Veo desde la ventanilla del colectivo los afiches de la última película de James Bond, y de inmediato adivino cuál debe ser el original en inglés. Por supuesto, la versión “en español” no tiene nada que ver con la fuente (lo cual podría ser aceptable en algunos casos) ni tampoco tiene el menor sentido en sí misma. Se trata, simplemente, de una mala traducción, de una traducción torpemente literal que denuncia su origen: esa maquiladora mexicana de chatarra “en español” que azota doblajes, subtitulados y toda la gama de la industria cultural, incluidos libros, revistas y periódicos. Por la masividad de su alcance, esta peste está destrozando el castellano especialmente en Sudamérica, en pavorosa sinergia con la incomprensión de textos, y debería ser combatida, si tuviéramos gobiernos responsables, con la misma energía aplicada a la lucha contra pandemias imaginarias: sus efectos sociales van a ser seguramente peores. Desde otro punto de vista, pocas industrias han diversificado más el espectro de “partes interesadas”, como les gusta decir ahora a los globalistas, que la industria del cine. Las grandes producciones ya no dependen sólo de un magnate de Hollywood empeñado en hacer plata a como dé lugar. Ahora intervienen en el negocio, además de los estudios, los socios capitalistas, las señales de cable, los operadores de cable, las plataformas de transmisión, las cadenas de salas, etc, etc. ¿A ninguno de esos “interesados múltiples” se le cruzó por la cabeza la conveniencia de cuidar su producto, de ofrecer traducciones decentes, que por otra parte no les alterarían los costos? Por cierto, la vigésimoquinta película de James Bond se titula No time to die, que quiere decir No es hora de morir pero que se anuncia como Sin tiempo para morir. -S.G.