Cuando el triniteño V.S. Naipaul quiso describirnos en una frase dijo: “La Argentina es un país de saqueo”. Naipaul ganó fama literaria en buena medida gracias a sus ensayos sobre diversas sociedades periféricas del mundo, entre ellas la nuestra. Visitó el país en cuatro o cinco oportunidades, pero esa frase la acuñó de entrada: recuerdo haberla leído en un artículo que publicó en el Buenos Aires Herald en 1973 ó 1974.
En torno de la noción de saqueo es posible aventurar una suerte de sociología histórica de la Argentina. La sociedad argentina se ha dividido prácticamente desde su mismo origen entre saqueadores y saqueados. Los saqueados conforman esa mitad del país que trabaja, construye y más o menos mantiene andando eso que hemos dado en llamar República Argentina, y los saqueadores conforman la otra mitad, la que vive del trabajo ajeno, la que se apodera de la propiedad ajena, y se aprovecha de lo público, de los bienes públicos pero también de las instituciones públicas, en beneficio propio.
En la época de la Argentina organizada e inclusiva, más o menos hasta la mitad del siglo pasado, el sector de los saqueadores atravesaba diversas capas sociales, principalmente altas y medias altas, y su tarea de pillaje se orientaba principalmente hacia los bienes públicos, desde tierras fiscales hasta licitaciones, concesiones, regímenes especiales y prebendas varias. Era un saqueo “bien”: discreto, silencioso, y violando apenas la legalidad. Las clases inferiores expresaban su resentimiento mediante el vandalismo contra los bienes públicos que otros usufructuaban, pero en todo caso ese era un problema menor.
Cuando la Argentina comenzó a desorganizarse, esto es cuando se empezó a romper el contrato social que la había mantenido unida, y se volvió exclusiva, apareció un nuevo tipo de saqueo: el saqueo visible, ilegal y violento de los excluídos, de los marginados, que incluye el delito cotidiano y que en estos días, como ya se ha vuelto rutina al acercarse el fin de año, estalla en episodios de furia colectiva.
Pero este saqueo “mal”, orientado principalmente contra la propiedad privada y contra las personas, llega acompañado por otro nuevo tipo de saqueo igualmente visible, ilegal, violento y cotidiano, con sus propios y particulares estallidos: el saqueo de los excluyentes, el saqueo “mal” de las elites mafiosas que se han adueñado del país desorganizado, que han condenado a la marginalidad a un vasto sector social, que se roban los dineros públicos y también los privados, que se aseguran regímenes de privilegio, se adueñan de los recursos fiscales y se reparten concesiones y licitaciones.
Los saqueados, esa mitad de la Argentina que mantiene con su trabajo a la otra mitad, se encuentran ahora sin saber qué hacer, aprisionados entre dos fuegos: el de los marginados, que los matan en la puerta de su casa para robarles el auto, o les vacían el comercio en un día de furia, y el de las elites mafiosas, que les meten la mano en el bolsillo, y los despojan cada día un poco más de los servicios educativos, sanitarios, de justicia, de transporte y de energía. A fuerza de no meterse, de dejar hacer, de tolerar lo intolerable, de mirar para otro lado, de comprar fantasías y no querer ver lo evidente, se encuentran ahora los saqueados sin opciones políticas, sin representaciones que asuman su defensa, que también sería la defensa del país todo, como institución republicana.
“La política es el reflejo de una sociedad y de un país –escribió Naipaul, que obtuvo el Nobel de Literatura en el 2001–. La Argentina es un país de saqueo, y su política no puede ser otra cosa que la política del saqueo”. Insistió en que “la política de un país no es más que una extensión de su idea de las relaciones humanas” y sostuvo que la idea del trabajo honesto, en el cual el individuo se encuentra y se realiza, era “la idea moral ausente” entre nosotros. En todo caso, el trabajo honesto es la idea moral ausente entre los saqueadores. Entre los saqueados, me parece, la idea moral ausente es la responsabilidad ciudadana, el coraje cívico.
–Santiago González