En un reciente acto público, agitadores oficialistas pusieron en tela de juicio el comportamiento del diario La Prensa, entonces propiedad de la familia Gainza, durante los años de la última dictadura militar. El alegato desconoce arbitrariamente la actitud asumida en esos difíciles momentos por los responsables del diario y por los periodistas que trabajamos en él, entre los cuales me incluyo.
En el contexto del periodismo acobardado, gris y uniforme de la época (cuando no cómplice), el diario La Prensa, junto al Buenos Aires Herald, marcó una diferencia que el progresismo siempre tuvo dificultades para reconocer. Se la reconoció al Herald, porque es sapo de otro pozo y está al margen de la contienda política local. Pero no a La Prensa.
El progresismo, en el que pueden inscribirse los participantes del acto mencionado, se erige en implacable crítico del pasado mientras elude las incomodidades del presente. Como las circunstancias puestas ahora en entredicho ocurrieron hace tres décadas, muchos pueden tomar por cierto lo afirmado en esa tribuna. Este testimonio personal pretende aportar otra visión.
Cuando empecé a trabajar en La Prensa, en enero de 1970, el diario era el más importante y mejor informado del país, y se lo consideraba entre los diez mejores del mundo. Todavía resonaban los ecos de su primer centenario: había sido fundado en octubre de 1869 por José C. Paz, quien condensó su código de ética en una frase: “Nadie debe escribir como periodista lo que no puede sostener como caballero”.
Sus instalaciones eran las de un diario pensado en grande para un país grande: una amplísima planta (la “cuadra”), corresponsalías en todo el país vinculadas por teletipo, un sistema de tubos neumáticos que unían la redacción con los talleres ubicados en el bajo, y la última novedad tecnológica: una flota de autos comunicados con “motorolas”.
La Prensa había sido concebida como un servicio público: ofrecía consultorios médicos y jurídicos, una rica biblioteca y un programa anual de disertaciones en su Instituto Popular de Conferencias. Había tenido además una escuela de música, y un servicio de estafeta, que empleaban los inmigrantes para comunicarse cuando aún no habían fijado domicilio aquí.
La famosa farola que preside el edificio de la avenida de Mayo, inaugurado en 1898, lleva por título “El periodismo en la construcción de una sociedad libre”, y el diario no se apartó de ese ideal de su fundador. Me tocó trabajar en varios medios nacionales, pero en ninguno respiré el aire de auténtica libertad, hacia dentro y hacia fuera, que respiré en La Prensa.
El diario mantenía una línea genuinamente liberal, como no la tuvo ni la tiene ningún otro medio (ni corriente política) en la Argentina. Era decididamente antiperonista y anticomunista, y lo proclamaba sin rubores, con lo que sus lectores sabían a qué atenerse. Los editoriales marcaban la posición del diario, y la información era sólo eso: información.
A los pocos meses de ingresado, el diario me encomendó participar de una visita a las obras de la represa de El Chocón, organizada por el secretario de prensa del entonces presidente de facto Juan Carlos Onganía, coronel Luis Premoli. Allí habían sido sofocadas unas huelgas salvajes, y el gobierno quería mostrar que ya estaba todo en orden.
Mientras funcionarios del gobierno y voceros de las empresas contratistas daban su visión luminosa del asunto y agasajaban a los numerosos periodistas participantes, logré escabullirme y tomar contacto con los trabajadores del lugar para conocer su versión de las cosas. La crónica que escribí recogía las dos campanas.
Cuando la leyó, el secretario general de redacción Juan José Navarro Lahitte, un señor muy solemne y formal, me llamó a su oficina. “¿Cómo puede ser que el gobierno organice un viaje para mostrar que está todo bien, y usted nos dice que está todo mal?”, me preguntó. Le señalé las carillas que había entregado y solo le dije: “Allí está escrito lo que yo vi”.
La nota no salió al día siguiente, sino al otro. Pero salió intacta, y nunca más mientras trabajé en el diario hasta 1982 nadie me pidió cuentas ni explicaciones sobre lo que escribía, ni tocó una coma de mis artículos. Ni siquiera cuando se apartaron de las posiciones circunstancialmente adoptadas por el diario.
* * *
La Prensa recibió el golpe militar de marzo de 1976 con el mismo alivio esperanzado que mostró el 95 por ciento de la sociedad argentina, harta al cabo de un lustro de terrorismo, secuestros, asesinatos, atentados dinamiteros, y enfrentamientos continuos entre bandas armadas sin que el grueso de la población lograra entender qué era lo que se dirimía.
