Máximo Gainza fue un periodista, un caballero, un hombre de bien. Vivió sus últimos años agobiado por la enfermedad y por el dolor de haber sido quien cerró La Prensa, el diario de su familia. Se acusaba injustamente: cuando asumió su dirección el diario ya había sido gravemente herido por el peronismo, no tanto por la confiscación que sufrió hasta 1955, sino porque la vasta mayoría del público al que estaba dirigido había quedado envenenada de populismo, en las antípodas de los principios defendidos por el diario que había fundado José C. Paz en 1869. El tiro de gracia se lo dieron los militares de 1976, encareciendo el costo del papel con la inconcebible complicidad de La Nación y Clarín, en el malhadado invento de Papel Prensa. Máximo se negó a entrar en esa componenda, a pesar de que fue invitado a hacerlo, y tuvo que pagar los costos de esa decisión. Por si fuera poco, el gobierno militar también le quitó la publicidad oficial simplemente porque el diario no resignaba, como sus competidores, su independencia de criterio. Otro factor que conspiró contra la suerte de La Prensa fue la conversión del periodismo en general en una rama de la industria del espectáculo, un fenómeno ocurrido en todo el mundo. Esa noción no cabía en la cabeza de Máximo. Todavía hace un par de años refunfuñaba: “Los que compraron el diario me aseguraron que iban a mantener su espíritu, y todo eso… ¡y lo primero que encuentro son dos páginas sobre Susana Giménez!”. El ejercicio del periodismo, y todavía más la dirección de un medio, exige unas cualidades morales e intelectuales superlativas. Un juez puede refugiarse, en caso de duda o incertidumbre, en la letra del código. El periodista está continuamente obligado a tomar decisiones según un código de ética y de ecuanimidad que en definitiva sólo está en su conciencia. Máximo Gainza poseía aquellas cualidades, y las puso en evidencia en el momento preciso, como relatamos en otro lugar de este sitio. Aunque nunca le faltó el afecto y el cuidado de su numerosa familia, creo que terminó sus días apenado y solo, olvidado por muchos que sólo habían usado el diario como trampolín para sus ambiciones personales. De las buenas plumas que pasaron por sus páginas, pocas, si alguna, se detuvieron a contar su historia. La Prensa fue símbolo de una Argentina que se soñó a sí misma grande, señorial, honesta, trabajadora, justa y cordial, y que por descuido, zoncera o intransigencia malogró irreparablemente ese sueño. Máximo se fue como su diario: orgulloso, recatado. Erguido. –S.G.