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Nueva violencia jacobina

«Los genocidios y otros crímenes por odio religioso no son privativos del pasado, ya que se han manifestado en forma reiterada y catastrófica en todo el siglo XX hasta la actualidad; es decir, un período de tiempo en que -en términos generales- los objetivos iluministas de exclusión de los cristianos de la organización y dirección de la sociedad se habían alcanzado plenamente. No es casual que a partir de la denigración del homo religiosus, limitando su libertad de conciencia, de religión y su participación política, se vaya avanzando en el camino de la negación de otros derechos. El crimen es lo primero en la intención y lo último en la ejecución. Y la intención se basa en concepciones religiosas y morales: una vez configurada la categoría de seres humanos dogmáticos, que no merecen tolerancia, se empieza a transitar por un plano inclinado cuyo punto más bajo es el asesinato. En la posguerra se recurrió al concepto de bloque occidental y cristiano para enfrentar a la amenaza soviética. Por pocas décadas el lenguaje del desprecio y del odium religionis, naturalmente, se disimuló al máximo. Todo indica que se trató de una tregua oportunista, ya que con la implosión del bloque comunista en los 90, la agenda de deconstrucción de la sociedad cristiana siguió desde donde se había puesto en pausa. La conducción de esta nueva etapa está a cargo de una oligarquía semiletrada, virgen de toda cultura cristiana o siquiera clásica, que impulsa el proyecto globalista conformado por una mixtura de capitalismo transnacional e ideología progresista. Se verifica, pues, a escala planetaria el impulso tendiente a la degradación de la familia, de la persona, de la cultura y hasta los principios de la razón humana. Nunca más vigente el aserto de Chesterton: quita lo sobrenatural y no te queda lo natural, sino lo antinatural. Nos encontramos en el apogeo del proyecto iluminista -aunque ya no se llame así- y el símbolo de esta realidad fue la ceremonia de apertura de los JJOO de 2024. Y muy posiblemente, estamos en el umbral de una nueva etapa de violencia jacobina. Mutatis mutandi, bien podemos asistir a la instalación de campos de concentración y de exterminio de impronta posmoderna y con “fines de reeducación”, igual que el Archipiélago Gulag. No propugnamos la nostalgia por la Edad Media, ni que los llamados por Dios a la acción política se reduzcan al abstencionismo y a la autocomplacencia. La bandera para nuestro tiempo ya la tenemos: Omnia instaurare in Christo–José Durand Mendióroz: “El escándalo de la Inauguración de los Juegos Olímpicos como símbolo del odium religionis (En Infovaticana, 26/8/2024)