Pero pronto entendió que el orden tan ampliamente deseado se apoyaba en un nuevo terror sordo, arbitrario e implacable. La prensa argentina, nunca demasiado osada, se encogió hasta convertirse en un medroso catálogo de trivialidades, adornado con oportunas reverencias al poder. La Prensa, y el Herald, pronto iban a distinguirse en ese panorama desolador.
El director Máximo Gainza contó años más tarde cómo había recibido un llamado del capitán Carlos Corti, de la Secretaría de Información Pública del gobierno militar, acerca de que no se debía publicar noticia alguna relacionada con operativos de la subversión o de la antisubversión.
“Le pregunté: ‘¿Es un consejo o una orden?’ ‘Es una orden’, me respondió. ‘Bueno, entonces dígale a su superior que me la mande por escrito’. Esa orden se publicó en la página uno del diario para que los lectores supieran cuál era la razón por la cual faltaba la información. Pero el mismo día hubo un violento tiroteo en las cercanías, y publicamos la noticia. No pasó nada.”
Buena parte de la opacidad de los medios se debía no sólo a la censura, sino también a la autocensura, cosa que es más frecuente entre los periodistas y especialmente entre los editores que lo que muchos están dispuestos a admitir, y que seguí encontrando hasta más de una década después del restablecimiento del gobierno constitucional.
Según la opinión de Máximo Gainza, citada por la periodista Patricia Marchak en su libro Los asesinos de Dios, sus colegas “tenían miedo desde hacía mucho tiempo, y seguían teniendo miedo. No podían cambiar. Los Gainza somos vascos. Gente muy cabeza dura. Tampoco podíamos cambiar.”
Cuando la sociedad civil comenzó a organizarse en defensa de los derechos humanos, La Prensa abrió su espacio a las solicitadas que reclamaban información sobre el paradero de las personas –la primera, firmada por “Madres y esposas de desaparecidos”, se publicó el 5 de octubre de 1977–, con lo que acentuó su diferencia con el resto de los diarios, que rechazaban esos avisos.
Al año siguiente, La Prensa fue todavía más allá al publicar, esta vez junto a La Opinión, una solicitada de las organizaciones de derechos humanos con los nombres de más de 2.000 desaparecidos, que llevó al diario y pagó en efectivo Adolfo Pérez Esquivel. Todos los demás diarios se negaron a aceptarla.
“La repercusión que ese hecho tuvo fue que aproximadamente diez a veinte mil lectores del diario dejaran de leerlo porque no estaban de acuerdo con la prédica del diario, que es lo que la Constitución establece: en un país civilizado se debe juzgar. Y si es necesario, se fusila. Pero no se hace desaparecer a la gente”, declaró Gainza durante el juicio a las juntas.
El solo hecho de publicar las solicitadas exigía no poco coraje personal. Ni el apellido ni la posición social daban garantías, como atestiguan los casos de Elena Holmberg, cuyo hermano había sido ministro de Onganía, del embajador Héctor Hidalgo Solá, y del periodista Edgardo Sajón, que había sido jefe de prensa del presidente de facto Alejandro Lanusse.
Pero las solicitadas eran espacios de publicidad, no contenido editorial. El problema que afrontaba el secretario de redacción Ricardo Constenla (que había sucedido a Navarro Lahitte) era cómo romper el gris, cómo desarticular el discurso autoritario y monocorde que emanaba del gobierno, cómo plantear los temas que la sociedad debía conocer y debatir.
Este hombre de escasas palabras, bigote nitzscheano, y admirable olfato periodístico intentó todo lo que su imaginación le sugirió, y recogió todas las iniciativas que surgían desde la redacción. En primer lugar, cubriendo las actividades de las organizaciones de derechos humanos, cosa que sólo hacían, una vez más, La Prensa y el Herald.
Me tocó ocuparme varias veces de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. Allí conocí a un Alfredo Bravo recién liberado por sus captores, a un joven y enérgico Raúl Alfonsín, a una tenaz Alicia Moreau de Justo que con la espalda doblada en ángulo recto subía penosamente la escalera del local socialista de la avenida Rivadavia donde se realizaban las reuniones.
