Años, décadas de retórica progresista, de discurso único en los medios, en la cátedra y, si me apuran, en el púlpito, nos han trastornado, nos han puesto mal de la cabeza. Nos desviamos por senderos retorcidos y estrambóticos allí donde el sentido común es capaz de reconocer el camino más llano, más corto, más conducente. El escritor Ricardo Piglia padece de una rara enfermedad degenerativa llamada esclerosis lateral amitrófica, cuyo tratamiento paliativo es incierto y caro; Piglia reclama que Medicus, su empresa de medicina prepaga, solvente el costo de los medicamentos, que ronda los 120.000 dólares. El reclamo de por sí es raro: no conozco seguros de salud que incluyan el suministro prolongado de medicamentos, más allá de algunos casos específicos previstos por la ley. Sin embargo, Piglia se presentó a la justicia y un juez le dio la razón, por lo que cabe suponer que su pretensión tiene algún fundamento. La prepaga, sin embargo, se resiste a cumplir la orden judicial argumentando que el tratamiento que solicita Piglia se encuentra en etapa experimental en un laboratorio de los Estados Unidos, y no ha sido probado ni mucho menos autorizado por los entes de control de ese país ni de la Argentina. El escritor de 74 años parece decidido a servir de conejillo de Indias en la esperanza de paliar su mal, pero los tiempos de la justicia no se corresponden con sus comprensibles urgencias, y entonces permitió que el conflicto se hiciera público. Piglia es conocido en el mundo de habla castellana: los medios se abalanzaron sobre la noticia, las redes sociales estallaron, y entre todos corearon un megaejemplo de pensamiento único: la voraz y despiadada industria de los seguros de salud desatiende a uno de los escritores estrella del progresismo hispanohablante. ¡Condenación! ¡Condenación! Colegas, amigos, admiradores, correligionarios, ex alumnos del literato sumaron en menos de un día 55.000 firmas virtuales en un sitio de Internet dedicado a ventilar indignaciones fáciles, para dejar testimonio de su apoyo al intelectual, de su repudio al capitalismo salvaje, y de su reclamo colectivo a la empresa Medicus. Extraordinaria exhibición de generosidad con el dinero ajeno. Oportunidad inigualable para hacer gala de corrección política. Pero escasamente eficaz, sobre todo para Piglia, reducido apenas a una excusa para sentar posiciones. Con que cada uno de los 55.000 firmantes, de los 55.000 afligidos por la dolencia del maestro, hubiese aportado cinco dólares (menos de 70 pesos, media pizza berreta) Piglia habría recibido el doble de lo que necesita para atender su salud.1 Algo simple, sencillo, poco vistoso, nada ideológico, pero que no se nos ocurre porque nuestra cabeza funciona de manera rara, se orienta en otras direcciones. –S.G.
- Seguramente preocupada por la mala publicidad, Medicus se avino finalmente a pagar el tratamiento, y los progresistas quedaron ratificados en sus convicciones y en sus procedimientos. Así nos va. [↩]