correr el riesgo de un default acotado hasta fin de año antes que arriesgarse a una multitud de demandas. Pero el anuncio de Cristina Kirchner esta semana demostró que el gobierno no está dispuesto a pagar a los holdouts lo que el juez dijo que hay que pagarles ni ahora, ni en enero ni nunca. Entretanto, analistas y expertos ya habían cambiado de idea para volcarse, por un camino u otro, hacia la teoría de la malvinización. El gobierno, acorralado por sus propios desmanejos, procura saltar el cerco recurriendo a su maniobra habitual, inventando un enemigo y una epopeya, con una consigna simplificadora: Patria o buitres. Esta nueva batalla presenta varias ventajas: el enemigo es externo, con lo cual evita el riesgo de fortalecer en el combate a cualquier opositor local, y la consigna posee esas cualidades capaces de marear a los progresistas y hacerles perder el norte, como les paso en casos como YPF, Aerolíneas, AFJP. En esta línea de interpretación, la iniciativa de cambiar el lugar de pago de la deuda reestructurada para eludir la decisión de Griesa representa la culminación de esa beligerancia desafiante: “Si quieren cobrar, que vengan”. El discurso de Cristina no tuvo vahos alcohólicos como el de Leopoldo Galtieri, sino un tinte emocional, un quiebre de la voz (“estoy un poquito nerviosa”) cuidadosamente conservado en la grabación que salió al aire. Hasta aquí, casi estaría dispuesto a compartir esta versión de las cosas. Pero la intuición y el sentido común, mis habituales herramientas de trabajo, me dicen que también aquí hay algo que no funciona. El balance de costo y beneficio no me cierra, mucho menos en el predicamento en que se encuentra el kirchnerismo. En momentos en que la recesión muerde con más fuerza en el bolsillo de la gente, en momentos en que las investigaciones de casos de corrupción comienzan a rozar los niveles más encumbrados del gobierno, en momentos en que el oficialismo ve desgranarse sus filas con vistas a los comicios del año próximo, ¿de qué le sirve agitar una consigna nacionalista? ¿Cuánto tiempo pueden durar sus efectos aglutinadores? En tres o cuatro meses, si todo sigue por el camino actual, tendremos saqueos en los supermercados, disparadas cambiarias, cortes de luz, y mucho calor: conocemos el escenario y sabemos que no hay mezcla más explosiva. Por el contrario, un arreglo sensato, con la colaboración del juez Griesa, le permitiría al gobierno obtener crédito externo, reducir la emisión, mantener el dólar controlado, asegurar la provisión de energía, y sobre todo ganar tiempo y contar con recursos para proteger su retaguardia y comprar toda la impunidad que pueda conseguir para después del 2015. Así, desde el cálculo más cínico de sus propios intereses, lo que está haciendo el kirchnerismo con el tema de los holdouts es, para usar una frase que le gusta a la presidente, pegarse un tiro en el pie. Algo para lo que, repito, no encuentro explicación. A menos que… a menos que, en la infinita perversidad de la que ya ha dado pruebas, el gobierno haya decidido dejar un país devastado para que cualquiera sea la alternativa política gobernante a partir del año próximo encuentre tantas dificultades que la gente empiece a extrañar a los Kirchner por comparación, así como ahora extrañamos a Carlos Menem. A esta altura de las cosas, ésta sería para mí la única interpretación plausible sobre lo que están haciendo Cristina y su ministro Axel Kicillof. Sin embargo, para mi propio desconcierto, no puedo dejar de tener presente la frase que he citado tantas veces a propósito de este gobierno: “Los que asignan gran importancia a la maldad, subestiman la estupidez”.

–Santiago González