Del mismo modo conocí tempranamente a Pérez Esquivel, también recientemente liberado del cautiverio, cuando la irlandesa Mairead Corrigan, que había ganado el premio Nobel de la Paz, vino a Buenos Aires a mediados de 1979 en un viaje tendiente a protegerle la vida, y le puso su medalla en la mano, anticipando la decisión del comité noruego.
Nadie cubrió esa visita, excepto La Prensa, el Herald y los corresponsales extranjeros. El diario publicó una amplia nota, con fotografía, pero al año siguiente, cuando Pérez Esquivel recibió el Nobel, en las redacciones de Buenos Aires nadie sabía quién era. O sea que los otros medios no sólo no informaban a sus lectores, sino que tampoco ellos se informaban.
A veces había que recurrir a métodos que hoy parecerían poco dignos para romper el silencio. Por ejemplo, haciendo una crónica pretendidamente escandalizada sobre un video de la BBC que denunciaba la existencia de campos de concentración, La Prensa fue el primer diario en poner el tema en circulación. Me tocó escribir esa nota, publicada en julio de 1978.
Al poco tiempo me encontré frente a frente en una conferencia de prensa con el general Ramón Camps, y lo interrogué sobre los campos de concentración. La pregunta provocó un silencio aterrorizado en un auditorio acostumbrado al “de eso no se habla”. Camps negó todo, pero me bastaba con tenerlo “on the record” respondiendo sobre el tema. De eso empezaba a hablarse.
Otras veces apelábamos al humor, satirizando alguna trivialidad del régimen para dar a entender que “no les teníamos miedo”; o cambiábamos el ángulo rutinariamente esperable al cubrir algunas de las monocordes, abrumadoras actividades del gobierno militar, de manera de no ser simples reproductores de sus campañas de desinformación.
Constenla advirtió un día que la estatua de Esteban Echeverría, que se encuentra allí donde la calle Florida se encuentra con la plaza San Martín, había sido retirada para reformar el lugar, y su restitución se demoraba. Hicimos entonces una nota que recordaba y comentaba las palabras del escritor en favor de la libertad y contra las tiranías, inscriptas en los lados de la base.
En otra oportunidad, el diario recibió una llamada de la Secretaría de Información Pública para que se quitara relieve a la noticia sobre un paro general anunciado para el día siguiente. Esa noche, el diario demoró la salida para poder tomar las fotografías de los andenes desiertos de Retiro, y titular “Se inició el paro…” con elocuente efecto demostrativo.
Hoy estas cosas pueden parecer casi infantiles, pero en el clima de inseguridad absoluta y miedo generalizado que se vivía en esos años, las vivíamos como pequeños triunfos. Pero trabajábamos sin miedo, sin paranoia. La dirección del diario no tenía miedo, y supongo que eso se transmitía hacia abajo. Tampoco nos sentíamos héroes, simplemente hacíamos nuestra tarea.
Esa tarea encontró una amplificación inesperada. Magdalena Ruiz Guiñazú había percibido la intencionalidad de lo que hacíamos en el diario, y glosaba las notas que le gustaban en su programa de Radio Continental. Y era toda una recompensa cuando al llegar a la redacción Constenla me susurraba detrás de sus bigotes: “Hoy Magdalena le leyó la nota…”.
En La Prensa nadie firmaba. Pero con la llegada de Manfred Shoenfeld, que venía de una larga temporada como corresponsal del diario, primero en Alemania y luego en el Reino Unido, se abrió un espacio de columnas de opinión, al que luego nos sumamos otros miembros de la redacción. Compartíamos el seudónimo de Observador para los temas más arriesgados.
Schoenfeld se cansó de advertir al poder sobre las graves consecuencias que iba a tener en el futuro su manejo de la situación, y a la sociedad sobre los efectos de su inerte aceptación de los hechos. Este “nacionalista liberal”, como gustaba definirse, tomaba su trabajo diario tan a pecho que dañó su corazón. Y una patota gubernamental le hizo saltar varios dientes a trompadas.
Otro columnista que se hizo famoso en esos años fue Jesús Iglesias Rouco, quien se dedicaba a dar cuenta sin excesivo rigor periodístico de las continuas reyertas entre las tres armas, y dentro de cada una de ellas. Gainza, con la aguda ironía que no perdió nunca, describía a sus dos principales articulistas diciendo que Schoenfeld era un primer violín, e Iglesias Rouco un rockero.
Nunca tuve particular aprecio por Jacobo Timerman, al que considero poco más que un oportunista inteligente, comparable hoy a un Daniel Hadad. (Timerman hizo cosas mucho más cuestionables que las que hizo Hadad, pero en el relato progresista Timerman es “bueno” y Hadad es “malo”.)
Sin embargo, en un momento dado la retórica del gobierno militar contra Timerman era tan desmesurada que escribí una nota en su defensa en La Prensa, tratando de poner las cosas en una perspectiva más adecuada. Gainza le tenía una tirria particular a Timerman, pero la nota salió publicada, sin tachaduras ni enmiendas, ni preguntas sobre mis motivos.
El liberalismo de los Gainza era tan genuino como su vocación periodística. Recuerdo algunas tardes en que Máximo me llamaba a su oficina para leerme el editorial del día siguiente. “Mi-mire lo qu-que va-vamos a pu-publi-car ma-mañana”. Y tartamudeando me leía el artículo con un apasionamiento que me hacía recordar las épocas en que yo soñaba con ser periodista.
El tartamudeo de Máximo Gainza era notable y en cierto modo sorprendente en un hombre tan aplomado. Dan Newland, editor del Buenos Aires Herald, recuerda cuando un jefe naval citó a los responsables de los diarios en vísperas del desembarco en Malvinas y les dijo que debían abstenerse de publicar información “delicada”, sin entrar en más detalles. Una invitación a la autocensura.
“Esto es una locura, Máximo, censurarnos a nosotros mismos. Esto no va a ser un problema para Clarín, pero para ustedes y para nosotros… ¿Qué piensan hacer”, le dijo Newland al director de La Prensa. Éste le respondió con un gesto, desestimando la cuestión, y agregó: “A m-mí qu-qué me p-puede im-po-portar lo qu-que diga este g-gordo ch-chantapufi”.
La frase refleja bien la actitud de Gainza ante los militares, y explica la interpretación que dio a Marchak sobre los años de plomo: “Pensaban más como burócratas que como locos. Había algunos locos también, pero la mayoría eran puros burócratas con uniformes y armas. Pensaban que la mejor forma de resolver el problema era hacerlo desaparecer. Y eso es lo que hicieron con seres humanos”.
Volví a encontrarme con Máximo Gainza en 1994 ó 95, cuando ya había vendido el diario, durante una reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa realizada en Bariloche en la que se le iba a entregar una distinción. Muchos se acercaban a estrecharle la mano. “T-todos estos qu-que me s-saludan n-no me pueden n-ni ver”, me dijo con su certera ironía intacta.
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La firmeza doctrinaria de La Prensa se volvió cada vez más incómoda desde que el país se abandonó a la comodidad del facilismo, a la falaz ilusión de los atajos, al desdén por las instituciones. Y así como el diario conservó siempre una base de lectores tremendamente leal, sufrió el ataque creciente de una sociedad que simplemente no quiere que le digan la verdad.
El progresismo nunca reconoció el papel jugado por La Prensa en los años del Proceso. En su libro Decíamos ayer, Eduardo Blaustein y Martín Zubieta hacen lo posible por amontonarla con los demás medios, y dicen por ejemplo que el diario daba espacio a las solicitadas sobre desaparecidos “por las razones que fueran”.
Las razones eran que el director, los secretarios de redacción y los periodistas de La Prensa creían en la libertad, en la Constitución y en el estado de derecho. El único reconocimiento implícito provino de Fernando “Pino” Solanas: en El exilio de Gardel los argentinos desterrados andan en París con un mate y un ejemplar de La Prensa en la mano.
La Prensa fue hostigada por todos los gobiernos, desde Uriburu en adelante, con excepción del surgido del golpe de 1955. Incluso Alfonsín, por vía administrativa, mantuvo preso en 1985 durante dos meses al columnista Horacio Daniel Rodríguez, que firmaba como Daniel Lupa. La manipulación de la publicidad oficial y de los precios del papel, y errores propios, terminaron por ahogarla.
La farola de La Prensa es ahora apenas un adorno urbano. El país ya no percibe en ella el faro que señalaba el camino de la libertad, de la democracia, del respeto a la ley, que le permitió nacer hace doscientos años, y alcanzar un siglo después lugares privilegiados en el concierto de las naciones. La Prensa ya no está, y la Argentina está como está porque desoyó su prédica.
–Santiago González